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Revolución e identidades

Óscar G. Chávez

A Patricia, hoy amorosa e indulgente abuela;
por los años ininterrumpidos como madre.

U na de las primeras calles ubicadas dentro del cotidiano andar de mi infancia, por ser uno de los caminos obligados en la ruta a casa de mis abuelos maternos, fue la de Fausto Nieto, antigua de La Matanza [rastro diríamos ahora]. Sus cinco cuadras contantes a partir de su inicio en la calle de Allende, junto a la vecindad Colorada –hoy Aurrera de Reforma–, hasta su tope en la de Pedro Moreno, eran de apacibilidad total; el silencio apenas era roto en intervalos muy considerables, cuando corrían sobre su arroyo vehicular alguno de los camiones urbanos que se dirigían a la periferia de la ciudad. Decían las malas lenguas –las de las buenas personas–, que una mujer que deseara abortar, llevaría a buen término su objetivo, si ascendía como pasajero a aquellos camiones.

La geografía pedestre de aquellos años hoy se encuentra modificada y persiste sólo en recuerdos. La vista panorámica alcanzada sobre los hombros de mi abuelo es inolvidable; sus referencias concretas a sitios precisos han rebasado el tiempo y quedaron almacenadas en algún espacio de la memoria. Así, sin haber pertenecido cronológicamente a su generación de raigambre decimonónica, puedo en ejercicio memorístico hacer mención de los espacios que él me refería; no me es posible, sin embargo, explicar las sensaciones de un párvulo frente a aquella andanada de datos copiosos en vivencias, acumuladas en los recuerdos de aquel a quien también debo mucho de mi naturaleza explosiva.

Quedan en esa calle a modo de testigos una gran cantidad de espacios que, de nueva cuenta cuando transito esporádicamente por ella, generan algún rostro, evocan una razón social, motivan un saludo, hacen aparecer una sonrisa. Allá un depósito de metales, hoy estacionamiento; la casa de los Fierro; la privada de Independencia, antiguo acceso a la huerta de los Mantle; un viejo tendajón de barrio, La Mexicana, inexistente; por aquella esquina la casa de Chon Gómez, hoy avecindado en Xilitla; la casa del músico Rodolfo Mendiolea, ocupada en la actualidad sabrá por quien; la casa del ciego hacedor de ganchos para guardarropa, de ésos que ya no se venden y de los que por fortuna conservo varios; la colchonera San Luis de Luis Gómez, santanderino, y ahora aunque del mismo propietario, está transformada en mueblería; luego La Asturiana, sobre la esquina de la antigua matanza de Guanamé; y en su costado –con la calle de por medio– el cascarón de lo que fueron Gases Industriales de Eichelmann y Puga, luego Infra [contracción comercial de Industrias Franco]. Ve su fin la calle en la intersección con la de Pedro Moreno; ahí inicia la de García Diego, nombre que conserva desde el siglo XVIII, dos largas cuadras más adelante, o cinco, según la acera tomada, las oficinas de La Jornada San Luis.

Por oposición al conocimiento que tuve de la calle, el personaje que generó el nombre me fue desconocido al menos hasta el tercer año de primaria. Las clases de historia de la señorita Rebeca fueron generosas en nombres y la interrogante encontró respuesta: Fausto Nieto, potosino precursor de la revolución mexicana asesinado en Puebla junto con Aquiles Serdán.

Corta, a la par que ausente, es la presencia de Fausto Nieto dentro del panteón patrio potosino; pocas veces se hace alusión a su persona, pareciera que es mucho más trascendente empecinarse en señalar a San Luis Potosí como cuna ideológica de la revolución mexicana. Primero por haber sido sede del primer Congreso Liberal Mexicano; luego por el aporte intelectual de los llamados precursores (Arriaga, Díaz-Soto, Rivera, y Sarabia), cuyas ideas luego constituyeron parte de la espina dorsal de los postulados revolucionarios legitimados por la Constitución de 1917; finalmente por la conveniente leyenda en torno a la elaboración del Plan de San Luis en esta ciudad. Existe incluso, en la geografía oficialista, el lugar preciso donde fue redactado; la firma en Texas, fue sólo un formulismo, afirman doctos y conocedores.

