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Otro hecho de sangre

Luis Ricardo Guerrero Romero

C omenzaremos por decir que no pretendemos describir ningún hemograma, sino más bien asuntos que nos invitan a divagar este sustantivo del color predilecto en los labios de cualquier tentadora femme fatale.

La palabra sangre está estrictamente asociada con su color, es casi dicotómico el efecto de vinculación rojo con la sangre y viceversa. Sangre, es una palabra que proviene más directamente del latín: sanguis, y es el caso acusativo latino, por medio del cual deriva esta y otras muchas palabras que se han ido integrando a nuestra lengua. De modo que sangre resulta del acusativo: sanguem, aquí adquiere el fonema /e/. No obstante es encomiable recordar la estrecha semejanza de la sangre con la corporeidad, pues todos los seres de carne son sanguíneos, Roma lo reconocía, los helenos lo sabían. Para la antigua Grecia existía una sangre que generaba la vida (por decirlo de alguna manera) esa era la sangre de los dioses, llamada Ιχωρ (icor) –de allí la palabra licor que tanto degusta en nuestro paladar; y de allí también el sentido de beber embriaguez en las fiestas ofrendadas a los dioses. Hasta nuestros días de modo mal inducido hay personas que en nombre de Dios son alcohólicos en el mejor de los casos, pederastas en el peor de los mismos–. El Icor, era entones la sangre divina, esta no tenía un color rojo sino claro. La sangre roja es propia de los mortales, de animales superiores, del hombre. Para los helenos era fundamental enfatizarlo, la palabra griega que describe esta cualidad de carne es: Σαρκινος (sarkinos), lo carnal era pues lo que vive gracias a la sangre. Y si en latín la palabra sangre se enuncia sanguis, y esta refleja un elemento de sacrificio y ofrenda, en Grecia la palabra Σαρκινος asimila las mismas cualidades simbólicas.

Por parte de la lingüística sabemos que fonéticamente existen rasgos distintivos que comparten los fonemas de estos dos sustantivos, por ejemplo, la velarización entre: /k/ y /g/, este par de consonantes tienen una oposición proporcional, el tiempo y el uso lo demostró generando un intercambio de sonidos gracias al uso y desarrollo de la lengua, resultando: sarginos en lugar de sarkinos, luego entonces de sarginos> sanginos> sanguis> y el acusativo sanguem que generó sangre.

Las acepciones de la sangre son tantas como la imaginación humana, las hay a partir de fenómenos biológicos, al decir –estoy sangrando–, se deduce que hubo un accidente, se cortó o bien, la asociación de: –estoy sangrando, tuve un accidente–, es utilizada con frecuencia cada 28 días. Recordemos otra idea de sangre, la asociación de la sangre y el sacrificio humano en los aztecas. En el cine también tenemos ideas de sangre con el llamado gore, género de cine que abusa de la sangre, cosa que lo vuelve cine sangriento, que no es lo mismo que ser sangrón, sustantivo de origen muy mexicano pero también muy químico, le decimos sangrón o sangrona al sujeto que por sus actitudes refleja apatita, de phatos, sentimiento o enfermedad, en procesos químicos que no está bien de salud, ya sea que padezca una infección y su sangre lo sufra, o bien que sea una persona patética que lo convierte en un sangrón.

En un sentido más positivo encontramos que donar sangre es donar vida, pues la sangre es casi símbolo de la vida, y quien dona sangre es valiente, de “sangre azul” como dicen los cuentos que son los héroes. La sangre asimismo es ejemplificación de la familia, del linaje, “sangre de mi sangre” es el hijo que se planea traer al mundo, cuando no hay planificación y todo fue por calentura de sangre y pasión fútil, al escuchar la noticia de un nuevo ser “se nos baja toda la sangre”, el futuro suegro desea aniquilar “a sangre fría” al incauto enamorado. Al pobre chico le quedará elevar su oración con el Sura XCVI, que se titula: La sangre coagulada, donde se nos habla del divino poder creador y su obediencia. Quizás estas líneas también fueron gore, por el abuso de sangre.