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Obsoleto el 066

Óscar G. Chávez

Ante cualquier emergencia marca 066. Márcalo para tu seguridad, señala un mensaje emitido ayer a las 13:14 horas, desde la cuenta de tuiter de la Secretaría de Seguridad Pública de San Luis Potosí, @SSLP_SLP.

Ignoro cuál pueda ser una situación de emergencia para quienes emiten este tipo de mensajes, entiendo que hay prioridades y circunstancias que requieren atención inmediata, pero, cómo tipifica un ciudadano común las emergencias, que hoy me queda claro, no tienen la misma importancia, ni ameritan siquiera la atención, para aquellos que se encuentran encargados de responder las llamadas telefónicas que se hacen al mencionado 066.

Ayer lunes a muy poca distancia de mí se convulsionaba una persona sobre la acera de la calle Díaz de León. Cuando me acerqué a tratar de apoyarlo ya un joven se me había adelantado y lo sujetaba con fuerza evitado que se provocara un daño mayor; un lápiz colocado de manera acertada entre sus dientes, evitaba que mordiera involuntariamente su lengua.

Luego de darme cuenta que la ayuda que le proporcionaban era la adecuada, marqué al número 066, el de las emergencias; al primer intento, una voz grabada me indicó que todas las líneas estaban ocupadas, los subsecuentes, hasta completar seis, tuvieron el mismo resultado. Al fin, hacia las 15:15 mi llamada tuvo respuesta: Buenas tardes ¿tiene usted una emergencia? (como queriendo despejar toda duda sobre mi llamada), tras explicar el motivo, se me solicitaron mis generales –datos– y se me indicó que se canalizaría la llamada a los servicios de paramédicos.

Un timbre telefónico indicaba los intentos, mientras la operadora me volvía a invitar a que didácticamente le repitiera el motivo de mi llamada, quizá buscando desvanecer mis ansiedades y corroborar el orden de los sucesos narrados, al fin una voz de timbre masculino, que la operadora identificó como paramédico, me solicitó de nueva cuenta una narración de hechos, y el cauce que éstos habían tomado hasta ese momento.

Debe colocarlo de costado, evitar que se lastime…, (contarle un cuento o hablarle sobre las excelencias del martirio, pensé) tras pedirme mi número telefónico y la ubicación exacta del convulsionado, me indicó que una unidad –ambulancia, supuse– iba en camino.

La cantidad de mirones era ya proporcional al tiempo que estuve pegado al teléfono; un nuevo episodio de convulsiones me obligó a apoyar a quien sujetaba al accidentado. Mientras, un grupo de tres caminantes jóvenes, que a juzgar por su actitud y disposición no eran potosinos, ofrecieron llamar de nueva cuenta a los servicios de emergencia.

La respuesta fue más rápida que a mi llamada, sin embargo fue aderezada con una reconfortante exposición del estado de la cuestión que guardan los servicios de ambulancias y paramédicos en nuestra ciudad. Indicaron que era mejor llamar al 065, número de la Cruz Roja, en el que con toda seguridad darían el seguimiento adecuado a nuestra emergencia.

Cuatro llamadas de mi teléfono entre las 15:34 y las 15:39, ninguna tuvo atención. En una nueva, al 066, respondieron: llame al 8158767, línea en la que nunca se obtuvo respuesta en mis cuatro intentos.

De nuevo las convulsiones, acompañadas de pataleos y manotazos, hicieron volver a acomodarme sobre el cuerpo de quien no pesaría más de 60 kilos, pero que con sus desparpajados movimientos sacudía y levantaba mis 90. Por fortuna los golpes que le marcaron la frente y el cuello, no eran motivo de emergencia ni gravedad; al menos eso dijeron en el ya consabido 066, a algún acomedido que de nueva cuenta se comunicó.

Un lavacoches de la cuadra, publirrelacionista y de lengua ágil, pronto llevó la noticia al obeso policía, de actitud y andar paquidérmicos, que custodia permanentemente los cajones de estacionamiento y los aparta a los mismos lavacoches, en conjunto con su encomienda de teclear permanentemente sobre su teléfono móvil y –en última instancia- vigilar la oficina fiscal de pequeños contribuyentes. Tampoco hubo apoyo por ese lado.

Poco antes de las 16:00 horas, mientras esperábamos la llegada tan prometida de la ambulancia, hizo su arribo una cohorte de amables policías municipales con un elemento canino. Debo elogiar su diligente actuar, y aunque esta vez fue la autoridad la que solicitó apoyo, incrementado por los oficiales de las motocicletas 520 y 524, quedamos en igualdad de circunstancias: nada hubo de ambulancia, sólo los consabidos cuestionamientos sobre nuestra identidad y la del viandante convulso.

Una vez que el alma, color, y entendimiento volvieron a su cuerpo, y mientras los oficiales se desvivían en darme explicaciones y formular hipótesis por la ausencia de la unidad móvil de emergencia, que les dijeron ya venía en camino, logramos acomodarlo en un negocio cercano y narrar el origen de sus golpes y situación poco decorosa en el vestir.

Los curiosos se fueron retirando, las ansiadas respuestas que yo esperaba de las cuentas tuiteras de seguridad pública municipal y la de seguridad del estado, nunca llegaron (¿quién las maneja que no sirven para nada?); el dolorido accidentado decidió caminar a su casa, acompañado por un buen samaritano de alborotada melena. La calle recobró su tranquilidad; los únicos que nos auxiliaron, jóvenes de aspecto existencial-metodista, fueron retirándose con los respectivos buenos deseos al exhausto socorrido; los policías también salieron de escena.

¿Esto ocurre en la ciudad y en el centro, qué ocurrirá en los municipios?

16:30 horas, la flamante ambulancia número 185 de la Cruz Roja Mexicana, donada por el Nacional Monte de Piedad, llegó al fin al lugar donde una hora antes una persona sufrió tres episodios de convulsiones y fuertes golpes en cabeza y rostro. Nada preguntaron, simple, nada vieron, con la misma se marcharon; quizá el afectado debió prolongar más sus convulsiones y golpes, para dar pauta a que yo pidiera su extremaunción.