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Rubén y Javier

Óscar G. Chávez

A quien vio a los periodistas
este domingo llegar y abrazarse.

L amentable desde cualquier óptica es la muerte de un ser humano; lacerante cuando esta se encuentra asociada con la de personajes que se encontraron vinculados en mayor o en menor grado a las exigencias de cambio social necesarias en nuestro entorno, en nuestro país.

El asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril en estos días se convertirá en el tema más socorrido de columnas periodísticas, comentarios de opinólogos, y continuará como tema central en la agenda de los diarios y noticieros. Un miembro de un medio de comunicación de circulación nacional asesinado en conjunto con cuatro mujeres; al menos una de ellas vinculada con activismo social.

Lamentable también resulta que la muerte de este periodista se encuentre vinculada de maneras directa o indirecta a la figura del gobernador de un estado en el que el hoy fallecido se dedicó al ejercicio de su profesión y por el mismo llegó a incomodarlo. Javier Duarte el gobernador incómodo ante la labor de los periodistas que lo han colocado en la mira crítica de la opinión pública.

La muerte de Rubén Espinosa se vincula de manera automática a la serie de asesinatos de periodistas ocurridos en el estado de Veracruz, al parecer el más peligroso en la geografía nacional para el desempeño de los que cuestionan y critican los excesos del gobernante priísta, heredero del imperio de terror y corrupción iniciado por su antecesor Fidel Herrera. Nada más aterrador que un personaje cercano a las esferas políticas gansteriles más altas en el país: el grupo Atlacomulco.

Ningún nexo dentro de estos niveles es aislado, nada es gratuito. Una hija del mencionado Fidel Herrera fue esposa de Juan Armando Hinojosa Cantú –fallecido en un accidente de aviación en julio de 2012–, hijo de Juan Armando Hinojosa Cantú, el empresario de la construcción favorito del sexenio.

Según los dichos de la Procuraduría capitalina el asesinato de Rubén Espinosa es un caso que para nada se relaciona con su labor como fotorreportero en Veracruz y las rabietas generadas a su gobernador; desde luego que nada causa más beneplácito al mismo, que saberse deslindado del execrable crimen.

Sin embargo en el último de los casos, la primera de las interrogantes sería dirigida al mismo gobernador al cuestionarle cuáles fueron las razones que obligaron a Espinosa a dejar su centro de trabajo para irse a refugiar a la Ciudad de México. La respuesta es precisa: el círculo de acoso, presión y violencia que el aparato estatal fue cerrando en torno a Rubén. Supongo que pocos estarán en desacuerdo con la afirmación.

Es por tanto Javier Duarte el primer responsable de la serie de hechos ocurridos en torno al periodista y que encontraron corolario en su asesinato. Nada parece vincular desde las investigaciones policiales al gobierno de Veracruz con la misma, no obstante la opinión pública ya lo ha encasillado dentro de un parámetro difícil de modificar y que lo perseguirá al menos por el resto de su periodo: asesino de periodistas.

Responsable a la par de Duarte y quizá con mayor carga de responsabilidad resulta el Estado mexicano por no saber proteger en su momento a quienes protegidos con ingenuidad en el gremio periodístico no han sabido mantener la distancia con aquellos que por razones inherentes a su encargo, buscan destruir cualquier barrunto que los exhiba dentro de su pantano de putrefacción. Así, la carga de responsabilidades abarca de una manera amplia desde el presidente de la República, legisladores federales y locales, ministros de la Suprema Corte, gobernadores y alcaldes; todos son culpables por igual.

* * * * * *

Complicada es, al menos en este país, la labor de quienes desde las trincheras reporteriles se dedican a perseguir notas que permiten articular reportajes cuyo contenido muestra a la ciudadanía en general el nivel de insolvencia en el que se hallan los primeros actores de la política mexicana. Pareciera que lejos de contar con un sistema ya no digamos benévolo, sino al menos justo y que les otorgue las mínimas garantías para el desempeño de su labor informativa, se encuentra coaligado en todos sus parámetros para actuar en su contra.

De la misma manera pareciera que la muerte de cualquier periodista que ha tenido el valor de cuestionar los actuares de su entorno, local o nacional, tuviera el objetivo de servir como mensaje subliminal al advertir a la sociedad mexicana en general, que es lo que puede ocurrir contra todo aquel que genere incomodidad para nuestro nauseabundo sistema político.

Ese es el verdadero trasfondo de la muerte violenta de cualquier periodista, de cualquier disidente, de cualquier líder social, de cualquier activista; los episodios autorizados de tranquilidad que proporciona el Estado mexicano como queriendo demostrar su tolerancia a la crítica; porque qué es el periodismo sino la institucionalización del derecho a la información y a la crítica pública lograda por la ciudadanía a través de los medios de comunicación comprometidos de verdad con su labor social.

Rubén ya no estará más entre los suyos. Javier continuará en el camino de su despótica trayectoria enmarcada en la sangre de sus detractores muertos; podrá decir, podrá decirse dentro de los cauces oficiales que nada tuvo que ver en su muerte. Todos lo sabemos, todos lo decimos, todos lo señalan: es él quien asesinó a Rubén Espinosa.

Javier se encontrará cubierto de la ignominia, nunca podrá sacudir de su imagen el estigma de asesino que la sociedad mexicana le ha impuesto; Rubén por el contrario pasará a la historia y permanecerá en la memoria de aquellos que hoy lo miran como un referente en la lucha contra un Estado autoritario, corrompido por sus gobernantes.

Rubén, el hombre que captó la imagen de un Javier que se demuestra como el sátrapa de mirada e imagen turbias que llevó la muerte a Veracruz y le otorgó amplia licencia para que allí viviera. Rubén, el hombre, Javier el político. Rubén el periodista, Javier el asesino.