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Nuestros desaparecidos… en Ginebra

Martín Faz Mora

B uscar a un hijo, una hija o un familiar desaparecido conduce a todo tipo de lugar.

La geografía de la búsqueda no sólo es vasta en territorios y sentimientos. Lo mismo atraviesa por la llanura de la ilusión, los espejismos del desierto que por los insondables abismos de la desesperanza, el abandono, angustia, impotencia, el abatimiento y, ocasionalmente la solidaridad y el consuelo de algunos, la más de las veces pocos.

Los territorios de la búsqueda suelen ampliarse, como el afán de alcanzar el horizonte que se expande y distancia a cada paso. Así, se recorren oficinas, interminables pasillos que conducen a indolentes agencias del Ministerio Público, secretarías de gobierno y salas de espera gubernamentales. Se reconstruye el camino que siguió el día de su desaparición, se pregunta a los vecinos, los amigos, las policías, los hospitales. Se acude a organizaciones de activistas, a marchas, a reuniones, y se vuelve a casa con las preguntas de siempre ¿dónde está? ¿cómo le tienen? ¿le maltratan? ¿le cuidan en la enfermedad? ¿le consuelan en el dolor? ¿vive aún? ¿por qué a él, a ella, a mí, a nosotros?

Se les busca en el barrio, en la colonia, la ciudad, el municipio, el estado, el país. Y así, sin saber siquiera cómo ni habérselo propuesto, se toma un avión para cruzar el Atlántico y llegar a Genève –nuestra castellanizada Ginebra– para buscarles también ahí.

Sí, hoy familiares y activistas expanden el territorio de la búsqueda de las personas desaparecidas en el marco del octavo periodo de sesiones del Comité de Naciones Unidas contra las Desapariciones Forzadas, donde se evaluará a México en el asunto.

Ginebra es una ciudad que geográfica, cultural e históricamente tiene poco que ver con la mayoría de nuestros territorios, pero en ella pululan habitantes del mundo entero. Ahí residen las principales instituciones de derechos humanos del sistema onusiano internacional, y hasta allá confluyen los dolores, las desesperanzas y las esperanzas de buena parte de las víctimas, sea de forma directa o a través de las organizaciones de activistas que llevan sus reclamos de memoria, verdad y justicia.

Una primerísima y sola razón impulsa el afán de búsqueda de las familias por sus desaparecidos: el amor. A él se suma luego el de la justicia. Para quienes les hemos buscado sin tener un lazo familiar directo ni arraigo personal tan profundo, las razones son diversas: solidaridad, compasión, empatía, afán de justicia, entre otras. La cercanía con sus dolores termina por convidar, como atisbo acaso, algo de ese lazo amoroso. Es así que genuinamente decimos que las personas desaparecidas nos faltan a todos y a todas.

Por eso se les busca también en Ginebra, como se les buscó llamando durante semanas a su celular para seguir escuchando su voz preservada en el buzón de mensajes: “Hola, soy … por el momento no puedo atenderte, deja tu mensaje y luego me comunico”, hasta que la línea debió ser cancelada. Por eso se les busca en la ONU, porque pareciera que a pesar de su lejanía y el paisaje nevado tan desemejante a nuestros climas, hoy por hoy, ese lugar es más receptivo que la indiferencia y los oídos sordos de las instituciones públicas mexicanas más prestas a la prevaricación y al vómito irrefrenable de mentiras.

Ahí, en Ginebra, se agolpa el clamor de los más de veintitantos mil desaparecidos de estos años siniestros. Ahí están, de cierto modo, Moisés, Marco Antonio y Francisco con sus 24 años a cuestas, junto con Julio César de solo 18. Ahí están con la misma sonrisa como la que exhiben en la fotografía en la que aparecen con Fernando Toranzo, entonces candidato a gobernador, y cuya campaña apoyaban.

¡Memoria, verdad y justicia!… la memoria es el camino de la verdad, y la verdad es el camino de la justicia.

Twitter: @MartinFazMora

Martín Faz Mora
Martín Faz Mora
Activista social por los derechos humanos. Colaborador de la Jornada San Luis. Preside Junta Vecinal de Barrio San Sebastián. Consejero Electoral en CEEPAC