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¿Que no deben existir las ideologías? 1/2

Juan Ramiro Robledo Ruiz*

P or muchos lados escuchamos que el tiempo de las ideologías concluyó. Que lo importante son las políticas públicas para bien gobernar. Que el radicalismo estorba y la ciudadanía busca el centro.

Que lo importante es servir a la gente desde cualquier espacio.

Que el único modelo de vida razonable es la democracia liberal y que debe cesar la intervención del Estado en la economía.

Esta es la consigna de la derecha empresarial que se ha apoderado prácticamente del Estado mexicano y de muchos gobiernos en el mundo.

Es la treta para diluir las ideas políticas y toda lucha por principios y convicciones.

Esto y más se lanza al justificar la intromisión del gendarme del mundo para abatir o deponer a algún líder que no compagine con los intereses del nuevo orden global, so pretexto del petróleo o el narcotráfico. O acá en casa, para enterrar los compromisos históricos, otrora priístas, con el nacionalismo, la educación, la salud pública y con la clase trabajadora del campo y las ciudades; o para aplicar a rajatabla la ley a quien desordena en la calle, sin importar la razón de su protesta; o para salir de un partido y pasar a otro de ideas antagónicas; o para respaldar a un candidato de origen y praxis exactamente contrarias a quienes pretende representar.

Así, el partido que se decía heredero de la revolución institucional puede postular a candidatos acreditados con el gobierno conservador y el partido de la izquierda moderna puede decir que la modernidad le propone a líderes empresariales, por ejemplo.

Con este apotegma del fin de las ideologías todos caben en cualquier partido y a México lo puede gobernar cualquiera, con tal de que busque “servir a la gente” y aplicar el “Estado de Derecho”.

Ese fin de las ideologías pregonado lo que ha hecho es permitir que las políticas públicas se utilicen para apoyar únicamente a los factores productivos, léase las empresas privadas, con el argumento de que son las que crean empleos y riqueza, pero sin que importe mucho su distribución.

Es un discurso coherente y articulado con el propósito de convertir al Estado en el garante de la economía liberal, lo cual prácticamente se ha conseguido de facto ya en México por la alianza dada entre la clase política gobernante y la empresarial.

¿Pero qué todos estos asertos no tienen finalmente apoyo en una ideología a favor de la economía liberal? ¿Qué el liberalismo no es típicamente una ideología, tanto en su filo filosófico, como político y económico?

No es difícil caer en cuenta de que el objetivo es desaparecer las visiones del Estado benefactor y nacionalista.

Y si no, cuestionemos sobre algunas cosas simples:

¿Cómo se puede postular el bienestar de la gente sosteniendo como principal concepción de Estado un modelo capitalista que depreda las condiciones de vida de los trabajadores; que paga salarios ínfimos y regatea los derechos laborales; que protege más la intermediación comercial que la producción del campo, que permite acaparar alimentos y medicinas mediante prácticas monopólicas; que antepone a todo la recaudación fiscal e impone altos precios a los servicios y bienes públicos?

¿Cómo se puede ventilar el discurso nacionalista y permitir sin condición la inversión extranjera que daña el medio ambiente, exenta los tributos y se lleva la ganancia a sus países?

¿La ideología del nacionalismo, es en verdad cosa del pasado? ¿Por eso debemos aceptar como un avance las cadenas comerciales que han desplazado a tantísimos micro comerciantes mexicanos? ¿Alguien puede decir con razón que los camioneros y los ferrocarriles norteamericanos nos están haciendo un favor?

¿Los bancos vendidos por debajo de su valor a extranjeros, que obtienen aquí mayores ganancias que en sus matrices, por qué no tienen en México ningún control? ¿Por qué el gobierno permite que nos esquilmen y maltraten?

¿Cómo se puede servir a la gente congelando los salarios mexicanos? “El pretexto del control de la inflación y del anclaje del salario mínimo a muchos otros indicadores económicos, no se podía deshacer fácilmente desde hace décadas? ¿No han sido ardides para crecer las utilidades del capital?

¿Hay que abdicar de las ideas políticas y justificar la privatización de la educación y de la salud en aras de solventar las finanzas públicas, sin reparar en la capacidad económica de la mayoría de la población?

¿Las nuevas petroleras que vendrán pronto a vendernos combustibles a precios internacionales, van a pagar impuestos y salarios equivalentes?

¿La ideología debe hacerse entonces a un lado para dar paso al aprovechamiento mercantil de la riqueza de nuestros hidrocarburos? ¿El nacionalismo no es escrúpulo para afirmar ahora que el petróleo es nuestro, pero únicamente mientras esté en el subsuelo? ¿No son ideas políticas, es decir una ideología, las que fundamentan la reforma energética mexicana?

¿Si las ideologías deben desaparecer, por qué entonces en medio de este mundo de imparciales también deambulan las ideas religiosas como patrones morales de conducta que prohíben y lanzan anatemas? ¿Para la consigna católica sí es permitida la ideología?

* Profesor de Teoría del Estado de la Facultad de Derecho de la UASLP.

JSL
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