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¿Prosperidad sin transformación?

Carlos López Torres

El maestro Carlos Marx sigue ganando batallas, aunque su detractores de siempre prefieren callar sobre la certeza de sus análisis sobre el capitalismo en estos tiempos de crisis global de permanente y largo alcance, cuyos afectados, sin duda alguna, serán los países como el nuestro con dramáticas expresiones de desigualdad, empobrecimiento, injusticias y corrupción.

Y es que las cosas van de mal en peor, al decir de los expertos y funcionarios financieros de los organismos internacionales, quienes han pasado del optimismo moderado de hace algunos meses hacia un pesimismo no declarado, sobre el fantasma de la prolongación de la crisis económico-financiera y el descrédito de las políticas antisociales de los gobiernos neoliberales que sólo generan conflictos.

La expresión de dominación de los grandes, de los que cada vez se llevan la tajada mayor del producto del trabajo de millones de mexicanos, mientras una inmensa mayoría padece todo tipo de carencias, toma forma y fondo, como dijera el maestro Jesús Reyes Heroles, de manera muy peculiar en cada país, y se refleja precisamente en la apropiación y el reparto de esa riqueza en cada país.

Derivado de la baja del petróleo, empresa a punto de perecer merced a la incapacidad, la voracidad y corrupción de los funcionarios que supuestamente estarían para administrar la riqueza de la otrora boyante empresa paraestatal; así como la devaluación del peso frente al dólar y la contracción del mercado interno, etcétera, ha obligado al gobierno central y centralista a tomar la decisión de reducir el gasto público en casi todos los rubros, incluyendo la vivienda, la salud y la educación; haciendo palidecer y titubear a los dependientes gobernadores cuyo derroche, para colmo, ha retrasado a las entidades.

Sin embargo, la tradicional forma de ejercicio del poder en nuestro país, cuyo reflejo en el fondo tiene que ver con el gran desprecio con que son tratados y manipulados los gobernados, también ha entrado en serias dificultades como lo expresa la desconfianza que siente la inmensa mayoría por los gobernantes y las otrora sacrosantas instituciones, tan debilitadas hoy.

El tardío crecimiento de San Luis Potosí, cuyos efectos en el desarrollo apenas son perceptibles dada la imperfección existente en su economía, en el acrecentamiento y la mejoría en la calidad de vida de la mayoría de los pobladores, no permiten avizorar a corto o mediano plazo una prosperidad generalizada de la población, a partir de la dependencia económica-financiera del centro, por más que los discursos traten de ser esperanzadores.

La infraestructura básica con que cuenta nuestra entidad, por debajo de la media nacional como lo reconoce el secretario de la Seduvop, Leopoldo Stevens, con carencia de vivienda, falta de pavimentación, red hidráulica, drenaje colapsado como en la capital y fugas de agua hasta de 35 por ciento, carencia de caminos y carreteras, muchos de los existentes prácticamente destrozados, dan cuenta de la omisión, negligencia y corrupción imperante en los sucesivos gobiernos de la entidad.

Por supuesto, la transformación necesaria de nuestro solar no se dará sin la participación de la sociedad, por más que el paternalismo y la dádiva se mantengan. La recolección de basura, la mejora del deteriorado medio ambiente, la mejoría en serio de la actual inseguridad, de la salud de las y los potosinos, así como de la educación rezagada, entre otras cosas, requieren formas de participación colectivas, imaginativas, creativas y novedosas.