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27 enero, 2017
Coeficiente
27 enero, 2017

O cambiamos o cambiamos

Ignacio Betancourt

Hoy, como dice el dicho: a nuestro país le llueve sobre mojado. No sólo tenemos uno de los peores gobiernos federales de la historia patria, encima debemos soportar al gobierno del vecino país, decidido a humillar a como dé lugar no solamente a los políticos corruptos acostumbrados a servir de tapete al gobierno norteamericano, sino a millones de connacionales (de aquí y de allá) que encima de soportar a partidocracias prepotentes y funcionarios impunes, ahora deberemos cargar con el ajeno pecado de ser vecinos de un país gobernado por un anacrónico fascista.

De cierta manera ya la Alemania de los años treinta permitía imaginar situaciones similares a las que hoy agobian a la Norteamérica del siglo XXI, igualmente, las similitudes entre Adolfo Hitler y Donald Trump resultan bien significativas. Por ejemplo esa especie de obsesión por transformaciones sociales inmediatas: la llegada del enviado de Dios. Entre otros asuntos, Trump, dijo en su asunción presidencial: Todo eso cambia, aquí y ahora. (…) Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya nunca más serán olvidados. (…) De hoy en adelante una nueva visión gobernará a nuestro país. (…) Sacaremos a nuestro pueblo del desempleo (…) Estaremos protegidos por los grandes hombres y mujeres de nuestro ejército y nuestra policía y, por sobre todo, estaremos protegidos por Dios.

Y ahora que el principal globalizador de los tiempos actuales aspira a centrarse sobre sí mismo, y entiende como una amenaza todo lo que no considere a “América lo primero” ¿qué harán los Nuños y los Peñas y los Osorios Chong y la prolija cauda de impunes funcionarios mexicanos que han quedado colgados de la brocha (pero con los bolsillos llenos) debido a los comportamientos de don Adolfo Trump y su siniestro grupo? Pero sobre todo ¿qué hará la ciudadanía frente a esta cotidiana tormenta de gobiernos criminales y torpes? (no solo el de México, permanente atosigador, sino ahora, de manera explícita, además el de los Estados Unidos del Norte). ¿A que santo deberán rezarle las desoladas huestes de la Virgen guadalupana? Y en el turbulento mar del mundo ¿de qué tablón asirse en el palpable naufragio nacional?

Por supuesto que no se trata de que debido a malos individuos el mundo esté como esté. El problema para todos los mexicanos no son Peña Nieto o Donald Trump, son las condiciones que permiten tan lamentables sucesos. Fueron décadas de sumisión ciudadana y complicidades, al grado que llevaron a decir a don Enrique Peña aquello de que la corrupción es una cultura (y por lo tanto seamos cultos). Tanto fue el cántaro al agua hasta que se rompió, no se puede gobernar eternamente con mentiras televisadas. Las sociedades jamás se detienen aunque a veces lo parezca, quienes se detienen son los gobernantes engolosinados con la impunidad. Debido a que se puede medrar con toda eficacia e impunidad, que el formato dure para siempre.

Las consecuencias de un comportamiento gubernamental profundamente corrupto (aparentemente funcional para la eternidad) han caído sobre el corazón y la cabeza de millones de mexicanos, algo se ha roto en la cotidianidad de millones. Las ventajas de la adscripción ciudadana a la legión de corruptos (la cultura de Peña Nieto y su gobierno) hizo crisis en este 2017. La opulencia cada vez más concentrada sobre infinidad de limitaciones y miserias, volvió ineficiente la mentira institucionalizada, y sí, tantas veces fue el cántaro al agua hasta que tronó. Ahora además de los gasolinazos habrá que enfrentar los trumpazos. Mientras algunos se hunden otros saldrán a flote. Muchas opciones existen para no ahogarnos, pero todas prescinden de los actuales gobernantes (incluidos por supuesto los grandes empresarios). Es el tiempo privilegiado de la ciudadanía. La ineptitud de quienes dijeron representarla sigue empujando a las calles a millones de impensables reclamantes. ¿Quién hubiera imaginado que el tiro de gracia a los pro norteamericanos gobiernos mexicanos se los asestaría su propio patrón yanqui?

¿Cómo habrá que leer la actualidad? Entiendo que como un momento privilegiado para una transformación que hace décadas se mantiene latente. Cuando quienes usurpan gobiernos además son incapaces de entender lo presente, prácticamente se desploman solos, el barro demagógico y mediático de sus tobillos sólo puede servirles para aspirar a resolver los grandes problemas nacionales con represión, volviendo inevitable la fractura. ¿Qué habrá de quedarles después del ejército y la policía y la justicia corrupta? El cambio es una decisión colectiva, desde las más inusitadas trincheras algo ha comenzado a palpitar y los latidos crecen, no basta con taparse los oídos para desaparecer el estruendo.

Dicen los estudiosos que el aumento al precio de las gasolinas traerá “más deterioro a la calidad de vida de los más pobres”, es decir más o menos a la  mitad de la población del país (unas cuantas decenas de millones de habitantes), y calculan una erogación anual por familia de casi veinte mil pesos en transporte y alimentos. Los académicos de la Escuela Superior de Economía del IPN informan que: “el gasto combinado de alimentos y transporte representa en las familias más pobres el 42.4 por ciento de su gasto total”, mientras en las familias con más posibilidades económicas es apenas de 27.2 por ciento, y añaden que las familias más pobres en México: “tienen una estructura de consumo altamente dependiente de gastos en transporte y alimentos.” Actualmente 55.3 millones de mexicanos viven en pobreza, con el aumento de 20 por ciento en el precio de las gasolinas ¿qué futuro les aguarda –si no lo modifican desde hoy– bajo energúmenos como Donald Trump o Enrique Peña Nieto? O cambiamos o cambiamos, por ahora tal perspectiva resulta más verosímil que continuar como estamos.

Va un poema más, del guatemalteco Otto René Castillo (1936-1967), quien escribiendo en la mitad del siglo XX pareciera hacerlo (desde las condiciones políticas de su momento histórico) para los mexicanos del siglo XXI. Su poema se titula De los de siempre: Usted, compañero,/ es de los de siempre./ De los que nunca se rajaron,/ ¡carajo!/ De los que nunca incrustaron su cobardía en la carne del pueblo./ De los que se aguantaron contra palo y cárcel,/ exilio y sombra.// Usted, compañero,/ es de los de siempre.// Y yo lo quiero mucho por su actitud honrada,/ milenaria,/ por su resistencia de piedra sensitiva,/ por su fe, más grande/ y más heroica que los gólgotas juntos/ de todas las religiones.// Pero ¿sabe?/ los siglos venideros se pararán de puntillas/ sobre los hombros del planeta,/ para intentar tocar su dignidad, que arderá de coraje todavía.// Usted, compañero,/ que no traicionó a su clase,/ ni con torturas, ni con cárceles, ni con puercos billetes,/ usted, astro de ternura,/ tendrá edad de orgullo para las multitudes delirantes/ que saldrán del fondo de la historia/ para glorificarlo, a usted,/ al humano y  modesto, al sencillo proletario,/ al de los de siempre, al inquebrantable acero del pueblo.