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6 marzo, 2017
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6 marzo, 2017

Luis Ricardo Guerrero Romero

Supimos de lo siguiente luego de que se nos ocurriera visitar la isla Pollepel, en donde antiquísimos hombres de milicia crearon una cápsula del tiempo escondida en el arco del castillo de Bannerman. Dentro de una caja oxidada y remachada se encontraron varios artefactos de navegación y en el fondo de esta, un papel oscuro como de hoja de tabaco con letras en tinta casi imperceptible y la firma de Giovanni da Verrazano (según se dice, el primer explorador del río Hudson). Aquí el contenido descubierto: El temor no me instigará a perderme, aunque vea el paso del tiempo por mi piel, líneas cansadas de relieve constituidas, esperaré, porque el ciclo de la vida sólo espera el minuto que se va y el que viene, todo lo que somos es únicamente tiempo, todo lo que somos en nueve meses, en cuatro ciclos: aparentarse, ser, rehacerse y deshacerse, nada más relativo que un dios tripartito, nada más efímero que un hombre que se deshace, nada y absolutamente nada es lo que nos resta por emprender, repeticiones tautológicas de la historia. No hay destino, negamos la fortuna, cada movimiento es un total pronóstico de lo que estamos siendo, en cada fallo, un diagnóstico alterado, adulterado, colmado de buenas intenciones que del alma salen y en el alma se desgastan. El temor, reo indiscutible de los actos del hombre, una vez más la voluntad fue tan sólo un deseo súbito adolorido. Reo caído que desde el abismo impera sin voz y sin una forma visible, éste es pura conciencia culposa apresada en el interior de quien todavía cree que será salvado sin salvarse, del que aún aspira a eternas realidades en donde no hay nada qué hacer, y nada que sentir para seres inmateriales. El grito más intenso será también reo espiritualizado, aunque nadie lo oiga, y afirme así su no existencia.

Al terminar de leer el escrito anterior sospechamos que aquellos soldados de la isla Pollepel desearon perpetuar el nombre del primer explorador del río Hudson, o bien que algún osado escritor, reo de sus divagaciones, se valió de un castillo real, para argumentar que sus sueños se hacen realidad en un papel, y con un lector casi imperceptible.

Reo, un monosílabo tan culpable como el sentimiento del explorador que se valió del temor para distinguir el no sentido de la vida eterna. Reo, un sustantivo tan breve con una connotación tan perpetua, al enunciar esta palabra un poder vibrante múltiple se apropia de nuestra lengua y alveolos, el sentido más inmediato de este monosílabo es culpable, así también se le denomina aquel que ha cometido un delito y debe pagar. Reo es aquel que está siendo parte culpable de un juicio, en este sentido, todos los días somos reos los unos de los otros; reo de juicios es el chofer del camión, es el yerno del suegro, también reo es el maestro del alumno, en todo lo público se es reo, porque el mundo juzga, homo iudex es lo que somos. El que se diga reo al culpable, tiene una interpretación, y según algunos señalan es debido a la cosa pública: res. Sin embargo, este sustantivo reo, nos avisa sobre alguien que se ha perdido, que ha caído, alguien quebrantado, y tales sentidos los significa la voz griega: ραιω (raio> reo), lo cual no es fuerza de un falso cognado, puesto que el sentido pasivo de esta voz ραιωes naufragar, y ya sabemos todo lo que implicaba naufragar en tiempos memorables –y aún ahora–, el que naufraga está extraviado de sí, o bien destinado al ostracismo por haber cometido un mal. El peor delito del hombre es perderse, si para ser virtuoso es necesario conocerse a sí mismo, para ser vicioso o defectuoso, se requiere perderse, suerte del reo. Reo, en la lengua latina reus significa acusado, el fracaso, y no hay peor fracaso que no conocerse. Digamos, un alma que trasciende a otra vida sin sentir y sin saber nada de sí, porque en la eternidad sólo habita lo eterno y nada más.