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Puta al mejor postor

Óscar G. Chávez

A Sergio Sánchez-Santamaría @76Grabador
por su arte, su subversión y su entrañable amistad.

E l 13 de julio de 1964 David Alfaro Siqueiros abandonaba el palacio negro de Lecumberri, prisión a la que había ingresado el 9 de agosto de 1960. En mayo de 1962, como fin a un prorrogado y mefítico proceso que duró más de veinte meses, fue sentenciado a ocho años de prisión  acusado de disolución social, delito creado ex profeso para él y Filomeno Mata (hijo). El trasfondo era el apoyo incondicional brindado a los ferrocarrileros, a su líder Demetrio Vallejo y por consiguiente el enfrentamiento radical al régimen lópezmateista.

La injusticia empleada por el aparato mexicano contra el talentoso muralista y antiguo miembro de las Brigadas Internacionales en la guerra civil española, generó un profundo repudio en la comunidad intelectual en diversos países. Los artistas de izquierdas organizaron exposiciones y conferencias en homenaje al preso político, y en lugares tan distantes como Argentina, Juan Carlos Castagnino lanzaba furibundas diatribas contra la represora justicia mexicana.

En México, Heberto Castillo y José Revueltas –comunistas del viejo cuño–, protestaban por su encarcelamiento; el ex presidente Cárdenas lo visitó en la celda de la ignominia donde sólo encontraba catarsis en su arte. México está contigo prisionero, dijo el gran Neruda al alejarse de Siqueiros con la luz de enero.

Julio Scherer García, el biógrafo y asiduo visitante a su celda, narra fragmentos de la estancia del artista en algunos de sus libros; uniformado con el paño azul oscuro del reglamento y una gorra que empezaba y terminaba en pico […] Vehemente, retador, Siqueiros se burlaba del Presidente de la República… y del Presidente de la Suprema Corte de Justicia […] A los dos los tenía por cobardes.

El 19 de abril de 1964 pedía a López Mateos que encuentre la mejor manera que yo pueda reiniciar mi tarea en el menor tiempo posible. El indulto llegó; el artista continuó su obra.

Scherer –joven e idealista– de manera acre y violenta cuestionó su transigencia: le reclamé la traición a su carácter, a un modo imbatible de ser […] Y ahora le pedía indulgencia al poder que despreciaba. […] –Pidió perdón, usted. Don David. […] Usted, don David, sin avisarle a nadie. / –¡Cállese, le digo!/  –Fue un paso en falso. No tenía derecho. / –Usted no resistiría un día en la cárcel. A la hora de estar aquí ya estaría lamiéndole [sic] las botas a los mayores de las crujías. / –O antes de la hora, don David, y no las botas sino los güevos. Pero yo nunca reclamé un pedestal para mí. Usted, sí. Se chingó, don David.

El actuar del viejo pintor es comprensible, deseaba alcanzar la libertad; hubo de claudicar entonces a sus acciones frente al poder, mostró el lado frágil del individuo frente al aislamiento, anhelaba pintar el cielo de un extremo a otro y pintaba pedazos de cielo en una celda como caja de zapatos. Quedó enterrado –en su vida– el huelguista de la Academia de San Carlos; el revolucionario que alcanzó el grado de coronel; el miliciano de la república en la guerra civil española; el artífice material de uno de atentados contra Ortiz Rubio y contra Trotsky; el combativo comunista de ideas y actuares radicales; el Coronelazo. Falleció casi diez años después, el 6 de enero de 1974, y con él un sector de la izquierda idealista y belicosa que logró convulsionar al sistema mexicano por varios sexenios. El escritor José Revueltas le seguiría en 1976 y el ingeniero Heberto Castillo en 1997. Hombres de convicciones.

Cuarenta años después la izquierda mexicana se encuentra lejos de poder contar hombres como aquellos entre sus militantes. Su creciente número de hordas –tribus dicen los especialistas–; los escándalos generados por sus miembros; sus vínculos con el crimen organizado; la progresiva ausencia de líderes con ideales y la viciada elección de seres gansteriles para sustituirlos y ocupar sus dirigencias, más la intolerancia radical generada en sus entrañas y vertida violentamente contra sus oponentes –léase Ayotzinapa–, son puntos de elemental reflexión que harían suponer que el voto por alguno de sus miembros como candidatos a algún cargo de elección popular, no constituye una opción sana para la ciudadanía. No en San Luis Potosí.

Una expectativa congruente para la democracia potosina no lo es el Partido de la Revolución Democrática; no desde que se abrió la puerta trasera a los dos Ricardo Gallardo –por la misma que salió Zamora– quienes tras apoderarse de ese partido pretenden ahora realizar su libre tránsito por la puerta grande, en medio de grupos porriles que los adulen. La misma toma de protesta de su nueva dirigente –peón– es un presagio de lo que ocurrirá con este partido en los próximos años: todo con la venia y gracia de los Gallardo.

Ambición y megalomanía sin límites –caricatura de populismo echeverrista– son las principales características de este grupo familiar que impulsado por el canto de las sirenas y por su estulticia inconmensurable, pretende asegurar su trascendencia a partir del envite de un partido desideologizado, cuya única postura clara es la ambición desmedida por el respaldo financiero de esa familia, o por cualquiera otra que les pueda llenar los bolsillos.

Es claro que pese a su militancia, carecen de elemental conocimiento sobre las bases de un verdadero partido de izquierda; no han hecho otra cosa que evidenciar su recóndito desprecio por los procesos democráticos. Intolerantes a la crítica, atacan enfebrecidos cualquiera cuestionamiento razonado; la miseria política e intelectual en que se hallan inmersos no les permite inferir adecuadamente; su cerebro obseso por el poder, no admite que aunque pueden apropiarse de ese partido, jamás lo harán de la conciencia y voto de los hombres de principios. No alcanzarán la presidencia municipal de la capital, menos a la gubernatura.

Deplorable, sin embargo en una realidad muy cercana, resultaría la alianza de cualquier partido con estos cíbolos que han hecho de Soledad su trampolín; costos políticos muy altos resultarían de estas alianzas, ya que ante la imposibilidad –según decir de los otros partidos– de postularlos como candidatos directos a alcaldía o gubernatura; las cuotas de servidores públicos por ellos impuestos, se hallarían pletóricas de corruptos funcionarios mangoneados a su contentillo. Esa es la revolución democrática que pregonan.

Hoy sin ningún respaldo político e ideológico, el PRD en San Luis Potosí –a semejanza de la imagen del su líder moral, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que recientemente experimentó el repudio social–, no proyecta ningún respeto para la ciudadanía. Se encuentra en manos de una nefasta mafia familiar; acabó en el hipotético actuar de Scherer en las crujías. Es una puta que le abrió las piernas al mejor postor.

#RescatemosPuebla151

JSL
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