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Orfandad humana

Luis Ricardo Guerrero Romero

“La contingencia universal se llama, en la esfera existencial, orfandad” (Los hijos del limo, Octavio Paz). Esta era la frase más extraña que en mis 35 años de tatuador me habían solicitado, en realidad supuse era una broma, pero la seriedad del rostro de aquella mujer de muslos tonificados —lugar en donde se grabó el pensamiento de Paz—, me hizo reponer mi típico juego con los clientes y supe que era verdad.

Al estar concluyendo la frase fue inevitable arrojar la pregunta del por qué esa idea tan extensa y poco común en las piernas, a lo que ella me respondió que su finalidad era verse interesante, aquellos quienes la vieran desnuda se esperarían un poco antes de sólo poseerla, pues su oficio, el más antiquísimo herencia de las hetairas la conducía en ocasiones al vacío existencial, pero que luego del consumo de unos cuantos productos ilícitos, todo le parecía normal, irrelevante, anodino, todo era fruto de la orfandad interior.

Concluí el trabajo, le tomé una foto en donde se dejaba ver cierta sección de su sexo, mi archivo de trabajos por fin parecía tener algo peculiar, lejos de frases en hebreo que ni un israelí se explica, nombres de familias, de películas, haikus y demás creatividades habían quedado atrás luego de esta imagen que aún conservo y de la cual me gusto en platicar cada que se presta el momento, como lo es ahora que me encuentro de testigo luego del deceso de mi cliente que fue encontrada en el simbólico patio de su departamento. Yo fui uno de los últimos a quien visitó antes de su muerte, y me parece pertinente darle otra interpretación a mi trabajo que ya no significa nada en un cadáver, al final de toda acción y de todo empeño, siempre impera la contingencia universal que es la orfandad. Todos, desde el Ungido que provocó un cisma, hasta la puta del tatuaje, han quedado en la orfandad, de la orfandad al igual que la muerte nadie se escapa. Incluso me resulta apto pensar que antes de la muerte, su antesala es la orfandad.

Hoy después de dar parte al peritaje y esos caprichos burocráticos he confirmado: no le temo a la muerte, me da un terror extraño toda clase de orfandad.

Poco común la experiencia de nuestro tatuador, que tendrá como todo oficio y trabajo, mil y una noches para contar lo que ve y piensa acerca de lo suscitado en sus quehaceres. Sin duda, me convence la idea de que la orfandad es un preludio de la sinfonía de la muerte, el último de los acordes y ritmos que jamás escucharemos, y que sólo nos bastará experimentar en la orfandad que precede la caída de la vida.

Los helenos nos trasmitieron la voz ορφανια (orfania), de donde provino la palabra orfandad, en esos ayeres daba a entender el día en que se queda privado de sus hijos, pero también conserva la idea de lo oscuro, lo sombrío. Quedarse huérfano, en sentido estricto es quedarse abandonado de lo más valioso que tiene el hombre cuando decide hacer familia, la orfandad es deshabitarse. Por otra parte, el latín expresó la idea de orfandad con la voz: orbitas (no confundir con orbita de donde viene órbita) que significa quedar privado de hijos, padres, esposo, incluso de la vista.

Así pues, el tatuador del relato anterior no parece estar tan extraviado de lo que sintió e interpretó de aquel muslo rayado que guardó en su carpeta de meretrices, y almacenó en los archivos del corazón.