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Se dicen liberales pero son lo contrario. Sobre el liberalismo de Andrés Manuel (1)

Federico Anaya-Gallardo

Mi amigo librero anticuario me señaló la importancia de reflexionar acerca de la elección federal mexicana de este 2018. Se me ocurrió contestarle, como Sabina, “con la melancolía que le da la razón a la tristeza”… diciendo que sería tanto como escribir una reseña de la más reciente película de Terminator: Los Connor luchan de nueva cuenta contra la máquina terrible del futuro, vencen momentáneamente, pero Skynet sigue allí y gana como siempre la partida final. En fin, Sabina impera: seamos como las “aves de paso, como pañuelos cura-fracasos”, tatuémonos el corazón con tinta china con un “peor para el sol”, y reflexionemos sobre esta elección.

En el último mes hemos visto intensos fuegos de artificio electoral y como siempre en esos juegos hay más humo que chispas. Pero en medio de todo sobresale un tema relevante, brillante : ¿Es Andrés Manuel un liberal?

Sobre este particular, los fuegos iniciaron sin mucho vigor, con la muy mediocre crítica de Jesús Silva-Herzog III en “AMLO 3.0” (Reforma, 5 de febrero). Nuestro Académico de la Lengua reñía al precandidato de Morena por haber pasado del extremo del sectarismo al extremo del oportunismo –lo que se hizo siguiendo la política de alianzas amplísima acordada el año pasado por el partido (detalle este último omitido, por supuesto, por JSH-III). López Obrador contestó en twitter el mismo día: “Hace tiempo que Jesús Silva-Herzog Márquez me cuestiona con conjeturas de toda índole. Hoy, en el periódico Reforma, me acusa sin motivo de oportunista. Ni modo, son tiempos de enfrentar a la mafia del poder, a sus secuaces y articulistas conservadores con apariencia de liberales”.

Notemos que fue Andrés Manuel quien realmente elevó el nivel del debate, porque JSH-III tan sólo había malmirado el salto del sectarismo al oportunismo. De hecho, en su blog personal (www.andaryver.mx), uno de sus lectores (“Manuel”) dejó en sección de comentarios a ese artículo lo siguiente: “Malo si lo haces, malo si no lo haces…, Barth Simpson”. Contundente. Aunque muchos criticaron al candidato de Morena por morder de nuevo el anzuelo de la provocación y de autosabotearse por dejarse llevar por la furia (esa ira breve), yo veo muy positivo que su tweet haya cerrado con una denuncia contra los conservadores con apariencia de liberales. Este es un paso adelante en el debate. Luz en medio de las chispas del artificio.

Diez días más tarde, el 15/16 de febrero, Enrique Krauze entró al ruedo desde las páginas de El País (Madrid) con su artículo “¿López Obrador, liberal?”, aclarando que lo hacía desde allí porque Andrés Manuel no le había contestado –durante el combate de tweets de la semana previa– respecto de encontrar un espacio para debatir la opinión del precandidato sobre conservadores y liberales. Para demostrar sus credenciales liberales, Krauze se refirió a su ya icónico “El Mesías Tropical” (LetrasLibres, Junio 2006) en el cual, subrayó, “ni el sustantivo ni el adjetivo eran insultantes”; porque “el liberalismo no es una doctrina, es una actitud. Su valor central es el respeto al otro”.

Quisiera aportar un detalle acerca de las “actitudes liberales”, pues en lo pequeño se ejemplifica lo mayor. En junio de 2006 envié una reflexión a la sección de comentarios que LetrasLibres abrió para el ensayo “El Mesías Tropical”. Mi texto aportaba datos concretos que contradecían argumentos e informaciones usadas por Krauze en contra de Andrés Manuel. Mi información provenía de mi experiencia como funcionario de la secretaría estadual de desarrollo social en el GDF. Mi comentario, mandado en los primeros días de junio, no se publicó junto con los demás comentarios de esos días. Al checar vía telefónica con Álvaro Enrigue si mi texto había efectivamente llegado al buzón electrónico de la revista, me confirmó que sí, que era muy interesante y que Krauze se lo había llevado en un viaje –al paracer, a España. Mi comentario se cargó en la página de la revista hasta noviembre de 2006; cuando ya el tribunal electoral había cerrado el capítulo de la elección e impuesto a Calderón. Hechos son amores, no bonitas razones… Se vale hacer campaña a favor o en contra –pero no con “modos anti-liberales” que impiden el debate de argumentos eliminando los que no nos convienen. (Y no es que mis opiniones valiesen o valgan mucho, pero lo cierto es que no se les dejó jugar libremente en el espacio de comentarios de nuestro “liberal” editor Krauze.)

Algo más sobre las actitudes, desde la ultratumba liberal. El gran historiador inglés del siglo XIX, Thomas B. Macaulay advertía, al estudiar la administración pública de su país, en contra del mal uso de los juicios morales. En su época –igual que hoy– no faltaba quién defendiera a un pésimo gobernante subrayando su “intachable” conducta personal o cuán amoroso era como padre de familia. Macaulay, siguiendo las enseñanzas del utilitarista Bentham, exigía juzgar a gobernantes o políticos por su eficiencia práctica y no por sus “actitudes”. Macaulay sabía que un buen liberal debía estar permanentemente en guardia contra la reaparición de la superstition of the ages, del “principio de conservación” que “opera cuando la mente reflexiva descansa”. El inglés advertía contra el constante resurgir de actitudes “de prelado de la iglesia medieval” que habían sido vencidas por los Isabelinos y los Whig en Inglaterra. El prelado arquetípico de Macaulay era “calmoso y sutil”; “entrenado en las Escuelas para manipular las palabras y en el Confesionario para manipular los corazones”; un hombre que “oficia con la supertición de los otros”; y quien está “más encariñado con su orden que con su país”. (Sigo en esto la descripción de Robert E. Sullivan en su Macaulay: The Tragedy of Power, Londres, 2009.)

Krauze encarna muy bien al prelado medieval de Macaulay. Afirma, sin probarlo, que el programa de López Obrador es muy afín al populismo de Echeverría y López Portillo. Y, cómo él se opuso a esos presidentes imperiales y denunció la dictadura perfecta de esos años, entonces tiene derecho a lanzar el anatema contra el “populista relapso” y desde su púlpito le exige, por ejemplo, que recite su oposición a Maduro y a la Venezuela bolivariana –cual si de abjurar a Satán se tratara. Y desde la misma tonada moral descalifica al obradorismo por sembrar odio y empeñarse en dividir lo que nos pertenece a todos, nuestro México. Hasta aquí, mal ejemplo de una actitud liberal.

JSL
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