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Plaza pública

Óscar G. Chávez

Casi nadie entre los firmantes, y por supuesto entre los mexicanos todos, puede negar la terrible situación en que nos hallamos envueltos: la inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficiarios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social. Todos esos factores, y otros que omito involuntariamente pero que actúan en conjunto, forman un cambalache como esa masa maloliente a la que cantó Enrique Santos Discépolo en la Argentina de 1945.

Con todo, pudo cantarle. Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.

Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós.

Así concluía Miguel Ángel Granados Chapa su última columna fechada el 14 de octubre de 2011, dos días después el 16 de octubre, falleció de un cáncer que comenzó a menguar su salud, mas no su lucidez, desde 2007.

La célebre y longeva columna había sido bautizada como Plaza Pública, apareció por primera vez el 13 de julio de 1977 en el diario Cine Mundial, que entonces dirigía Octavio Alba. Esta columna política apareció en un momento crucial del la vida de Miguel Ángel Granados: enfrentaba una crisis depresiva derivada de la renuncia presentada –dos meses atrás– a la gerencia de la recién fundada revista Proceso; su intolerancia a la mediocridad y el rechazo general de los diarios –derivado de su actitud disidente–, fueron una cordial invitación a mantenerse alejado de ellos.

Sin embargo, luego de su primer Plaza Pública a la que tituló El PARM retorna al origen con los militares veteranos, vendría una colaboración diaria que aparecería de manera ininterrumpida hasta septiembre de 1979. Ese mismo año de 1977, comenzó a colaborar en la revista Siempre, de José Pagés Llergo; la invitación fue lanzada por don Paco Martínez de la Vega, periodista potosino avecindado en la metrópoli y gran conocedor del argot y los vericuetos imperantes en la política mexicana. Y cómo no había de serlo, había sido personaje cercano al general Cárdenas y llegado a la gubernatura de San Luis Potosí por designación directa –dedazo– de Adolfo López Mateos; eran los años de la lucha cívica en San Luis Potosí, encabezada por el navismo opositor a las políticas centrales que se empeñaban en permitir las imposiciones y dictados del cacique Gonzalo N. Santos. Vendría después el crimen contra el periódico Tribuna; el periodista que atacaba un diario; hoy su nombre lo lleva un premio de periodismo.

La llegada de Luis Javier Solana a la dirección de Comunicación Social de Presidencia de la República, fue el determinante para que Granados trasladara su columna a las páginas del todavía párvulo periódico Uno más Uno. Esta escisión periodística muestra una de las rígidas facetas éticas de Granados, que consideró poco objetivo colaborar con el diario cuyo director coordinaba también los intereses mediáticos de la Presidencia.

Hasta noviembre de 1983 apareció la columna de Miguel Ángel Granados en ese diario; vino luego la salida del autor, en solidaridad con Héctor Aguilar Camín, Carmen Lira, Humberto Musacchio, y Carlos Payán. La columna no apareció en la Ciudad de México por casi un año, no así en diarios del interior del país; fue hasta septiembre de 1984 cuando fue acogida por Punto, dirigido por Benjamín Wong. De forma paralela desde 1984 hasta 1992, Plaza Pública aparecía en La Jornada, diario del que fue cofundador y en el que colaboró como subdirector y director.

De agosto de 1992 a noviembre de 1993, la columna apareció en El Financiero, para luego ser publicada el periódico Reforma, diario en el que publicaba un recuento de sus veinte años con Plaza Pública, el 13 de julio de 1997, y del que tomé parte del recuento cronológico de la misma

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Granados Chapa, uno de los periodistas de mayor trayectoria y reconocimiento dentro de los medios mexicanos, había nacido el 10 de marzo de 1941, en Pachuca, Hidalgo. 74 años hacen hoy de su nacimiento; cuatro de su ausencia se cumplirán el próximo 16 de octubre.

Hombre de gran integridad en lo privado y en lo público, modeló parte de su ejercicio profesional al lado de personajes de la talla de Manuel Buendía Téllez-Girón y Julio Scherer García. Había estudiado en la UNAM las carreras de periodismo y derecho, luego de un fugaz tránsito por el Colegio Militar.

Congruente en todos los niveles de su vida, salvo la consejería ciudadana a la que fue invitado por el Instituto Federal Electoral, jamás aceptó un cargo o una función cercana al poder político mexicano. Crítico permanente del sistema, enfrentó una gran cantidad de demandas que en la totalidad de las ocasiones fueron desechadas gracias al impecable manejo que supo hacer del ejercicio periodístico.

Apasionado de la ortografía que supo vincular de una manera indisoluble con el periodismo; impecable en el manejo de la misma, supo emplearla con suma elegancia en el habla y la escritura. Fue incorporado a la Academia Mexicana de la Lengua el 14 de mayo de 2009.

