Tigres, campeón
26 mayo, 2019
Manuel Velasco, al acecho
27 mayo, 2019

Luis Ricardo Guerrero Romero

Entre las frases más usadas por la mujer que ahora pienso, era: ¡qué demonios! Entre sus labios una armonía se sostenía al hablar, pero al verla desconcertada siempre había un demonio poseyéndola de a poco. Me gustaba verla sonreír entre los demás comensales mientras ocultaba con esgrima la mirada y no era descubierto por sus ojos. No fui revelado por nadie, la angustia parió mi nombre. Eran los demonios los que con ahínco la alentaban, eran ellos y nadie más. Puesto que, a fuerza de nombrarlos casi éstos se enamoraron de ella. Demonios, ocurrentes maleficios transeúntes.

Los primeros magos los atraparon, los pobladores se acobardaron, y los dioses, los dioses los imitaron. Hay demonios en la casa, en los trabajos, en las relaciones humanas, hay demonios, y ella es uno de ellos.

Un sustantivo temible, por algunos inatacable. Las costumbres nos piden no mencionarlos, pero las personas de poca monta, nos incitan a aludirlos. ¡Demonios, demonios, demonios!, la palabra que inicia con delta (Δ) un triángulo misterioso, esotérico, espiritual. Habrá que entrenar su pronunciación para luego acompañarnos de ellos, habrá que evocar a los demonios y ahora nosotros poseerlos. Un poco la ley de la atracción.

No obstante repensar en el demonio implica un par de cosas, el demonio no es nada malo, la maldad es un invento del sistema para darle fuerza al bien. Desde la antigüedad reconocemos que Sócrates apostó a la eudaimonía para la felicidad humana. La palabra demonio nos fue heredada desde la lengua griega: δαιμων (demonio), pero su sentido se trocó con el cristianismo, pues antes de ser percibidos por el sistema era loable tener cada uno su demonio.

Una extraña traducción mezcló δαιμων con Δειμος (Deimos) pues esta última significa terror personificado. De tal suerte que, la voz demonio de volcó algo malo.

Para llegar a nuestro escenario lingüístico el demonio viajó por Grecia y Roma, siendo este último espacio quien lo presentaría como dæmonicus, el demonio, ya sea bueno o malo.

El demonio no tiene que ver con Satán, pero sí con quien divide, pero sí con quien divide con poder. Las expresiones con el demonio que se emplean en nuestras vidas cotidianas son varias y peligrosas: me lleva el demonio; con un demonio; qué demonios ocurre; ese baile fue demoniaco, que algo tiene que ver con el amoniaco. El demonio está en nuestra lengua, quizá más de trescientas treinta y tres veces.