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Para mí, el eco es la única pista de que existo

Luis Ricardo Guerrero Romero

M e hallo toda la mañana en mi recámara buscando las llaves que abren precisamente la puerta de esta misma; comencé a perderlas hoy muy temprano que me percaté que no las tenía y no tuve más remedio que secuestrarme en el volumen de un ortoedro: V = a · b · h, pensó mi mente al mismo tiempo que pensaba que quizá mis llaves estaban encerradas en otra habitación que yo no estaba pensando. Todo lo anterior sólo me hizo inquirir en algo: pistas, pistas, debo atinar en algo que me ayude a creer que mis llaves y yo estamos en el mismo lugar.

El hallar algo es un ejercicio siempre constante en el hombre: que la media naranja, que la mejor corbata, que el coche en el estacionamiento, que un atajo que me ayude a esquivar esta ciudad que hierve de baches producto del gobierno que no halla en qué malgastar nuestros impuestos. Pero bueno que, las pistas no son cosas que no se conocen, sino que precisamente se conocen y ayudan a creer que algo está allí. Una pista, entendida como un rastro es revelación que revelará, las pistas se buscan porque se cree que habrá algo de interés mayor que la pista misma. Por ello, la pista es vínculo para creer, y no conocer la pista sería fracasar en lo que se cree hallar.

La palabra pista revisada desde un sentido lacónico proviene de la voz griega: pisteis (pruebas). Los indicios que se encuentran nos comprueban algo de algo, nos dan fe, nos hacen creer que eso está allí esperando por gracia de nuestra esperanza, como sucede en el fenómeno de la fe en algo trascendente, donde el mundo ofrece pistas que nos inducen a creer en eso que según se espera, obviamente por convicción de nuestra esperanza.

Ya en la misma lengua griega se entiende la palabra πιστις (pistis) como: confiar, fe, prueba. Por eso hablamos de que la pista construye la creencia.

Creo que el gobierno actual es un bodrio, porque su ejercicio me revela razones para estar convencido de ello. Como se ve, la pista es correlativa a la razón y a lo que se cree, Luis Villoro en Creer, saber, conocer apuntará que: “Todo hombre cree por razones, cuando éstas son suficientes, bastan para explicar la creencia”.

Hay sin duda pistas que no se ven, no se palpan, a estas les denominamos orientaciones o presentimientos, puedo tener extraviadas mis llaves y sin una pista fehaciente tener un pálpito de saber dónde están. No obstante las corazonadas me ayudan a creer, son πιστις naturales.

Dando otra vuelta de tuerca, las hay pistas que no son naturales per se, son por ejemplo: el galgódromo, velódromo, cosmódromo; y aunque las anteriores enlistadas de pronto parecieran no empatar con la idea original de nuestra palabra en cuestión, habría que recordar que por ejemplo, una de las pistas por antonomasia construidas son las pistas de hipódromos, (hipo-dromo: carrera de caballo) en donde efectivamente el trote del rocín registraba en el terreno de carrera su huella. Allí donde están las calcas del Equus caballus, está la pista.

Desde luego, para que este escrito sea armonioso no soslayaremos a la pista musical, de las cuales se obvia son gráficas del sonido, más no lo detienen, es decir son prueba de que existe un sonido a partir de una puntuación, pues nada puede hacer estático un sonido, de lo contrario no habría tal. De la palabra pista asimismo, surge la famosa onomatopeya: ¡pss, psss! Una suerte de énfasis tonal de las primeras letras y supresión vocálica de la palabra pista en su fonética. Por cierto, la socorrida imitación lingüística tiene la intención de hacernos creer que alguien nos habla, o al menos da una pista de que así es.