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Saber la identidad

Luis Ricardo Guerrero Romero

Esa noche en que todos los excesos fueron gobernadores de todos y todo, ocurrió una de las sensaciones que ni el más poderoso de los psicotrópicos causó. Tanto tiempo e investigaciones habían pasado para llevar a cabo lo que en una noche de disipación se habría de resolver sólo con la conjugación de cuerpos. Las condiciones eran las más idóneas –aunque por el momento sea yo el menos facultado para hablar de idoneidad–, como todos las vivimos: una casa alejada de la sociedad, conocidos de diferentes lugares del mundo, drogas, drogas y más drogas, música en vivo, comida exótica e insalubre, y mujeres, mujeres, y más mujeres, casi podíamos elegir a cuál ultrajar, a cuál seducir, y a cuál dormir bajo el efecto del cansancio-placer. Ninguno de los caballeros allí presentes decía su nombre real, y a decir verdad, a nadie le importaba el nombre o posición económica, estábamos todos únicamente para burlarnos de la identidad, pues en lo que menos pensábamos era en saber la identidad de cada uno. Invertíamos el tiempo en descubrir gustos culposos, y deseos concupiscibles, pero jamás la identidad, de eso se encargan las personas que pretenden tener el control sobre otro u otra, y esa noche el control fue eterna ausencia. Aunque debo confesar que a la mañana siguiente cuando me encontré junto a cuerpos desnudos, unos ya cadáveres, y otros apenas reaccionando, la idea de la identidad me atacó en forma de migraña y comencé a decir: –Cómo poder explicar esto de la identidad, sino es con algo idéntico a lo que estoy pensando, sin embargo, al estar plasmando esta temible explicación después de una noche de psicosis voluntaria, quizá, ya no sea idéntica a lo que había estructurado.

Diré por ejemplo que la identidad presentada en el texto: Las  máscaras de la hipocresía de Rodolfo Usigli (que retomó Bartra en Anatomía del mexicano), donde se presenta una narratología de la identidad del mexicano, es decir, que aquí se entiende anatomía como identidad aquello que le brinda personalidad al mexicano, en este sentido: la hipocresía –expresándolo de modo sucinto–. Pero al hablar de identidad no es posible hacer comparación de lo uno con lo otro, o más bien, de lo uno con el uno. Al enunciar que existe identidad en algún contexto se habla de dos cosas no son dos cosas sino una, de lo contrario serían no idénticas. Entre el hombre y la mujer no hay identidad, únicamente entre el hombre con hombre y mujer contra mujer. Inclusive no coexiste igualdad jamás, para que entre el hombre y la mujer concurra la igualdad habría que pensar en la identidad.

Denoto que cada quien toma un papel circunstancial e importante en el mapa del mundo. Ahora en cuanto a la forma del decir identidad, es propia del latín: identitas, que puede ser observada desde la palabra idem, Vr.g: Semper idem vultus. De regreso a la identidad, es aún más lógico comprenderlo desde el fondo de la cartera, allí donde se ubica como nido de identidades tarjetas o credenciales que evidentemente habrá las que tengan burilado nuestro nombre o fotografía idéntica a las del propietario.

Mi abuela estaba equivocada cuando respondía a la pregunta ¿qué horas son? –Las mismas (idénticas) de ayer. Y yo estoy equivocado si pretendo ser idéntico a todos estos hombres y mujeres que ayer por la noche sugirieron para mi realidad una idéntica a la de ellos, aunque me pareció muy interesante explorar tantos cuerpos en una noche, mi identidad no la revelaré y les daré su paga a cada uno de mis invitados nocturnos.