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Por las cosas de la edad

Luis Ricardo Guerrero Romero

Conocer al misántropo no es algo sencillo de sobrellevar, aunque se hagan esfuerzos por tolerarlo, simplemente su carácter es su destino, como apuntó mucho tiempo atrás Heráclito (aquí se hace referencia al apotegma del filósofo oscuro: “el carácter del hombre es su destino”). Probablemente los únicos amigos que tiene el misántropo son sus libros preferidos, y hasta cierto punto, pues en ocasiones ha llegado a destrozar algunas páginas de brillantes autores que parecen entablar un diálogo con el lector.

En la espalda del misántropo de quien ahora hablo desde la mente y enuncio desde los labios, al tiempo que redacto estas líneas; se hallan tatuadas unas notas de uno de los libros de Raumsol (Carlos Bernardo González Pecotche): “el hombre debe proyectar hacia un futuro de posibilidades ilimitadas el potencial dinámico de la conciencia, por ser ella quien sostiene, en razón, de su esencia incorruptible”. 144 letras decoran su dorso, pero con seguridad el triple de estas han sido los menosprecios que tal hombre ha padecido por su patente misantropía. Él aún no quiere saberlo, pero su edad lo está empujando a dar un salto a la filantropía.

La última ocasión que dialogamos dijo: — Yo nací en un cofre forrado de carne al estilo de la bibliopegia antropodérmica, comencé mi recorrido de viviente en la pantalla para un ultrasonido. Ese cofre encarnado lo era todo y allí empezó el silencio que intenta emular a la eternidad, silencio que estropeé en un llanto que verificó la vida. No —aseguraba con lágrimas el hombre—, los años no hacen ruido, hacen sólo cicatrices. Las edades de hierro, las de cobre, las de periodos de la historia son sigilosas. La edad es un trazado de arquitectura que piedra tras piedra, edad tras edad va desvelando la verdad de quiénes somos, aunque nunca seamos, pues sólo seguimos siendo. Avanzar en edad, es ergástula de la belleza. Te odio porque eres símbolo de la edad, te odio porque platicar conmigo mismo a esta edad, me está resultando insuficiente.

Parece ser que el misántropo envejecía y hablar con sí mismo como otro ya se tornaba demasiado complejo de escuchar. Eso le ocurrió a él con la edad, y a nosotros con la edad se nos ocurre pensarla. La palabra edad, de modo sucinto se puede localizar en la lengua latina como: ætas, o aetas, aetatis (etas: la edad, duración de la vida). Tuvo su transformación morfológica y fonética a partir de la consonante dental: /t/, a la /d/ ˃ aedas (edas), para luego sufrir el cambio final de sonido: /s/ por /d/˃ edad.

No obstante, en el griego antiguo se localiza el adverbio αει (aei), que indica: siempre, por siempre, ο αει Χρονος (jo aei Crónos) la eternidad. El adverbio ya citado es acotado con ae de aetas y el sonido vocal de /i/ se trocó a /t/. La postura surge debido a que en el latín: aetas enmarca un sentido de duración de la vida la cual siempre se ha creído de edad en edad que no termina en este periodo terrenal, sino que continúa en la eternidad —que a decir verdad debe ser muy cansado y un acto de violencia por parte de un dios mantenernos en la eternidad, sólo una entidad de facultades divinas podría soportar la eternidad. Es decir que, el tema de la edad es sin duda tardado como los pasos de un anciano, y delicado como el gateo de un bebé. Pensar en que las edades pasan tiene preocupados a los padres de las jóvenes que por las calles se les grita: ¡su hija está en edad de merecer! (tener cierta edad nos hace meritócratas) La edad también les preocupa a los pensionados. La edad mantiene expectante a los del INE que esperan a los ciudadanos. Por las cosas de la edad al hombre le significa el cumplir años, pues la edad es continuación.