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Nuevos vientos, nuevos mensajes

Óscar G. Chávez

F ernando Toranzo Fernández dejó el pasado sábado 26, último día de su gestión, un Palacio de Gobierno sitiado, no sólo por las vallas en torno a él, sino también por el mediocre o nulo desempeño de su gestión.

Pocas ocasiones, a lo largo de esos seis años, los potosinos pudimos disfrutar de una plaza de Armas libre en toda su extensión, en diversas y continuas ocasiones la vimos ocupada por manifestantes que exigían solución a diversas exigencias. El espacio es público, cierto, por tanto todos podemos considerar como nuestro el espacio, que en realidad lo es, sin embargo el hecho que sean los manifestantes y no la ciudadanía en general quienes disfrutamos de ella, nos muestra un gobierno incapaz para negociar o resolver los problemas por los que se le confrontan.

Pensemos en manifestantes con verdaderas y justas exigencias, no en extorsionadores que han hecho de su actuar en plantones un modus vivendi. De cualquier forma, en ninguno de los dos casos el gobierno de Toranzo supo mostrar ni energía ni capacidad negociadora.

En el otro extremo de la misma plaza, frontal al de Gobierno estatal, se encuentra el Palacio Municipal, sede simbólica de un Ayuntamiento efectivo en pocas ocasiones, y más ausente que nunca en estos últimos meses de conclusión y agonía.

Así como Toranzo dejó una plaza de Armas sitiada por estructuras metálicas que tenían por objeto proteger la plaza en el tramo frontal circundante al palacio, el simbolismo nos mostraba un gobierno débil y tambaleante que buscaba impedir el acceso a cualquier detractor del régimen; Mario García deja un centro histórico sitiado por un  comercio ambulante al que no supo ni quiso controlar, más que combatir.

Es comentario común entre los políticos señalar que las críticas constantes derivan del hecho que se está trabajando, que se afectaron intereses, como espetó el mismo García Valdez recientemente; nada hay que discutir, es cierto, se afectaron los intereses de la ciudadanía en general. De ahí en fuera no vemos otra afectación a quienes incluso hubieran infringido la ley. Todo en general en ciudad y estado fue permisividad y desinterés; anemia gubernamental.

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Tradición no escrita es la de marcar distancia entre el nuevo gobernante y el que le antecedió. Así vimos a Ruiz Cortines alejarse en totalidad del corrupto y dispendioso Miguel Alemán; Luis Echeverría evidenció un rompimiento general con Gustavo Díaz-Ordaz, su antecesor; y López Portillo no dudó en hacer evidente su rechazo al régimen del diablo de San Jerónimo.

Quizá el único que dio continuidad a las formas que bien aprendió en el sexenio que le precedió, fue Díaz-Ordaz al continuar las políticas represoras de López Mateos, de quien fue secretario de Gobernación.

Ernesto Zedillo no fue excepción al alejarse de las pautas marcadas por el salinismo; y desde luego Felipe Calderón desde el primer momento mostró que salvo los colores partidistas nada tenía en común con Vicente Fox.

En la gubernatura potosina es difícil pensar en algún gobernador que quisiera emular en actos y dichos al cacique magisterial, quizá reciclan sus secuelas, pero mantienen prudente distancia de aquel modelo ochentero. Marcelo de los Santos, quien seguramente odiaba hasta en la médula a Fernando Silva, fue el primero en poner en práctica las acciones de cárcel y castigo contra algunos de los colaboradores cercanos de su antecesor.

Fernando Toranzo, quizá buscando reciprocar los actuares del contador de los impecables trajes, puso también tras las rejas a funcionarios vinculados con éste. Acciones precisas y mensajes no escritos, que al menos en el entorno estatal se volverán a repetir; códigos solidarios que difícilmente romperán los subsecuentes gobernantes.

Con la liberación del tramo de la plaza inmediato a palacio, así como el traslado del evento festivo popular para festejar el triunfo de Carreras al día siguiente –por respeto a la marcha por el primer aniversario de Ayotzinapa–, el nuevo gobierno emite su primer mensaje de distanciamiento con el anterior. Mensaje que en teoría manifiesta inclusión, tolerancia y respeto a las voces disonantes.

Sin embargo tampoco creo que la llegada de este nuevo gobierno desate una campaña de limpieza y persecución, o castigo, contra aquellos funcionarios del régimen anterior que se dedicaron a dañar y a beneficiarse de los intereses de la ciudadanía. Ya los meses y los actos serán los que muestren los cursos que tomarán los vientos del nuevo gobernante.

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En el municipio sin embargo las cosas podrían ser distintas, ya que los protagonistas distantes en colores y camada se enfrentan a una realidad que no sería para nada benéfica al alcalde que en breve dejará el encargo. Su sucesor por el contrario puede hacer para él mismo un entorno de lo más benéfico y acorde a sus intereses futuros para el palacio de enfrente.

Recordemos que el grueso de votos que posibilitaron su triunfo provino de los sectores populares de la ciudad; mismos que se lo volverían a otorgar gustosos en 2018 si ejecutara alguna medida drástica, por breve que fuera, contra Mario García. Incluso un sabadazo, que después permitiera alegar que la mala integración del expediente por parte del ministerio público, le vendría de maravilla a un alcalde que así demostraría que sí cumple.

Lo primero es distanciarse, lo segundo hacer evidentes hechos que marcarían la diferencia con los antecesores; el tan bien descrito por Daniel Cosío Villegas, estilo personal de gobernar, obliga a emitir nuevos mensajes y cambiar la veleta de los vientos en otra dirección distinta. Esperemos no sean remolinos de ésos que devuelven la basura que arrastran.