México y sus mayores amenazas
3 febrero, 2017
Negativo
3 febrero, 2017

Por la sobrevivencia

Ignacio Betancourt

El escritor norteamericano Philip Roth declaró recientemente, a propósito del nuevo presidente norteamericano: “Trump es un estafador (…) un hombre humanamente empobrecido, ignorante de gobierno, de historia, de ciencia, de filosofía, de arte, incapaz de reconocer sutileza alguna, indigente de toda decencia y empleando un vocabulario de sólo 77 palabras…” De algo me convenzo cada día más, digo yo, la realidad es mucho más fantasiosa que la ficción más descabellada. ¿Quién habría imaginado una persona como Trump gobernando al país más poderoso del planeta? ¿Qué ficción más cruel pudo concebir un tipo como el que en realidad existe al mando de los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Qué se puede esperar de un millonario incapaz de imaginar la existencia de más de siete mil millones de seres humanos (actual población de terrícolas) pero con acceso al arsenal nuclear más abundante del planeta? ¿Y qué decir de los actuales gobernantes mexicanos, podrán seguir medrando pese a tanta desventura internacional?

Pero si hoy México debe padecer a alguien como Trump (padecimiento que es consecuencia directa de la estulticia de los gobiernos mexicanos), eso nunca será justificación válida para olvidar los reclamos más airados contra la necedad y la torpeza gubernamental que hoy tiene al borde de la miseria a una población de más de cien millones de mexicanos. Según Acción Ciudadana, en el país existen “64 millones de habitantes en la pobreza” que equivale a 53 por ciento de la población total en el territorio nacional. También afirma que: “Alrededor de 12 millones concentran la mitad del ingreso económico total”, mientras 108 millones de hombres y mujeres de todas las edades viven del otro cincuenta por ciento. ¿Por qué será que en un país con miles de kilómetros de litorales y su inocultable riqueza marina, con petróleo y metales preciosos en abundancia y una mano de obra extensa y talentosa, la mayor parte de su población vive en la pobreza? No es un castigo divino ni consecuencia directa de la voracidad gubernamental norteamericana, es simplemente resultado espeluznante del actuar cotidiano de gobiernos al servicio de intereses extranjeros y de la corrupción (tolerada y propiciada) más escandalosa.

Cuando un enfermo mental se empecina en construir un muro entre dos países, no se trata sólo de paredes, implica la destrucción de un entorno en donde vegetales diversos y animales diversos (aves, mamíferos, reptiles, etcétera) serán violentados en su existencia y condenados a la desaparición. Además del daño en las relaciones de seres humanos atropellados por gobiernos absolutamente envilecidos por el afán de ganancias monetarias y la satisfacción de las más ocultas obsesiones, se atenta contra el medio ambiente (“miedo ambiente” decía el recientemente fallecido Memo Samperio) y los recursos naturales y contra los más elementales derechos humanos. Las fronteras las inventan los seres humanos para la conveniencia de sus propios intereses, sin que les importe para nada el daño a sus semejantes (impropiamente llamados “semejantes” pues en muy poco se parecen los unos a los otros).

Desde los funcionarios más lamentables y carentes de toda virtud hasta los más investidos académicamente, en México prospera y medra una casta de ladrones y criminales en cotidiana orgía de corrupción e impunidad casi inimaginable. De nuevo la realidad superando a la ficción, aunque la muerte, los atracos, las desapariciones, los secuestros, los despojos y las agresiones más insospechadas sean tan concretas como los nombres y los apellidos de quienes hoy dicen gobernar un país, o un estado, o un municipio, o una universidad, o una secretaría.

Por todo ello resultan tan caricaturescamente crueles los llamados a la unidad nacional en boca de Enrique Peña Nieto, quien jamás ha tomado en cuenta la opinión de la ciudadanía para realizar las más graves agresiones en contra de esos mismos a quienes hoy pide unidad. ¿Cómo pueden atreverse, decenas de funcionarios gubernamentales, a pedir “unidad” siendo totalmente incapaces de frenar sus propias raterías y su criminal voracidad? ¿Por qué no pidieron “unidad” para repartir sus riquezas mal habidas o para intentar una depuración de su extensa lista de delincuentes disfrazados de “gobernantes”? Un presidente que es ejemplo de la corrupción más desvergonzada, tarde o temprano está condenado al fracaso más estrepitoso (pese a casas blancas y canales televisivos), por eso resultan tan inútiles sus cínicas convocatorias a una población que finalmente ha descubierto qué clase de sujetos son quienes dicen gobernarla, y hoy se ha lanzado a las calles con la más firme decisión de poner fin a tanto abuso, pese a que el que es güey hasta la coyunda lame.

Pero no olvidemos que: no hay mal que dure cien años, ni pendejo que los aguante, y ahora es cuando se cumple el centenario de atrocidades económicas y políticas y culturales, que los gobiernos nacionales han realizado durante muchos años contra millones de mexicanos pasivos y aguantadores. Se terminó la paciencia de las masas. Cuando desaparece toda mejoría en las expectativas de multitud de hombres y mujeres honestos cuya única infracción es haber nacido en el territorio nacional, la gente no pelea solamente por una ideología sino por la sobrevivencia, lo cual modifica esencialmente el contexto de las confrontaciones sociales; es algo inédito en la historia de las luchas ciudadanas en el país y en esta confrontación no hay retorno, sólo hacia delante hay liberación y modificación de paradigmas, detenerse o dudar de la urgencia de una gran transformación social sólo prolongará lo insoportable. El paso de un combate ciudadano que de pronto nos encara con la sobrevivencia, es la lucha de nietos y abuelos y de hombres y mujeres de todas las edades y de las más diversas procedencias, peleando por algo tan elemental como sobrevivir. No se requieren doctorados en politología para saber que antes de que los consuetudinarios depredadores terminen con el país y su población, habrá que impedirles actuar.

Y cambiando de personaje (aunque no de tema) ¿qué ha pasado con los viajes de Armando Herrera, secretario de Cultura, en busca de recursos económicos? ¿Por qué no informa del resultado de sus gestiones? ¿Cuánto se gasta en cada viaje? ¿Huye y se aleja, incapaz de resolver los múltiples problemas que acá tiene pendientes desde hace meses?

Del poeta salvadoreño, Roque Dalton (1935-1975) va su poema Las feas palabras: En la garganta de un borracho muerto/ se quedan las palabras que despreció la poesía.// Yo las rescato con manos de fantasma/ con manos piadosas es decir/ ya que todo lo muerto tiene la licuada piedad/ de su propia experiencia.// Furtivamente os las abandono:/ feas las caras sucias bajo el esplendor de las lámparas/ babeantes sobre su desnudez deforme/ los dientes y los párpados apretados esperando el bofetón.// Amadlas también os digo. Reñid a la poesía/ la limpidez de su regazo./ Dotadlas de biografía ilustre./ Limpiadles la fiebre de la  frente/ y rodeadlas de serenas frescuras/ para que participen también de nuestra fiesta.