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15 enero, 2015
Resaca
15 enero, 2015

Realidades de El Realito

A Guillermo Alfaro por la generosa lectura que le merezco;
porque reconsidere a tiempo y descubra que aún hay locos.

 

S i Dios existe habita en la Sierra Gorda. Comentario de mi compañera de viaje frente a la inmensidad y accidentada magnificencia del paisaje que se desplegaba frente a nuestros ojos. La frase no fue formulada a la ligera, había un trasfondo personal; sin embargo las acepciones conceptuales eran distintas. Tras el volante del vehículo que nos llevaba en ese recorrido, pensé en aquellos hombres del siglo XVIII, campesinos, comerciantes, y soldados ordinarios que temerosos de Dios llegaron a esos lares en busca de espacios para colonizar, donde pudieran tener una vida que en otros sitios no habrían tenido.

Repasé en mis interiores mentales distorsionados por la interpretación de los procesos históricos, los derroteros que debió seguir el coronel José de Escandón en aquella sierra durante la pacificación de la costa del Seno Mexicano. Pretendió servir -y bien sirvió- a ambas majestades; tuvo su recompensa, fue distinguido como caballero de la Orden de Santiago -con cuya capa fue amortajado-, y agraciado con el título de conde, para el que eligió la denominación de Sierra Gorda. Halló su Dios en la Sierra Gorda.

Reflexioné  sobre aquellos misioneros franciscanos de pardos sayales que en la búsqueda de Dios y la transmisión de su palabra, habían logrado llegar a aquellos recónditos vericuetos de la todavía poco conocida geografía novohispana. Pasaron como relámpago los nombres de Junípero Serra, Miguel de la Campa, Juan Crispi, Juan Ramos de Lora, Juan Soriano Guadalupe, José Antonio de Murguía; frailes a los que se debió la construcción de los templos de Bucareli, Concá, Jalpan, Landa, Tancoyol y Tilaco. Hallaron a su Dios en la Sierra Gorda, y construyeron para él habitación; la arquitectura de la fe.

La húmeda y curveante carpeta asfáltica me obligó a concentrarme en el camino, a pesar de la niebla alcancé a distinguir a lo lejos la luz ámbar de una torreta; un vehículo había salido del camino. La obligada disminución de la velocidad me permitió leer el nombre del poblado: Pinal de Amoles. La cuna de otro caudillo de Dios, el general conservador Tomás Méjía; de nuevo la presencia de la divinidad suprema asociada a la Sierra Gorda.

Dios habita en la Sierra Gorda, en efecto; mucho lo reflexioné en ese recorrido y mucho lo he reflexionado con posterioridad. La región como área natural y reserva de la biósfera da habitación a miles de especies animales y vegetales que no se encuentran en otras regiones de México;  qué es la naturaleza sino Dios mismo. Qué es el agua que en ella escurre sino una extensión de la divinidad; el hombre en su origen bíblico emerge del barro; de la primigenia mescolanza entre la arcilla y el agua.

Para los mexicas Tláloc es la encarnación divina del elemento hídrico; luego entonces el agua es el origen de la vida, como tal ha sido representada, y llevada en muchas culturas -entre ella la pame, residente en esa región- a la categoría de la divinidad. Dios ahí habita; negarlo es contra natura.

El hombre mismo, en un intento por domesticar la naturaleza y asemejarse a un dios, ha establecido como premisa fundamental el control de las aguas para lograr el ejercicio de actividades de subsistencia como la agricultura y la ganadería, y desde luego el consumo humano. Así, en esta tarea y buscando abastecer los centros urbanos, ha construido acueductos para llevar el líquido desde puntos distantes; recordemos el acueducto iniciado en la Ciudad de México en 1603, durante el virreinato del marqués de Montesclaros. Tenía su arranque en Chapultepec, seguía hacia la Tlaxpana y terminaba en una fuente situada en lo que hoy sería avenida Hidalgo; andando el tiempo el pueblo le impuso el nombre de fuente de La Mariscala, por encontrarse en las cercanías de la casa de los mariscales de Castilla.

San Luis Potosí no fue ajeno a la necesidad de atraer a la ciudad del vital líquido, durante el virreinato se realizaron algunas obras de factura primitiva para resolverlo; pero es hasta la consumación de la independencia cuando el gobernador Ildefonso Díaz de León y Muñoz (1772-1828), dispone la construcción de un acueducto que derivado de una saca de agua en la Cañada del Lobo lograra conducir el agua de manera permanente a la ciudad. Para tal fin comisionó a Juan Sanabria y Escobar, quien realizó los planos del acueducto, dirigió su construcción, y designó a José María Guerrero y Soloache como diseñador de los puntos de abastecimiento público del acueducto.

Surgieron así las llamadas cajas de agua -porque son dos y no sólo una-, la del Santuario y la de la Merced; esta última considerada por antonomasia como la única. En las cercanías del santuario de Guadalupe, se construyó una fuente circular a la que originalmente se le dio el nombre de la Alcantarilla del Santuario; en ambas, durante décadas se abastecieron los aguadores de la ciudad.

La evolución urbana de la ciudad de San Luis Potosí generó que fueran construidas en diferentes temporalidades una serie de obras que en conjunto con la de la cañada del Lobo, lograron proveer de agua a sus habitantes; a estas debemos agregar los pozos construidos en algunos puntos y que comercializaron su agua llevándola a puntos distantes. Dos generaciones anteriores a la nuestra, todavía se escuchaban los gritos de los aguadores anunciando su agua del pozo del Carmen.

