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Respeto tu opinión, pero…

María del Pilar Torres Anguiano

Frecuentemente así inician las grandes discusiones. Muchas de ellas terminan en un enorme pleito. Dicen que en las reuniones sociales es mejor evitar hablar de política, religión y sexo. Tal vez esta regla debería aplicar especialmente para las reuniones familiares, pero entonces serían muy aburridas. Para pelearnos están las redes sociales, pero incluso ahí, detrás del anonimato o de la despersonalización que suponen, se da rienda suelta a la violencia argumentativa.

Hace poco escuché la opinión de que la corrección política en las redes sociales se ha vuelto un mecanismo de control similar al que señala Foucault en su obra “Vigilar y castigar”. No le falta razón en el sentido de que, los canales y aparatos de disciplina en toda sociedad, van mutando conforme a la dinámica de la misma. En todas partes nos encontramos jueces de la normalidad. Los tuiteros cumplen hoy esa función. Tanto nosotros, los usuarios comunes de las redes sociales, como los llamados inlfluencers. En efecto, un influencer es una persona que con credibilidad –y sobre todo, con fama– sobre algún tema. Cuenta con una presencia importante en redes sociales, indicada por su número de seguidores y por el número de veces que sus videos o comentarios son compartidos y reproducidos, convirtiéndolos en un potencial vendedor de distintos productos o marcas. Pero no olvidemos que, en la mayoría de los casos, son vendedores. Pienso que Foucault estaría muy interesado al ver que el tejido social-virtual de las redes es una especie de instrumento para la formación del saber que el poder necesita. Sería ingenuo negarlo. Por ejemplo, cada partido político tiene su ejército de ‘bots’ que buscan modificar la percepción de la gente mediante la construcción de tendencias en las redes.

La semana anterior comentábamos que vivimos en la era de la sobre estimulación, en donde las personas hemos desarrollado poca paciencia, poca tolerancia a la frustración y poca capacidad de análisis; lo cual se manifiesta directamente en la pobreza de argumentos y de opiniones que encontramos por ahí. Y sin embargo, todo el mundo tiene una opinión acerca de todo. No hay nada de malo en eso, el inconveniente es confundir opinión con argumento. No es lo mismo.

Para Aristóteles, en su obra Analíticos Posteriores (saludos a Virginia, mi maestra de filosofía de la ciencia) muestra que la episteme y la opinión (doxa, en griego) pueden tener el mismo objeto, e incluso, coincidir en la selección de las mismas propiedades de un mismo objeto, puesto que la diferencia entre la ciencia y la opinión no tiene que ver con el objeto. La diferencia está en que la ciencia conoce como verdad necesaria lo que la opinión establece como un hecho contingente.

La opinión es un conocimiento superficial, parcial, vinculado a la experiencia y percepción. No está exento de ser engañoso o falso. Si está unida al sentido común, a la observación y a la reflexión, se trata de una opinión más autorizada. Por definición, una opinión suele ser acrítica y asistemática. Por lo mismo, contradictoria; es decir, sin ningún problema yo puedo opinar que los toreros son todos unos asesinos, pero estar a favor del aborto. Seguramente conocemos a gente que sostiene que todos somos iguales ante la ley y, al mismo tiempo, opina que los homosexuales no tienen derecho a contraer matrimonio. Tengo una vecina profundamente ofendida por los comentarios racistas de Donald Trump, pero también dice que ya no deberían permitir que entren tantos centroamericanos a nuestro país porque traen delincuencia. La opinión versa sobre las apariencias, sobre la representación, los miedos, las ocurrencias, o bien, sobre las tendencias.

La episteme, en cambio, es el resultado de un razonamiento lógico a través del silogismo. En contraste con el conocimiento cierto que es la episteme, la opinión puede ser cierta en algunos casos, pero falsa en otros. La episteme –o conocimiento– penetra hasta las causas y fundamentos de las cosas: es un conocimiento objetivo, sistemático, organizado de acuerdo con parámetros lógicos y racionales. En pocas palabras, no es el resultado de una mera acumulación de información.

La episteme para Platón representa la forma más cierta de conocimiento, la que asegura un saber verdadero y universal. Esto puede ser obtenido a través del razonamiento (dianoia) o a través de la intuición (noesis), que son complementarios. Una opinión se emite, un razonamiento, se fundamenta.

Aristóteles divide el conocimiento en tres grados: el primero, y más básico, es el conocimiento con sentidos; el segundo escalón es el conocimiento con experiencia; por último está el científico o epistémico, el estudio de las primeras causas y de los principios. A esta ciencia Aristóteles le llama Filosofía.

Una de las habilidades más difíciles de conseguir es escuchar con atención a las personas con las que no coincidimos, y reconocer que dijeron algo valioso. La filosofía personalista define al ser humano como una intersubjetividad dialógica, es decir, un ser capaz de dialogar. Así, la racionalidad humana y la inteligencia implica –muy cierto– ser capaz de construir argumentos, pero también la posibilidad de ser convencido por los argumentos de otro, cuando presenta buenas razones.

Los psicólogos en la actualidad debaten sobre la poca tolerancia a la frustración que tenemos las personas hoy en día, y esto se manifiesta porque de inmediato respondemos a la defensiva frente a la posibilidad de enriquecernos con una idea. Pero la poca tolerancia a la frustración conlleva a la ira y la violencia argumentativa. (Ya que hablamos de epistemología, hace tiempo me pasaron un meme que decía que el deporte favorito de los cibernautas es el salto a la yugular).

Frecuentemente cometemos el error de pensar que cuando alguien desaprueba una de nuestras opiniones, argumentos o ideas, a quien están desaprobando es a nosotros como personas. Tan común es lo anterior como su contraparte: atacar o insultar a la persona en vez del argumento: la clásica falacia ad hominem.

Pero las ideas son imperfectas como nosotros. Las ideas evolucionan, se complementan, se comparan, se evalúan, se sustituyen, se modifican, se perfeccionan. Por lo tanto, también es necesario determinar con quién vale la pena discutir y cuándo es preferible retirarse de una discusión porque no es posible el entendimiento.

Somos adultos, abiertos al diálogo y a la diversidad de opiniones, al argumento reflexivo. Sin embargo, todo esto se me olvidó hace días en una reunión cuando uno de los comensales opinó que “el voto de un ama de casa, desinformada y sin educación superior, no debería valer lo mismo que el de un médico cirujano”. Y más adelante dijo que “¿Quién dijo que la universidad es para todos? Si no puedes pagarla, es que no es para ti. Punto”. Ahí si perdí toda cordura y sinceramente, le respondí con la falacia más ad hominem que pude encontrar.

@vasconceliana