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Pleitos familiares a La Vista

Óscar G. Chávez

D ifícil es en el entorno potosino hallar alguna familia que no se encuentre emparentada con alguna otra símil en características, dentro de su entorno social; lo mismo que asistir a cualquier reunión en la que siendo todos completos desconocidos no comiencen a aparecer puntos de convergencia: amigos, conocidos, parientes.

Pudiera ser similar esta situación en cualquier ciudad de provincia en que los ámbitos familiares son cerrados a los ajenos al entorno. En diversas ocasiones se ha tratado de explicar e interpretar el fenómeno de la potosinidad sin ubicar un punto central que nos permita dar cauce lógico y certero a lo que ésta pudiera ser, y cómo se ha constituido, frente a propios y extraños.

La constante búsqueda de una pretendida identidad potosina ha obligado a sus integrantes a presentar una serie de iconos que puedan constituirse en referentes intemporales de ella frente a otras identidades o incluso para incardinarlas como indicadores en un imaginario nacional. Desde la óptica del regionalismo la idea será aportar una serie de elementos que permitan proyectar nuestra esencia como sociedad con una serie de características propias y elementos distintos a aquellas con las que se convive dentro de un entorno geográfico más distante.

Hace algún tiempo, escribí para una revista cultural un texto en el que en cierta parte abordaba algunas cuestiones encaminadas a definir la potosinidad; derivado de mis limitantes culturales y epistemológicas, el artículo no vio la imprenta, en esta ocasión –consciente del autoplagio–, reproduzco aquí un fragmento:

“Esta búsqueda, acaso infructuosa, ha generado cierta ansiedad por lograr alcanzar una explicación que axiológicamente permita definir al potosino dentro de su entorno, para posibilitar la explicación histórica y sociológica de su función como actor social en el entorno de la geografía nacional.

Así, no es de extrañarnos que el doctor Efrén Carlos del Pozo Rangel (1907-1979) al buscar hallar el origen de esa identidad que él denominó potosineidad, volteara su vista hacia el origen onomástico del estigma, y refiere: Para bruñir mis entrañas de potosino quise ir a ver el Potosí original de Bolivia y después de reptar por alturas sin huellas de vida, después de pueblos de nombres sugerentes como Charcas y Pozos, he llegado a la Villa Imperial del Potosí, a 4,200 metros de altura en donde las potosinas de sombrero de copa de 40 centímetros de altura, se rieron jubilosamente de mis pretensiones de llamarme potosino y sólo después de consultar con eruditos, aceptaron que podría ser “Sanluiseño”. Búsqueda infructuosa de una respuesta imposible para aquel que fue a través de la vida con San Luis a cuestas.

No sólo el sincrético denominativo, por su origen católico-europeo y su raíz quechua, constituye parte de esa carga identativa; a esto debe agregarse la necesidad de encontrar desde la óptica del actuar humano, personajes que constituyan un resumen y referente de lo que implica ser potosino. En este sentido nos encontraremos frente a una sociedad que busca asirse de la mayor cantidad de elementos que reflejen las características particulares de lo que consideramos lo nuestro y que puedan ser traslados a la encarnación humana; es decir, la fabricación artificial de alguien a quien podamos presentar como potosino por los cuatro costados.

Esta construcción metafórica e idealizada de personajes ha llevado al imaginario potosino a considerar como tales, a aquellos que desde su muy particular punto de vista han constituido un referente social que permita ser exhibido sin menoscabo alguno, dentro de las glorias de su imaginario, propio de una sociedad castrante y presuntuosa”.

* * * * * *

Nada más cercano a estos apuntes que la identificación y la adscripción que hacemos de manera recurrente a las familias del lugar; todas emparentadas entre sí. Alianzas que en muchas ocasiones constituirán un lastre o que dará lugar a sonados escándalos.

Ejemplo cercano es el litigio por tierras, en concreto por un predio denominado El Chavalín –al poniente de la ciudad–, que protagonizan dos poderosos grupos familiares vinculados entre sí por lazos familiares: por un lado la familia asociada con la compañía Constructora La Potosina, S.A. de C.V., y por el otro la familia asociada con el ex secretario de Turismo, Enrique Abud Dip. Media sin embargo, entre ambas familias, cierto parentesco por matrimonio en los que salen a relucir apellidos como Valladares, Muriel, Ocaña, y Abud Kury; este último no necesita mayores comentarios.

La realidad es que al margen de los pretendidos y presuntuosos puntos de lucimiento familiar como son los apellidos, la tenencia de la tierra en San Luis Potosí se ha reducido a unas cuantas manos o familias, que con su propio apellido, o al amparo de compañías cuyas razones sociales fueron constituidas exprofeso, han lucrado a costa del esfuerzo de miles de familias que aspiran a constituir su patrimonio familiar inmobiliario, en algún punto prestigiado de la ciudad.

Al margen de las consecuencias familiares, que es cuestión privada, conviene observar que en este tipo de asuntos se ven mezclados los más altos intereses, generando corrupción entre altos funcionarios de las administraciones estatal y municipal, así como entre los encargados de administrar la justicia.

Uno de los diarios impresos ha dado cuenta de manera constante del historial del predio por el que se han desatado los demonios de la tenencia de la tierra. Evidentemente las opiniones serán parciales, sin embargo es una contribución a la historia del marasmo de podredumbre en que se encuentra inmersa la alta sociedad, y cuyos escurrimientos –desde esa altura– se vierten y escurren nauseabundos sobre el resto de la ciudadanía.

Cierto es que ya costó la renuncia de un secretario de Turismo, hermano del principal involucrado en la litis; cierto es también que las exhibiciones hechas por el periódico seguirán ocurriendo; cierto es que una gran cloaca se ha destapado. Cierto es también que esto tomaría otro cauce de haber resultado electo un conocido empresario del ramo eléctrico; pero más cierto es que todo queda entre familias. Familias que se han apropiado de la tierra y de la ciudad.