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Saludar con tu cuerpo

Luis Ricardo Guerrero Romero

Aremy era su nombre, muchos que la conocieron no cesaban de hablar acerca ella, tal vez era por su profunda mirada que trasportaba a lugares inimaginables, o eran sus labios que de un modo sublime reflejaban la bondad y pureza que puede tener la sensualidad de una mujer. Hubo quienes afirmaron –quizá de modo exagerado–, que al saludarla una emoción de paz y erotismo viajaba por cada espacio del cuerpo, es decir que, esta mujer hacía vibrar a sus conocidos únicamente saludándolos. Ella, desconocía todo lo que se rumoraba sobre su belleza y nunca llegó a pensar que ocasionaba en sus amigos y pretendientes tal conmoción corpórea. Pero como era de esperarse a una mujer con tal éxito entre los hombres le auguraban pésima fortuna entre algunas mujeres que envidiaban cada cabello y cada sonrisa que manifestaba a los demás, aunque no por eso Aremy dejó de tener muy buenas amistades entre sus pares –otras fisioterapeutas– que antes de molestarse por su inigualable éxito con los hombres, se sentían halagadas de que a su amiga y compañera le fuera tan bien. Ahora bien, toda esta historia se publica desde aquel año en que por la tarde Aremy desapareció, borró su existencia de esta tierra, y jamás supieron de ella, sus más allegados amigos lamentaban su ausencia, pero no se les notaba en el rostro ninguna preocupación, y en las mujeres rivales, no había más que gestos de indiferencia, de todos los que la llegaron a conocer no más que un hueco en el corazón sin ser menesteroso el abandono de ella en sus vidas. Obviamente, los pocos familiares que le restaban en esta localidad, negaban información a quien sea, y a todos los que preguntaban sobre el paradero de Aremy, les obsequiaban alguna prenda de ella y sonreían saludando con amabilidad. Hasta hoy es un caso curioso, porque no hay reclamos, tristezas, consternaciones, u otro signo que indicase que algo malo le pasó a quien encarnó la lindeza. Por tales razones comenzaron a propalar leyendas sobre ella: que era un prototipo de un ángel, que nunca existió y sólo fue un sueño, que cuando la mañana nace se le podía ver al voltear al horizonte, que al cerrar los ojos y saludarla un aroma eminente rodeaba el cuerpo, y un sinfín de fantasías que pocos creían y algunos otros dogmatizaron. Lo cierto es que en este momento en que escribo para la divulgación de la vida de Aremy, ella está a mi lado observándome con la paz de su cariño, y a veces sonríe con un beso, y saluda acariciando mis manos.

Saludar, es ciertamente un signo del que podemos hablar a lo largo de muchas páginas, como en el relato anterior en donde únicamente la manera en que Aremy saludaba a los demás desencadenó leyendas. Pero, a decir verdad, cualquiera puede ser protagonista de una historia si reflexiona en cómo saluda a los demás, ya sea de modo agradable o no, el saludar es un gesto humano del cual podemos hablar. Recordemos nuestra infancia y las mil instrucciones que nos daban para saludar a los familiares, los amigos; a la bandera nacional, y todo eso porque saludar es importante. En Oriente, mucho más que en Occidente, el saludo es una reverencia, suerte de inclinar el corazón hacia quien se saluda, y también signo de reverencia, que nada tiene que ver con someterse. Saludar al otro es tan interesante que dentro de una sociedad donde la desconfianza impera, este gesto brinda la oportunidad de abrazar o besar en la mejilla a una persona desconocida. Saludar es una palabra más oriental que occidental, de la voz hebrea: salem, a la voz helénica: Σαλεμ (salem), que derivó en σαλευω (saleyo> saluey> salut> saluto> saludo). Tal expresión antiquísima significaba agitar o sacudir; asimismo, conmover y sujetar; de tal modo que saludar hasta hoy implica lo mismo, con reverencia o un apretón de manos saludamos deseando paz, pero una paz que simboliza el nuevo sol (al saludar se hace referencia al sol, a la plenitud), el Salem, Jerusalén. Y aunque saludar simboliza un misterio, también el: ¡qué onda güey!, nos resulta sagrado.