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Por causa de honor

Óscar G. Chávez

D ifícil resulta asegurar que José Narro Robles, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, se engrandece con el nombramiento de doctor honoris causa que le otorgará la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; como difícil también sería señalar que ésta se engrandece al otorgarle el grado. Lo merece desde luego, ¿pero es nuestra universidad la que debe entregarlo?

Doctor por causa de honor, sería la interpretación textual que se daría al nombramiento, y de nueva cuenta viene la interrogante, ¿es causa de honor para la institución o para el elegido?

Son, en efecto, las instituciones que lo otorgan las que engrandecen al recipiendario del grado, pero son también los agraciados quienes distinguen a las instituciones otorgantes.

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No hay fecha precisa sobre el otorgamiento de los primeros grados doctorales por causa de honor a quienes que sin tener dicho grado académico y a causa de su trayectoria se hicieron merecedores a la distinción. Recordemos que es en la segunda mitad del siglo XVI cuando académicamente se legisla sobre el grado doctoral considerado como el más alto hasta la actualidad; no obstante pareciera no haber registro histórico de los más antiguos nombramientos expedidos al respecto.

A pesar de que la universidad de Salamanca es considerada la más antigua del mundo en virtud de ser la primera en ser denominada como tal, sus nombramientos doctorales honorarios comienzan en las últimas décadas del siglo XX; por el contrario, la universidad Mayor de San Marcos –de Lima, Perú– los otorgó desde el siglo XIX a personalidades de la talla de Simón Bolívar y José de San Martín.

En el caso de las universidades mexicanas, al parecer la UNAM es la que otorga los primeros nombramientos de este tipo, a partir de su restablecimiento durante el porfiriato, gracias a la labor de Justo Sierra, siendo éste el primer agraciado con el nombramiento en el año 1910.

Desde ese año hasta el actual, son 195 los títulos que con este grado honorario han sido otorgados por la UNAM; destaca entre ellos el otorgado al potosino Antonio Castro Leal (1896-1981), en el año 1952 dentro de la disciplina de filosofía.

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La Universidad Autónoma de San Luis Potosí fiel a esa tradición universitaria de reconocer y galardonar a personajes de renombre, prestigio, e impulsores de las artes, las ciencias y las letras, ha otorgado al día de hoy doce doctorados honoris causa. Pocos, por desgracia, a potosinos; solamente se han considerado como merecedores del grado a José Antonio Padilla Segura y a Francisco Marmolejo Cervantes.

Ambos personajes desde luego merecedores de la amplia cauda de honores y reconocimientos que les prodiga nuestra máxima casa de estudios, sin embargo con estos nombramientos lo único que hace es evidenciar la falta de reconocimiento a potosinos que han destacado de una manera notable fuera de nuestro estado.

Otorgar un doctorado a un personaje del prestigio de Vargas Llosa desde luego que ennoblece y engalana a la universidad potosina, pero más que distinguir al personaje, pareciera que lo que se pretende es llenarse de prestigio a partir del nombre del personaje. No considero que el título otorgado al escritor por la UASLP, hubiera tenido una carga emocional de consideración en su trayectoria. Un simple acto protocolario al que debió responder por cortesía, y desde luego para sumarlo a los reconocimientos ya alcanzados.

En el mismo sentido debemos preguntarnos ¿cuánto cuestan a la UASLP actos de este tipo? El cuestionamiento no va en función de lo económico, aunque también importa, sino en función de que pareciera que no se considera que el prestigio alcanzado por ella, se debe –entre otros– a una cantidad importante de potosinos que dedicaron gran parte de sus esfuerzos vitales a proyectarla más allá de nuestro entorno parroquial.

Una de las características primordiales de cualquier universidad es el pensamiento crítico forjado dentro de sus facultades, así pues nuestra Universidad se ha olvidado del principal impulsor del pensamiento crítico dentro de ella; a quien debe la primera facultad de Humanidades, clausurada después precisamente por las ideas adversas al sistema político imperante que en ella florecían. Pareciera que la figura de Ramón Alcorta Guerrero pasa desapercibida para las autoridades universitarias, y por ende hacen evidente su ignorancia en evolución de la misma institución.

Igual suerte ha corrido la figura de Francisco de la Maza y Cuadra, uno de los más grandes historiadores y críticos de arte a nivel nacional; excelso catedrático de la UNAM, y visitante asiduo de la potosina; su persona, en apariencia desarraigada de San Luis Potosí, nunca se alejó en realidad de su tierra y su universidad; misma que le ha reciprocado su agradecimiento con olvido e ingratitud.

A los anteriores debería agregarse, también, el nombre de Jesús Silva Herzog, quien al margen de su destacada labor en el campo de la economía nacional, impulsó una serie de cursos impartidos en la referida facultad de Filosofía de la UASLP. Podrá decirse que en su memoria una biblioteca universitaria lleva su nombre, pero eso no salda la deuda que la universidad tiene con él.

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Podrían ser citados otros tantos potosinos, la cuestión no es sin embargo realizar una lista abultada de nombres con los que la UASLP tiene enormes deudas; el asunto central es hacer ver que lo característico de estos actos simbólicos es el galardonarse a partir del galardón al personaje de renombre, de enorme prestigio, y no a aquellos que a pesar de sus esfuerzos no aportaron más que eso, y su nombre.

El otorgamiento de estos grados a personalidades de amplia trayectoria en el mundo de la cultura universal, más que engrandecer a nuestra universidad, o a sus autoridades, les genera un aura de oportunismo, alejada en totalidad del prestigio académico.

Ilustrativa por singular, fue aquella ocasión en que el Tribunal de Justicia del Distrito Federal otorgó un doctorado honoris causa a Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía capitalina en aquellos años. Un iletrado criminal doctorado con honores.

Esperemos que la UASLP reconsidere el rumbo de sus grados honorarios y recuerde que hay una considerable lista de potosinos a los que por elemental justicia y de manera post mortem debe otorgárseles el grado. Y no pensemos desde luego en rectores acabados –en todo el sentido– en presidentes municipales.