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¿Qué esperanza nos cobija?

Carlos López Torres

N o es que uno le apueste al pesimismo, pero los antecedentes inmediatos del pasado año no dan margen para un optimismo como el que la clase política pretende crear a base de publicidad.

Los hechos y el reconocimiento allende nuestras fronteras de que los males que nos aquejan no son sólo coyunturales –y que el desempeño de los gobernantes y sus cohabitantes partidistas es cada vez más errático, ineficiente e ineficaz–, no sólo nos ha colocado en la mira de la opinión pública mundial, sino que abiertamente se nos señala como un país cada vez más riesgoso.

Al reconocimiento de que somos un país peligroso para las mujeres, para los niños, para los jóvenes, para los periodistas, para los estudiantes y los maestros, se ha venido a sumar el que somos un territorio peligroso para los emigrantes y últimamente para quienes ejercen el sacerdocio. En fin, pareciera que al correr del tiempo todo México y todos sus habitantes estamos en grave riesgo.

Por si ello no fuera suficiente, la baja del precio del barril de petróleo –sostén principal del gasto público–, así como la caída incesante del peso frente al dólar, amenazan con posponer aún más la tan cacareada mejora económica y la bondad de las reformas estructurales.

Sorprendidos por el creciente rechazo popular a las elecciones, los funcionarios de todos los niveles y de todos los partidos, incluyendo los encargados de organizar los procesos comiciales, no encuentran respuesta convincente al proceso deslegitimador ganado a pulso por quienes se ostentan como dueños y socios de las debilitadas instituciones.

La descomposición política no es un invento de los disidentes y opositores, es consecuencia de la permanencia de un viejo modelo de ejercicio de poder que se resiste a mudar y se reproduce en todos los institutos políticos, otrora opositores al viejo régimen con el que hoy comparten su intención de permanencia mediante pequeños arreglos cosméticos.

El descrédito de los partidos políticos ha llegado a tal grado, que hace un par de días sorpresivamente un ciudadano me comentó parafraseando un viejo refrán: “no hay mal que por partido no venga”, al momento en que hacía referencia a las luchas intestinas y las rebatingas escenificadas por los militantes de esos institutos, con tal de obtener una candidatura sin propuesta alguna, ya no digamos para los electores, sino para los propios adherentes.

Ahí están los tricolores reproduciendo en lo oscurito los viejos mecanismos de selección de candidatos con el gober a la cabeza, los azulinos copiando los arcaicos vicios que tanto criticaron de sus otrora adversarios priístas, los amarillos empeñados en mantener el dedazo y la dominación familiar en la toma de decisiones, etcétera.

Ciertamente el “sistema” tiene tomada la decisión de que así vote el cinco por ciento, habrá nuevo gobernador, otros diputados y renovación de alcaldes en los 58 municipios de la entidad, y por supuesto, estarían prestos según su visión y prácticas, a condicionar su desempeño administrativo y la realización de obras, a quienes no votaron, es decir, a quienes decidieron no ejercer su derecho a votar, aunque obligaran al pago de impuestos y contribuciones. ¿Habrá otra forma de hacer política?