Para fin de año abrirán más áreas de la avenida Muñoz, adelanta Cándido
30 Diciembre, 2014
Desde hace seis meses, apagones en el mercado Hidalgo, denuncian locatarios
30 Diciembre, 2014

“Se gasta lo que se debe, aunque se deba lo que se gaste”

Óscar G. Chávez

A Juan Alfonso Orero, por sus sólidos cimientos de antaño;
por su pasión por la historia española.

A penas 26 días antes había aceptado la corona de España y ese día, tan pronto desembarcó en Cartagena, hizo dirigir su carruaje a la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, en Madrid, para presentar sus respetos al cadáver y a la familia del hombre quien había posibilitado su asunción al trono.

Bien supo el pintor Antonio Gisbert Pérez retratar la escena: el recién electo rey de España parecía meditar frente al cadáver del artífice de la coalición gubernamental que logró 191 votos a su favor en las Cortes; al lado derecho del monarca, un grupo de eclesiásticos, y tras de él, también de frente al catafalco, varios militares entre los que destaca el general Francisco Serrano, regente del país.

Luego de permanecer unos instantes frente a la capilla ardiente; Amadeo I de Saboya, el rey caballero, se dirigió a la viuda del ex presidente del Consejo de Ministros de España, a quien aseguró que no economizaría empeños hasta dar con los asesinos de su esposo, a lo que la viuda respondió: Pues no tendrá Vuestra Majestad que buscar mucho a su alrededor.

Era la tarde del 30 de diciembre de 1870; la muerte de Juan Prim i Prats, conde de Reus y marqués de los Castillejos, era también la muerte del efímero reinado de Amadeo I, el electo. La jaula de locos, que era la corte española en aquellos años, no permitió un reinado estable, al que se deben agregar la tercera guerra carlista y los dos años que –hasta ese momento– se soportaban de la insurrección cubana. El 11 de febrero de 1873, durante estancia en el tradicional Café de don José Manuel Fornos, le fue notificada su “abdicación” y allí mismo –dicen que mientras bebía una grappa–, comenzó a meditar la redacción de su renuncia.

Supe de la existencia del general Prim, durante mi tercer año de primaria; las clases de historia de México, abundantes en fechas, personajes y datos, habían ubicado al personaje como un amigo de México, partícipe de la causa republicana que encabezaba el gobierno del presidente Benito Juárez.

En efecto el 19 de febrero de 1862, como representante de la llamada triple alianza, integrada por España, Francia e Inglaterra, países que exigían al gobierno mexicano el pago de adeudos contraídos con anterioridad, optó por desistir de la invasión militar que las potencias europeas pretendían realizar en México para obtener los respectivos pagos. España e Inglaterra a instancias de Prim se retiraron, mientras que el cuerpo expedicionario francés al mando de Dubois de Saligny –ya en tratos con los conservadores–, decidió avanzar al interior del país.

A pesar de los esfuerzos realizados por la historiografía oficial en libros de texto y lecturas afines, en mi caso fallaron su cometido: nunca me he declarado admirador del Benito Juárez; sin embargo, el hecho de que un militar español mirara con simpatía las directrices de su política republicana y lograra el retiro de los posibles ejércitos invasores, me hicieron ver al legado español con mucha simpatía. Debo confesar que fue el libro de Pedro Salmerón Sanginés, Juárez. La rebelión interminable, el que me permitió colocar al roble de Ixtlán, dentro de la justa dimensión de su momento histórico.

La marcial figura de Prim, pese a que nunca quedó en el olvido, ya que logré enriquecer mi biblioteca con cuantas obras sobre el personaje hubo a mi alcance, pasó a ser la de un simple referente, dentro de los extranjeros con alguna afinidad por México; y el estado de su conocimiento dentro de mi mediana cultura general, no llegó a niveles de mayor trascendencia. Sin embargo, a fines del año 2009, al encontrarme revisando bibliografía sobre la intervención francesa en México, reparé en un comentario en el que se afirmaba que José González de Echeverría, ministro de Hacienda del gabinete juarista era tío carnal de la esposa de Prim, Francisca de Agüero y González, a la que de inmediato supuse mexicana.

Recurrí de inmediato a la base de datos genealógicos en la que participo, y que se realizaba bajo la dirección del acucioso genealogista Javier Sanchiz Ruiz, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, –hoy en conjunto con Víctor Gayol, del Colegio de Michoacán–, y grande fue mi frustración al no hallar mayores datos sobre el personaje femenino en cuestión. La posterior revisión bibliográfica, en busca de información más amplia, me permitió dar con la obra de Miquel i Verges en la que consignaba el origen potosino de la esposa de Prim. Menudo estremecimiento me recorrió al saber que la Dama noble de la Reina Luisa había nacido en mi ciudad.

