Pasividad
24 febrero, 2015
Verdad histórica
24 febrero, 2015

Quien de amarillo se viste…

Óscar G. Chávez

Q uien de amarillo se viste a su belleza se atiene, o de sinvergüenza se pasa, reza el popular refrán cada vez más en desuso, pero que en estas épocas que anteceden a los calores primaverales adquiere fuerte vigencia. Los colores  amarillo y rojo en el calzar y en el vestir no son para todos; su impactante violencia tonal mucho afecta en el ánimo de quienes los perciben; contrastan con el azul por formalismo, refinamiento y mesura. La cuidadosa selección del atuendo personal no es cosa que se defina a la ligera.

A propósito de la reciente entrega de los premios Óscar, de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, viene a la memoria un vestuario utilizado hace veinte años. 27 de marzo de 1995, 254 tarjetas American Express de oro integraban el vestido de la actriz Lizzy Gardiner;  llamativo por su descollante mal gusto, la revista Cosmopolitan fue contundente al invitar a no diseñar su propio vestuario para la alfombra roja.

Hace unos días Scarlett Johansson también atrapó la atención de los críticos de moda al presentarse en un evento de la colección Tom Ford, en Los Ángeles, enfundada en un traje dorado con recubrimientos escamosos; lo inapropiado del modelo fue más que evidente en su nulo lucimiento corporal. Fondo es forma, dijera un apasionado de las metáforas políticas.

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Ejemplos concretos los encontramos en el vestir adaptado a las diversidades cromáticas de las diferentes fuerzas políticas mexicanas. El dinamismo populista de Luis Echeverría supo adaptarse muy bien a las selectas guayaberas de proletaria extracción caribeña: y le llaman guayabera, por su nombre tan sencillo, por llenarse los bolsillos con guayabas cotorreras.

En el siguiente sexenio –de dramatizante histrionismo–, quiso López-Portillo imprimir cierto tinte de refinada mesura al implementar para su guardarropa los suéteres de cuello de tortuga. Sexenios en que la totalidad de los burócratas imitaban hasta los designios en el vestir.

Los ordinarios trajes grises –imagen fiel del periodo– utilizados durante el sexenio de Miguel de la Madrid, fueron el toque común durante la década de los ochenta. Años en los que San Luis Potosí vio desfilar entre su burocracia botines de cierre y coordinados en colores pastel; era el necesario encanto de la moda magisterial.

Luego del desafortunado ajuar jonguitudista, y el austero formalismo de don Florencio, los hombres de sociedad tendieron a imitar los deportivos actuares del atlético tío Polino; las concurrencias a los torneos de tenis, a los que era muy afecto el gobernador, obligaron a equipar los outfits con raquetas y ropa adecuadas para la práctica del deporte blanco. Wingsport incrementó sus ventas y artículos para eventos con gobernador o sin gobernador eran adquiridos en cualquier tienda departamental de prestigio. Era el tiempo en que también los burócratas federales se excedían en esfuerzos corporales y enfundados en blanca ropa deportiva –lo mismo en Chapultepec que en Agualeguas–, empapaban los tricolores logotipos de Solidaridad.

La última década del siglo XX y la primera del XXI, no ofrecieron atenciones mayores en el vestir de presidentes o gobernadores; salvo el peculiar e indefinido estilo de Vicente Fox, timbrado con su imprescindible calzado para matar cucarachas en los rincones, no hubo mayores quebrantos en la etiqueta mexicana. Felipe Calderón quien contrastó por su formalidad y elegancia, no descuidó ni los accesorios adicionales en el vestir: lentes, relojes, mancuernillas y bolígrafos, fueron ejemplo de sobriedad y buen gusto.

No podemos pasar por alto la moda impuesta en el sureste y después retomada por el candidato Enrique Peña Nieto: camisas rojas que pretendieron imprimir un proletario impacto a sus multitudinarios eventos. Sangriento color que al empapar sus actuares, ha sido la rúbrica del sexenio.

Nada qué decir de la imagen en el vestir de los gobernadores Fernando Silva Nieto y Marcelo de los Santos, precisos maniquíes que bien supieron proyectar su figura y la atención de sus subordinados; vanidad y elegancia combinadas con el encanto del poder.   Antes y después, sexenios poco afectos a la atención personal en el vestuario; acaso el vestir del gobernante en turno es un reflejo del estado que guardan las políticas regionales.

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Lejos de las banales atención y crítica a los vestuarios de nuestros políticos, quienes finalmente son vestidos con los ingresos nada modestos que les proporcionan nuestros impuestos; convendría detenerse brevemente en dos casos de la gama cromática que presenta el Revolucionario Institucional en estos momentos previos a las elecciones de 2015.

