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Picasso, La pordiosera arrodillada.

María del Pilar Torres

“En México, el que es pobre es pobre porque quiere”.
Los del grupo de WhatsApp.

Ahí tienen que llega un tipo a su casa, un poco tarde. Antes de que su esposa le pregunte, él le cuenta:

-Discúlpame, me tardé en llegar porque venía por la calle y vi una pelea. Eran nueve contra tres y tuve que meterme a ayudarles.

–Ay, mi amor, qué valiente eres. ¿Y qué pasó?

– Pues ¿qué iba a pasar? Se echaron a correr los tres.

Por malo que sea el chiste, que seguramente todos hemos escuchado, nos reímos porque sabemos que es cierto. Es una metáfora de algo que ocurre en la realidad; esa, la que no da risa. Culpamos a la víctima de una violación por puta. Evadimos la desgracia, pero pensamos que quien la padece algo habrá hecho. Somos amables con el turista extranjero, pero rechazamos al migrante centroamericano porque viene a quitarnos “no sé qué”. En el mejor de los casos, racionalizamos lo que ignoramos, pero también preferimos creernos ese cuento de que uno atrae lo que te pasa, que “El Secreto” del universo es decretar éxito y abundancia; y que los que se enferman de cáncer y esas cosas, seguramente es porque lo merecían. Después de todo, el calvinismo consideraba que el éxito económico era un signo de predestinación a la salvación.

Rechazamos a quien es diferente. Tal vez porque, después de todo, si le están pegando al otro, no me están pegando a mí. Discriminamos, en pocas palabras. Migrantes, nacos, indios, chairos. Da lo mismo, el caso es creerse superior. Una creencia apuntalada en un deseo de mantener un supuesto estatus quo.

Buscando entre las causas de la discriminación subyace una verdad interesante –aunque dolorosa– que siempre ha existido y es necesario nombrarla. La filósofa española Adela Cortina considera que asuntos como el clasismo, el racismo o la xenofobia tienen una raíz antropológica, además de sus implicaciones éticas y morales. Buscó un término para designar esa realidad que implica culpar a las personas por sus dificultades sociales. Según refiere, buscó en su diccionario de griego y juntó dos palabras: Aporos –que significa indigencia– y fobia, que significa miedo.

Así, aporafobia significa aversión o rechazo irracional a la pobreza que implica, entre otras cosas, relacionar a las personas pobres con la delincuencia antes de que como potenciales víctimas de la discriminación y la violencia. Para erradicar esta fobia, primero habría que entenderla y –antes que eso– señalarla. Por cierto, la palabra ya está incluida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

En sus investigaciones, Adela Cortina señala que la dinámica del mundo contemporáneo nos lleva a entender las cosas en vistas a intercambios de servicios.  Los extranjeros blancos, la gente exitosa, la gente con dinero o atractiva –dice Cortina– no nos molesta porque sentimos que tienen algo que ofrecer. Los que no, son los que quedan fuera. Son los vulnerables. Psicológicamente, tendemos a buscar lo que nos va a ayudar a sobrevivir.

Platón nos dejó en El Banquete lo mejor que se ha escrito sobre la vulnerabilidad. Penia era la personificación de la pobreza, el desamparo y la indigencia. Era una pordiosera odiada y marginada, tanto por los dioses, como por los mortales. Cuando terminó la fiesta por el nacimiento de Afrodita, a la que habían sido invitados todos menos ella, Penia llegó para mendigar las sobras. Poros, en cambio, personificaba la abundancia. Había bebido demasiado y estaba dormido. Penia quería tener un hijo con él, se acosó a su lado y concibieron a Eros, el dios del amor humano.

Al ser hijo de la abundancia y la indigencia, el amor es siempre pobre, duro, seco y va desnudo. Pero también es valiente, abundante, audaz y hábil. Algunas veces florece y se multiplica y otras escasea y se muere. A veces, lo que consigue se le escapa, pero nunca deja de perseguirlo. Esa filia, dice Platón, es el tipo de amor que está presente en la filos-sofía.

La aporofobia es el odio y rechazo a la pobreza, la cual es una característica circunstancial en las personas (es decir, no forma parte de su identidad). Se transmite a partir de una construcción social y una disonancia cognitiva.

La filosofía, en cambio, ayuda a pensar con rigor y vivir conforme a ese pensamiento. Permite considerar ideas y modos de pensar diversos. Es esa filia que nos lleva a seguir el rastro de la verdad y correr detrás la libertad, indispensable para la vida. Agudiza los sentidos y elimina la miopía que nos impide ver, con claridad, que no hay ningún ser humano que no tenga nada valioso que ofrecer.

@vasconceliana