Lector voraz y compulsivo, con una impresionante capacidad de retención y síntesis, puede ser catalogado como un intelectual práctico en las áreas del periodismo que cultivó con esmero y dedicación. De una manera despectiva pero que describe a la perfección su personalidad, fue denominado por Fausto Zapata Loredo, vocero del régimen echeverrista, como un barbudo intelectual, –según decir de Ricardo Garibay–, luego de la precipitada y digna salida del periódico Excélsior, tras el golpe orquestado desde las más altas esferas del poder.

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Curiosamente el primer encuentro que tuve con Granados Chapa fue a través de Martínez de la Vega, en la certera y bien pulida presentación que hace de don Paco en un libro de la autoría de éste. La obra titulada Personajes, publicada por Océano y la Fundación Manuel Buendía, consigna biografías y anécdotas de algunos personajes que le fueron cercanos. El texto de Granados va precedido de otra presentación, ésta de Elena Poniatowska, cuya pluma destaca por la familiaridad y afecto certero con que hace referencia a la persona de Paco Martínez de la Vega a quien llama cariñosamente mi viejo.

A diferencia de Poniatowska, que aborda más lo íntimo del prologado, Granados se enfocó en las acciones neurálgicas de la vida de Martínez de la Vega; en sus trajines periodísticos y políticos. Sin embargo, y a pesar de la escrupulosidad periodística, ambos incurren en la –considero involuntaria– omisión de mencionar el ya referido atentado contra el periódico navista Tribuna. Supongo la ignorancia de este negro episodio en la vida de Martínez de la Vega, por parte de Granados; su ética periodística, la misma que le llevó a alejarse de Proceso, y a cerrar ciclos afectivos con periodistas como Carlos Payán, o José Carreño Carlón, hubiera estado por encima de su íntima amistad con el ex gobernador potosino.

Supe también de Granados, durante la lectura de su obra ¡Nava sí, Zapata no! La hora de San Luis Potosí: crónica de una lucha que triunfó, Grijalbo, 1992. La precisa cronología del proceso electoral y la resistencia cívica que generaron la caída del gobernador recién electo Fausto Zapata, son descritos de una manera concreta por el autor. No me atrevo a hablar de la objetiva imparcialidad de la obra, ya que en algunos casos pareciera que el lenguaje utilizado en el análisis de hechos y personaje concreto, se ocupa de saldar deudas contraídas en el pasado. La historia como arma, según Manuel Moreno Fraginals.

Ambas obras, por ser referentes dentro de la bibliografía potosina, una en el género biográfico, y la otra en la crónica y análisis político, me invitaron a profundizar en las lecturas de Miguel Ángel Granados, a quien he considerado –derivado de su impecable manejo del lenguaje– uno de los grandes maestros del periodismo mexicano.

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Tras el ingreso de Granados Chapa a la Academia Mexicana de la Lengua, la escritora y también miembro de número de la misma Academia, Margo Glantz Shapiro, publicó en el periódico La Jornada, a manera de reconocimiento al recipiendario, un artículo al que tituló Granados Chapa, académico (http://www.jornada.unam.mx/2009/05/21/cultura/a06a1cul).

En el cuerpo del texto, Glantz desmenuza el contenido del discurso pronunciado por Granados al momento de tomar posesión de su sitial. A lo largo del artículo señala: Miguel Ángel examina un dato recurrente y poco estudiado de la historia de México: cuando se logra decretar constitucionalmente el derecho a la libre expresión, se produce de inmediato una curiosa y nociva reacción, la que él llama el relativismo de consagrar un derecho y de inmediato acotarlo con limitaciones […] Otro tema importante es definido así: “Nuestra lengua, en general, y la de México en particular, está sujeta a un proceso de pauperización (dato que se advierte)… en la incapacidad para formular enunciados sencillos. El empobrecimiento del lenguaje”, concluye, amenaza precipitarnos en la mudez.

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Viene esto a colación de la discusión que en tuiter sostuve el día de ayer por la mañana con la persona encargada del manejo de la cuenta @ProtCivilSLP (Protección Civil Municipal de San Luis Potosí), a quien tras cuestionarle su desafortunado manejo ortográfico en redes, comenzó argumentando la ausencia de acentos en su teléfono móvil, cuestión del fabricante, señaló; posteriormente –09:38 hrs– pontifica en otro tuit: Le recuerdo que la Real Academia de la Lengua Española, aprobó la excepción de los acentos. A esto respondí que aplica solamente terminación en “s”, precedida por consonante; no en este caso. Típica respuesta de ignorantes y mediocres.

Mi cuenta fue bloqueada por quien maneja la de Protección Civil Municipal; el tuit de los acentos eliminado, y mis cuestionamientos sobre el uso de la ortografía no fueron respondidos ni siquiera por quien maneja la cuenta del ex rector y hoy letrado alcalde. ¿Cuánto ganarán quincenalmente las personas que manejan las redes sociales?

Así se hizo presente lo que señalan Granados Chapa y Glantz: la acotación derivada de limitaciones se hizo presente a partir de la incapacidad para formular enunciados y del pésimo manejo que de un lenguaje empobrecido hace un intolerante –que se siente autoridad– al servicio de un Ayuntamiento ignorante y semi ágrafo.