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Procustos necios que culpáis…

María del Pilar Torres Anguiano

Hace algunos días vi que un agente de tránsito estaba multando a una camioneta estacionada en un lugar prohibido. Cumple con su deber. No hay nada de malo en ello. Pero el lugar prohibido era un centro de acopio y la camioneta estaba ahí, momentáneamente, mientras descargaba donativos en especie. Según su esquema, debe levantar la infracción porque es su trabajo y punto. La miopía intelectual de aquel agente le impedía ver una verdad que para nosotros ni siquiera vale la pena explicar; pero lo verdadero, desafortunadamente, no siempre es evidente.

Aquello que llamamos verdad, consiste en la adecuación del entendimiento con la realidad, al menos para la filosofía de Aristóteles, el padre de la lógica. Esta adecuación es una relación que surge entre el entendimiento y el ser de las cosas, en la que el primero se ajusta al segundo. Es decir, la verdad, no se encuentra en la mente ni en las cosas, sino en ambas; y es el entendimiento el que tiene que adaptarse a la realidad, no viceversa. Aceptar esto parece asunto de sentido común, pero en la práctica, es frecuente empeñarse en que sea el mundo quien se adapte a un esquema. Nos casamos con ciertas ideas y de ahí no nos sacan.

Imponer la propia forma de pensar a los demás, es una tentación en la que frecuentemente caemos, porque, de alguna manera, todo discurso es un discurso de poder, como diría Michel Foucault. De lo anterior, a cortar la cabeza de todo aquello que no se adecúe a mis esquemas, hay sólo un paso; uno muy común. Esta falacia se conoce como lecho de Procusto y su origen, cómo el de tantas cosas, está en la mitología griega.

Procusto era el apodo de Damestes, hijo de Poseidón, el dios de los mares, de quien heredó su estatura y fuerza. Vivía en Eleusis, una ciudad célebre en la antigua Grecia porque ahí se llevaban a cabo los ritos de las diosas Démeter y Perséfone. Aunque su verdadero nombre era Damestes, era más conocido por su apodo, que significada el que estira, o bien, el estirador. Resulta que Procusto era dueño de una posada ubicada en las colinas, en donde ofrecía posada a los viajeros. A los huéspedes que recibía los acostaba en una cama de hierro y mientras dormían, los ataba a las cuatro esquinas de la cama. Si la persona era alta y su cuerpo era mayor que la cama, les cortaba las partes del cuerpo que sobresalían, ya fueran los pies, manos o cabeza. En cambio, si la víctima era más pequeña que la cama, estiraba sus extremidades hasta separarlas del cuerpo y lograr que coincidieran con los bordes. El punto es que nadie coincidía con el tamaño del lecho.

Procusto terminó su existencia de la misma manera que sus víctimas, al ser capturado por Teseo, el héroe de Atenas, quien lo acostó en su cama de hierro y le sometió a la misma tortura que tantas veces él había aplicado. La alegoría hace referencia a una situación que puede abordarse desde distintas perspectivas.

Por un lado, el lecho de Procusto consiste en una falacia seudocientífica en la que se deforman los datos de la realidad para adaptarlos a alguna hipótesis previa, y así sesgar los resultados para convencer de lo que sea a gente poco informada, por no decir, ignorante. Como cualquier discurso de campaña política, basada en datos alterados.

De la misma forma, el síndrome de Procusto se aplica en el ámbito laboral en la que el jefe mediocre procede a mutilar a quienes sobresalen para no ser superado por los demás. También incurren en el lecho de Procusto aquel que oculta o maquilla datos que no le convienen y aquel que estira deliberadamente un argumento, hasta casi reventarlo, para justificar lo que necesite.

En general, algunos incurrimos en ese error argumentativo, cuando el mundo contradice nuestros prejuicios y en lugar de cambiar de idea, forzamos aquello que queremos percibir para que entre en nuestros esquemas previos, como apelar a la naturaleza, o a la biología para explicar una construcción social que desconocemos o rechazamos. Por ejemplo, los distintos casos que involucran el respeto a la diversidad sexual y el reconocimiento de sus derechos. Cerramos los ojos y justificamos a priori la idea preconcebida con la cual nos casamos.

Todo conjunto de ideas convertido en dogma nos convierte en un nuevo Procusto. También se aplica este hecho para explicar la tensión que padece un individuo cuando dos ideas entran en conflicto, lo que lo lleva a construir creencias nuevas para reducir la contradicción. Por ejemplo, cuando deseamos algo que no podemos obtener y terminamos criticándolo o quitándole valor. Esto surge porque los individuos tienen la necesidad de asegurarse de que sus creencias o ideas son coherentes entre sí, aunque para lograrlo recurran al autoengaño. Es decir, como Procusto, proceden a cortar o estirar arbitrariamente sus propias ideas, según convenga, para reducir la ansiedad que les produce la contradicción o inconsistencia. En psicología, esto se conoce como disonancia cognitiva.

Los Procustos, son sin duda seres muy comunes en todos los niveles, sobre todo si tienen cierto poder. Desde el agente de tránsito mencionado en estas líneas, hasta un jefe cualquiera que decide hacerle la vida imposible a los empleados que considera que le hacen sombra, como el personaje del mito, cortan la cabeza o los pies de quien sobresale.

Podemos reconocer a quienes padecen de ese síndrome porque rechazan a las ideas nuevas, desacreditan a los millennials, o a todo aquel que piense diferente y le temen al cambio. Por ello, limitan las capacidades, la creatividad, la iniciativa y/o las ideas de sus subordinados o compañeros para que no evidencien sus propias carencias. Deforman, ocultan, interpretan o transmiten la información a conveniencia. Lo que tienen no necesariamente es algo personal contra alguien específico, sino una incapacidad de adecuar su entendimiento a la realidad.

Conociendo un poco a Sor Juana, pienso que bien podría haber tenido en mente a Procusto cuando denuncia a aquellos hombres necios que acusáis…

@vasconceliana