De cualquier forma, el vínculo con el origen de la revolución en torno a San Luis Potosí es indiscutible; la cuota inicial de sangre fue aportada por un potosino la mañana del 18 de noviembre de 1910, en la casa marcada con el número cuatro de la calle de la Portería de Santa Clara, en la ciudad de Puebla. La redada policial ordenada por Mucio Martínez, gobernador de Puebla, al domicilio de la familia Serdán Alatriste, por encontrar suficientes motivos que la vinculaban con el llamado de Madero a la rebelión, fue el motivo de la irrupción; allí fueron muertos mientras defendían a tiros aquel hogar, veinte personajes entre los que se encontraba el potosino Fausto Nieto.

Eduardo Fausto Nieto Meza, nació en el Valle de Santa Isabel del Armadillo –hoy Armadillo de los Infante–, el 13 de octubre de 1889; tercero de cuatro hermanos hijos de Francisco Nieto Sánchez y Margarita Mesa Sánchez. Poco se sabe de su vida, salvo el tiempo que radicó en esta ciudad, en una casa situada a la vera de la antigua Corriente, cerca de la hoy calle de Julián de los Reyes, en la acera poniente. Una placa que pasa desapercibida recuerda el hecho; su muerte incluso pareciera diluirse ante la ausencia de elementos legales que la demuestren. Las actas de defunción contenidas en el Registro Civil Poblano del año 1910, y que se encuentran marcadas con los folios 2384, 2385, 2386, 1387 y 2388, señalan pertenecer a individuos cuyos nombres se desconocen, aunque consignan que perecieron en la refriega de la calle de Santa Clara; entre ellos se encuentra Nieto.

Más compleja de explicar que la olvidada vida de Fausto Nieto, es la carga ideológica que la revolución de 1910 representa en la mayoría de los mexicanos; las simpatías y discordancias estarán presentes en cualquier alusión al tema. Sin embargo el aparato burocrático emanado de ella, bien supo utilizarla para fabricar una ansiada historia que permitiera legitimar su permanencia en el poder. Así año con año nos acostumbramos a escuchar en las clases de historia patria, alabanzas hasta el ditirambo, de personajes gracias a los cuales nuestra patria se había engrandecido, luego de romper con el yugo opresor de la dictadura porfirista; año con año fuimos testigos –al menos en nuestra infancia– de impresionantes desfiles cívicos en los que se recordaba la heroicidad de Madero, Carranza, Obregón, Villa y Zapata; año con año se les mencionaba en los informes gubernamentales, imaginando que la remembranza alejaría del país los males que lo aquejaban. Año con año el aparato gubernamental sin distinción partidista, continuó con la tradición de glorificar a aquellos cuyo nombre y actos, permitieron consolidar un formidable mito que consolidó la permanencia de una autocracia en el poder.

Hoy vale la pena preguntarnos si la pretendida directriz formulada por aquellos personajes, a ciento catorce años de haber iniciado aquella revolución, ha posibilitado el desarrollo positivo de un país que fue devastado por aquel movimiento; y si los postulados que le dieron origen continúan vigentes y son aplicables en la actualidad. Hoy es conveniente analizar si los últimos acontecimientos sociales que ocurren en el país, están señalando el inicio de una revolución de pensamiento y actitud en los mexicanos; recordemos, no sólo por la vía de las armas ocurre un cambio trascendente. Sin embargo, imperan las condiciones que señalan un hartazgo contra un régimen que ha cobrado nuevos bríos y aunque con las mismas formas burdas, pretende presentarse como la encarnación de una fuerza renovadora necesaria para México, cuando en realidad es un régimen criminal y psicópata. No obstante, ha generado el surgimiento de cierta conciencia social derivada de una serie de crímenes indescriptibles y corruptelas inimaginables.

Primo Feliciano Velázquez, periodista e historiógrafo potosino y uno de los principales opositores al régimen porfirista, acotó al recapitular sobre un movimiento con el que había  simpatizado en origen: Muertes, destierros, fieros males… No había por qué aplaudir a esa Revolución. Tampoco, agregamos nosotros, al gobierno que pretendió legitimarse mediante ella.

#RescatemosPuebla151

JSL
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