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Payasos de candidatos ¿por qué no?

Guillermo Luévano Bustamante

H oy a jugar de abogado del diablo de entrada en esta ocasión, pero pido su paciencia, lector, lectora. Si la democracia se supone que es una forma de gobierno basada en la deliberación de la colectividad a través de órganos que la representan para su interés general, nada de raro tendría que en los puestos de elección popular se encontraran las expresiones más plurales de la sociedad. Los más ricos y los más pobres, los más graduados y los más iletrados, las mujeres y más mujeres, los pueblos indios y la clase obrera. Visto está que no funciona así, que la representatividad se encuentra filtrada por los partidos políticos, caídos en descrédito casi general, normalmente defendidos por sus militantes más activos, por sus dirigencias o por las personas beneficiarias de sus conductas.

La postulación de payasos de oficio como Lagrimita para la alcaldía de Guadalajara, de un futbolista como Cuauhtémoc Blanco para la de Cuernavaca, o de la actriz Carmen Salinas para una diputación federal no debería ofender tanto a la opinión pública letrada, como parece haber sucedido.

Veamos, se presupone que por sus oficios son incapaces para gobernar, porque se presume su falta de preparación en las materias más directamente asociadas con la política profesional, como la economía, el derecho, la ciencia política, la sociología. Pero la idea es engañosa, el mayor grado de preparación de una persona no es garantía de honestidad ni eficacia en el desempeño de un puesto público. Esto es, la habilitación de una persona en un oficio o profesión no asegura un mejor desempeño en la función pública. Que si considero que sería deseable un proceso de profesionalización de las personas que laboran en la administración pública, pero se supone que la democracia representativa debe mantenerse abierta a todas las personas de la sociedad que gobierna. Y si en esa sociedad hay personas sin estudios, también estas deberían poder acceder a los cargos políticos. Lo contrario sería una aristocracia, ¿no?

Peña Nieto el iletrado encarna en cierta manera la representación de una parte de la población mexicana que tampoco lee y que incluso se jacta de no leer. Pero leer tampoco asegura una mejor condición humana. Del mismo modo que no leer no es sinónimo de ser pusilánime.

¿Por qué disgusta tanto entonces la candidatura de Lagrimita, Cuahutémoc Blanco o Carmen Salinas? A mí porque precisamente pasan disfrazados de pueblo sencillo sin serlo. Su poder deriva de un posicionamiento de poderes fácticos que los han enaltecido a costa del empobrecimiento material y moral de la sociedad. El problema de la postulación de esas candidaturas es que su carisma no se desprende de una labor social altamente reconocible en beneficio de una comunidad.

Son comediantes que reproducen estereotipos, que humillan, que discriminan. Y aunque también una parte de la sociedad mexicana es igualmente discriminadora y excluyente, para mí sería deseable que fueran otros los perfiles. Mas concordantes con la dignidad y el compromiso que requiere administrar los bienes de la colectividad.

El problema es ese, lectora, lector, que a la democracia debían poder acceder todas las personas, incluso en el modelo de democracia burguesa deliberativa moderna y liberal, pero no es así. El funcionamiento del sistema representativo partidista parece estar reservado a eso que llaman frecuente en medios de comunicación “clase política”, pero que no constituye una clase por sí misma en sentido estricto, sino un sector de la población que se ha beneficiado de la jerarquización de la función pública. Ahí no llegan las  personas más pobres, ni las más capaces. Y no, quizá no lleguen por sorteo, pero menos llegan por los medios de elección o designación, ni por los más democráticos y publicitados. El problema es el diseño de esta democracia, que cada vez parece serlo menos.

Twitter: @GuillerLuevano

Guillermo Luévano
Guillermo Luévano
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Investigador en la UASLP, SNI, columnista en La Jornada San Luis.