Durante el siglo XX, tres son las obras de contención y abastecimiento que han suministrado agua a la ciudad: la presa de San José, la presa del Peaje, llamada en origen Gonzalo N. Santos y la presa de la cañada del Lobo. Sin embargo el poblamiento y crecimiento anárquico de la ciudad, sumados al descuido en que se encuentran estas obras hidráulicas, han dado como resultado la escasez en el suministro del agua. Común es en la actualidad escuchar de manera frecuente el desabasto del líquido en distintos puntos de la ciudad y sus áreas conurbadas; desafortunadamente esta carestía impera en los núcleos populares de mayor pobreza y necesidad.

A mediados de 2007, durante el sexenio de Felipe Calderón, se elaboró un proyecto en el que se pretendía realizar la construcción de una presa en un antiguo real minero ubicado en el norte del municipio guanajuatense de San Luis de la Paz, en plena Sierra Gorda. El Realito, como se llama el espacio, luego de ser explotado como mineral hasta 1992, quedó en el abandono y su población decreció notablemente; hoy apenas si es notoria la presencia humana. Un letrero bilingüe en inglés y español -obra de algún rotulista popular-, da aviso de la llegada: güelcome to The Realito.

Luego de los estudios de factibilidad, los trabajos iniciaron el primero de noviembre de 2008, con apoyo de recursos federales y del estado de San Luis Potosí, en su mayor parte. La cortina que tiene una longitud de 280 metros y una altura de 90.50 metros, fue realizada en concreto compactado con rodillo, probablemente el desarrollo más importante en la tecnología de presas en los últimos años. Se trata de un concreto de consistencia seca y asiento nulo que se coloca de manera continua […] aumenta los la eficiencia y reduce los costos de construcción sin detrimento del funcionamiento y seguridad de las presas. Se indica en una publicación especializada sobre la obra.

La presa fue inaugurada -vacía-, el nueve de octubre de 2012. La aparente importancia de la obra, fue resaltada por una lujosa edición bibliográfica de bien cuidados textos e imágenes, en la portada apareció la magna obra rebosante -gracias a la magia del foto shop- en agua. Finalmente un coffe table book, que irá a parar a los estantes o escritorios de burócratas que nunca visitarán en sitio y si contiene o no agua, es algo que les tendrá sin cuidado.

La realidad de la presa, fuera de la propaganda oficial es otra. La cortina ya presenta fisuras por las que son notorios los escurrimientos que ya han formado capas de salitre a lo largo de la cortina.

En los inicios de esta semana se habló sobre la inoperancia de la presa y la expectativa retardada de la llegada de líquido a la ciudad. En términos coloquiales no ha abastecido la ciudad, no ha llegado gota alguna de esa real agua; sin embargo los recibos por el abastecimiento de agua que elabora INTERAPAS, llegan puntualmente con el respectivo incremento que se paga por la construcción de la presa. No resultó con cargo al erario, finalmente, sino a la población que no se ha visto beneficiada.

Para algunos especialistas en abastecimiento hídrico, la presa nunca dará los resultados prometidos. A decir de Jacinto Gutiérrez Muniáin, ingeniero geólogo con experiencia en el tema, las soluciones pudieron ser otras que reportarían resultados y beneficios inmediatos a un costo menor que lo que importó la construcción y puesta en funcionamiento de la presa.

Considerando las características geográficas e hidrográficas propias de la región, señala como alternativa viable la recarga del acuífero. Considera que el desierto por definición es un espacio cuyas precipitaciones se dan en un periodo muy corto, pero que alcanzan caudales torrenciales; bajo estos parámetros las precipitaciones del río Santiago en una sola temporada de lluvia podrán generar una mayor cantidad que lo que puede contener El Realito. Así, a partir de estos excedentes y rompiendo el proceso natural de infiltración, se buscaría incrementarlo en áreas de infiltración previamente ubicadas.

De la misma manera propone obras de captación -en espacios de fallas geológicas-, con filtros de roca siolítica, para evitar el paso de aguas contaminadas; y con el aislamiento de las aguas freáticas para llegar al acuífero inferior. En el mismo sentido, otra posibilidad puede ser la extracción de aguas de las fallas geológicas de la Sierra de San Miguelito, ubicada a una altura mayor que la de la ciudad;  lo que permitiría la llegada del agua sin las costosas estaciones de bombeo intermedias, resolviendo su paso a partir de regulación por válvulas. Aquí vale la pena considerar que no son aguas expuestas a la evaporación y el bombeo es más barato.

Otra de las alternativas pertinentes en aquellas zonas, era el uso de los caudales de presas ya establecidas a partir de la compra de derechos de riego; o en el caso de la capital la rehabilitación de las presas de San José, El Peaje y la Cañada del Lobo. Sobre las que se realizarían una serie de obras de limpieza, reforzamiento y construcción de pequeñas cortinas anteriores con un volumen de captación bastante aceptable. En todos los casos la inversión era menor.

Irónico es que la presa, la obra constructiva, arquitectónica y de abastecimiento hidráulico que más presume el gobierno de San Luis Potosí, se encuentre en tierras del estado de Guanajuato; es casi seguro que en un futuro generará problemas políticos, sociales y económicos. Así mientras el gobierno estatal se regodea frente a su presa y los legisladores exigen cuentas sobre su inoperancia, la realidad es que en El Realito no hubo otro afán que el interés de lucimiento de un gobierno. No es más que un proyecto condenado al fracaso, en el que no estará presente la existencia de Dios.

#RescatemosPuebla151