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Operación cicatriz

Carlos López Torres

E l mercadeo político, como práctica recurrente entre las cúpulas partidistas para dirimir conflictos suscitados a propósito del reparto de cargos de elección popular, ha confirmado que la política se asemeja más a un negocio que a un medio para servir a la sociedad.

La operación cicatriz, remedio proverbial recetado como infalible para las dolencias y los traumas políticos posnominación de candidaturas, ha sido retomado por los otrora partidos opositores al instituto tricolor, inventor y practicante contumaz de la operación maravillosa, como prescripción infalible para la prevención del agravamiento de los conflictos internos, antes de que estos se conviertan en crisis.

Sin embargo, el sucedáneo milagroso no siempre lleva a la contención de rupturas, como lo demuestra el pragmatismo de algunos candidatos camaleónicos y los incendios provocados por el fuego amigo, que amenazan con la quema de credenciales del partido del sol azteca o la recurrencia a los tribunales para impugnar al candidato, súbitamente convertido desde el centro como un neoizquierdista.

En otros partidos, donde la institucionalidad es invocada para paralizar a los dolidos suspirantes que no lograron la esperada designación centralista, la operación tiene mejores resultados, aunque el zancadilleo apenas disimulado, el vacío político o el apoyo al desertor que no logra la confianza de sus nuevos camaradas amarillos, no da plena confianza al candidato cercano a Calderón.

Por el lado de los inconsolables perdidosos del azulino instituto político, pareciera que el bálsamo maravilloso de la operación cicatriz pocos efectos ha logrado, dado el vacío y distanciamiento de los dolidos suspirantes de abolengo que no dan muestras de haber asimilado la derrota que les propinara la candidata neopanista a la gubernatura.

El distanciamiento de los tres partidos que parecían más consolidados respecto al electorado y la sociedad en general, seguramente se ahondará no sólo por el desgaste de la operación tradicional, sino por la recurrencia a privilegiar intereses cada vez más minoritarios como en los hechos se ha podido comprobar, a partir del desprecio por la opinión de la inmensa mayoría de la sociedad y la falta de autocrítica de los estrepitosos fracasos de las sucesivas administraciones estatales.

La rutina que ha permeado desde sus inicios las campañas políticas; la falta de imaginación y creatividad de los candidatos, no logra atenuar siquiera el desencanto y la carencia de confianza de los electores, quienes con desgano atinan a señalar que “siempre es lo mismo”.

El fantasma del abstencionismo crece a medida que las campañas se tornan insulsas y carentes de propuestas esperanzadoras y movilizadoras, dada la descomposición política que no para ante una clase política autocomplaciente e ineficaz.