San Luis Potosí poco perceptivo ha sido al subliminal encanto permanente de los colores políticos, y es que en muchos de sus participantes directos no existe una lealtad plena al color que los define en algún momento. El cambio de directrices ideológicas y partidistas puede ser tan rápido o lento como lo sería el de la vestimenta acorde a la ocasión.

Vienen a colación, a propósito del recuento, el cambio que de rojo a amarillo hicieron en su momento el multifrustrado Elías Dip Ramé y el ahora contundente lopezobradorista Juan Ramiro Robledo. En ambos casos merecen ser recordados por la militancia priísta a ultranza que defendieron hasta el momento de sus respectivas mutaciones partidistas; ambos habían ocupado puestos de primer nivel en la política estatal, y en su momento se sintieron en la antesala del poder. Lejos ya de los antiguos abandonos y defecciones, Dip –como el hijo pródigo del pasaje bíblico– volvió al seno de su revolucionaria e institucional familia; pretendió contender por la gubernatura, y de nueva cuenta –pese a navideñas e intrusivas felicitaciones– se enfrentó al rechazo común. El PRI no perdona agravios, aunque puede olvidarlos temporalmente.

En los dos casos anteriores el rechazo de los correligionarios fue la causa que originó un eventual tránsito al amarillo; color y partido que satisfizo aspiraciones, y que satisfará a cualquiera que le represente cierto capital –político o económico–.

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El caso de Fernando Pérez Espinosa ahora candidato por el PRD a la gubernatura del estado, resulta un ejemplo paradigmático de un militante priísta de toda la vida que resentido por el menoscabo que ese partido hizo de su persona y del capital político formado pacientemente a través de años, decidió cambiar de indumentaria y apostar por la del perredismo.

Para nadie es un secreto que gran parte de las redes políticas trazadas por Pérez Espinosa, descansan en la comunidad árabe potosina, quienes seguramente habrían apostado gran parte de sus capitales a la campaña de Calolo; quien siempre ha refrendado su aprecio y respeto hacia ellos. Relaciones añejas que tienen su origen en la amistad y compadrazgo establecido por su padre, Fernando Pérez González (1927-2013), con Alejandro Abud Kury, padre de Fernando Tatis Abud, director de Relaciones Públicas del Ayuntamiento soledense dirigido por Ricardo Gallardo. Evidente es que él fue el operador político de Pérez Espinosa entre los perredistas.

Posiblemente las alianzas con esta comunidad, fueron las que convirtieron a Pérez Espinosa en un elemento de cuidado para los grupos piístas regenteados desde el centro. Más que un mensaje xenofóbico puede interpretarse como un mensaje de intereses cuya lectura sería el posibilitar un mayor posicionamiento de los grupos políticos tradicionales: suficiente de árabes, ya ganaron mucho –indicaba un discreto libanés–. En este contexto puede ser excluida la patriarcal figura de Antonio Esper, uno de los mentores políticos de Calolo, que aunque destacado miembro de esta comunidad, no representa –por su fortaleza misma– intereses comunes, más que los propios.

Al señalar líneas atrás  que el PRI no perdona agravios, no podemos obviar la forma en que como dirigente del PRI estatal pretendió brincar las trancas de la caballada, y se enfrentó a Fernando Toranzo, al declararse abiertamente aspirante a la gubernatura. Aunque se convirtió en un fuerte operador de la podredumbre oficial en el Congreso, al dejar de lado la disciplina priísta, y no mostrarse atento a los dictados del gobernante en turno, cometió una fuerte afrenta que la vertical estructura estatal no podía pasar por alto. Con todo y las limitantes intelectuales y operativas observadas durante su desempeño como gobernador, Fernando Toranzo no deja de ser el primer priísta del estado, y por tanto corresponde a él inclinar favorable o desfavorablemente la balanza; y aunque posiblemente no tenga voto, si tiene veto; y lo ejerció.

El tránsito del rojo al amarillo por parte de Pérez Espinosa no debió ser una decisión fácil; no fue entrar al guardarropa y reemplazar atuendos. Es de sentido común considerar que puso en balanza andanzas frente a expectativas; y éstas últimas pesaron más. Debió considerar, sin embargo, si realmente valdrá la vergüenza de ser llamado resentido y traidor, al apostar por un partido que no ofrece ninguna opción política real en la capital. Aurelio Gancedo, en una carta que le dirigió el pasado fin de semana, resume el sentir de aversión que tras su decisión le profesan muchos priístas. Fondo es forma.

Pensemos que su tránsito hacia la izquierda logrará dividir gran parte de los votos que iban dirigidos a su anterior partido. Pensemos que su aventura punitiva logrará aterrizar su ideas, y devolverle la cordura una vez que se demuestre que nunca podrá ganar en las urnas. Pensemos –y quizá él también– que el PRI una vez que pasen sus furores electorales le recibirá de nueva cuenta con los brazos abiertos.  Piensa que de amarillo se viste, pero no sabe a qué atenerse.