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Raptar y ser raptado

Luis Ricardo Guerrero Romero

Todavía no se aclara del todo la mente de Umberto, luego de leer algunos libros prohibidos y al estar lejos de la tierra que le dio un nombre.

En las páginas que componen los volúmenes enciclopédicos con los que Umberto solía ilustrarse estaban escritas en distintas hojas, a un modo de ejercicio de memorización las conjugaciones del verbo raptar en el pretérito pluscuamperfecto: yo hubiera raptado, tú hubieras raptado, él hubiera raptado, nosotros hubiéramos raptado, ustedes hubieran raptado, ellos hubieran raptado. Todo lo anterior resultaría normal y pertinente para ese distinguido lingüista de la ciudad de Antofagasta. Después de todo, qué más se puede hacer en un puerto sino es leer.

En uno de los tantos libros escritos por el científico de la lengua, también se advertían las expresiones anotadas a lápiz en imperativo: rapta, rapte, raptemos, rapten. Al parecer, algo al oriundo de la perla del Norte lo mantenía ocupado: la idea del rapto. Con sus amigos chilenos discutía cada que el momento se prestaba para ahondar sobre el tema, pocos en realidad seguían su discurso, pues les era más interesante el Umberto anecdótico que el de carácter mágico y trágico. Lo que pocos pensaban era que con cada rechazo sobre el tema que atrapaba al porteño, se sumaba una intensidad maligna por ejecutar la orden de: ¡rapta! Para él resultaría interesante, asociar los tiempos verbales con las acciones reales, pero la idea de cómo poder conjugar y vivenciar un verbo tan agresivo que hasta por rasgos fónicos sonaba a reptil, con la realidad de llevarlo a cabo, lo tenía afligido.

La última libreta de notas para otro posible libro aún se encuentra en manos de las Fuerzas Especiales de Chile, los Carabineros. Un infiltrado en el caso de la desaparición del doctor Umberto aseguró haber leído en ese cuaderno las notas: yo hubiere raptado, tú hubieres raptado, él hubiere raptado, nosotros hubiéremos raptado, ustedes hubieren raptado, ellos hubieren raptado. Quizá finalmente en un futuro perfecto, el lingüista Umberto se halla o hallare raptado por sí mismo. Pero hasta no dar con su cadáver o con su figura viva (tal como son las palabras) sabremos qué descubrió Umberto y cómo funciona su intención de hacer reales en un presente tangible los verbos que conjugamos.

El caso del doctor Umberto puede resultar algo extraño, pero no más que los otros casos que el mismo Umberto ahora documenta en la estancia de su futuro perfecto. Quizá su suerte habría sido diferente si invocara para sus estudios otro verbo que no sea raptar.

Pero ya que esa fue la elección de tal investigador de la bonita región de Antofagasta, nosotros elegimos divagar sobre ella. De modo sucinto, es posible entender la palabra rapto a partir de la voz helénica ραπτω (rapto), tal palabra, aunque puede parecer un falso cognado a primera vista, su historia nos plantea que no. Puesto que, para los griegos, el hecho de tramar una empresa era rapto, las mismas Moiras, hacían de la vida humana un rapto, pues la idea general de tal expresión es coser. Es decir que la noción de rapto helénico péndula entre la trama y el zurcir. A decir verdad, cuando escribimos, raptamos de nuestros conocimientos o saberes elementos que nos ayuden a dar forma a un texto. El texto es en sí mismo un rapto de miles de conocimientos, que bien estructurados traman algo en el lector: coaptarlo, raptarlo.