La revisión de los archivos parroquiales del Sagrario potosino no dieron mayor fruto, grande fue mi frustración al no localizar el documento que permitiera establecer la supuesta filiación potosina de esta mujer. Fue indispensable la consulta a Javier Sanchiz, quien tras revisar en sus notas, me hizo saber que según nota escrita de José Ignacio Conde y Díaz Rubín, Francisca nació en Puebla y fue bautizada en su Sagrario. Ya con la referencia en firme de quien fuera el más grande conocedor de las familias mexicanas, dirigí mis esfuerzos hacia el Sagrario poblano, en el que localicé una partida del 24 de mayo de 1821, que daba asiento al bautismo de Francisca de Paula Rita de tres días de nacida, hija de don Francisco Agüero y Salas, natural de Cadiz, y de doña Antonia González y Echeverría. Se diluía así la pretendida potosineidad de la que más tarde sería –ya en su viudez– duquesa de Prim.

Análisis posteriores de la vida de Juan Prim –nacido en Reus, Tarragona, en 1814–, me permitieron comprender que el amigo de México, accedió a signar los benéficos acuerdos a favor del gobierno juarista, por encontrarse en la total ruina, luego de haber dilapidado la nada despreciable fortuna de su cónyuge, con quien había contraído matrimonio el 3 de mayo de 1856 en París, Francia.

Partiendo de su recurrente frase se gasta lo que se debe aunque se deba lo que se gaste, Prim, quien había sido agraciado por la reina Isabel II –el 13 de diciembre de 1855– con el condado de Reus; no dudó en administrar generosamente hacia sus requerimientos, acordes a su posición social, los bienes de Paca Agüero, de tal suerte que antes de 1859, ya había acabado con ellos. Así las negociaciones con el ministro González de Echeverría, miembro de la Sociedad Agüero y González –de la que era accionista la condesa consorte–, redundaron en ganancias monetarias para el héroe de la guerra de Marruecos. En 1864, por nueva gracia de Isabel II, vendría el marquesado de los Castillejos, acompañado de la Grandeza Española de primera clase.

Para 1869, y luego de episodios de conspiraciones y revueltas en las que se vio inmerso hasta la médula, Prim era el hombre de mayor habilidad política y acaso el más importante de España; finalmente era el presidente del Consejo de Ministros. En ese cargo le halló el atentado de la madrileña calle del Turco, la noche del 27 de diciembre de 1870.

Esa noche, a poco de andar su berlina, la calle referida se hallaba bloqueada por otras dos; luego de aminorar la marcha, ocho embozados rodean el carro de Prim, y tras romper los cristales y al grito de ¡Prepárate que vas a morir!, abren fuego contra el influyente personaje. El cochero azuza a los corceles que logran romper el cerco y tras doblar en la calle de Alcalá, enfila por la del Barquillo; Prim desciende el ministerio de Guerra e ingresa a sus habitaciones, y de inmediato es atendido por los médicos a su servicio. Las infecciones en las heridas –dice la tradición–, o un estrangulamiento, dicen concienzudas tesis revisionistas, lo llevaron a la muerte tres días después. Fue sepultado en el panteón de Hombres Ilustres de Madrid.

Los sucesos en los que hacen unión personajes de la talla y habilidad de un estratega militar y político como lo fue Prim y José González de Echeverría, ministro del gabinete juarista, nos permiten analizar y comprender ciertos procesos históricos en los que van vinculados los intereses nacionales con los intereses personales; de tal suerte que al converger ambos y adecuarse a las necesidades particulares de los actores, el resultado podrá ser el esperado por ambos participantes.

Es evidente que por muy simpatizante que Prim fuera de la causa republicana juarista, de no haber mediado la debacle económica que enfrentaba el representante español, posiblemente los resultados esperados por el gobierno mexicano hubieran sido otros. Un lauro más en las orlas que ostentaba Prim, hubiera sido obtenido al lograr mediante el uso de la fuerza, si no el pago de la deuda al menos el sometimiento del país que en ese momento atravesaba una fuerte crisis interna. Recordemos la cantidad de críticas desfavorables vertidas contra el militar luego de su regreso a España.

Si bien en materia de diplomacia el respeto al gobierno mexicano prevaleció y situó a los participantes en el convenio como grandes negociadores, en materia individual implicó para Prim, la resolución inmediata de los problemas económicos que en aquellos momentos enfrentaba.

En política y economía no existen principios morales; hoy, al finalizar 2014, nos encontramos con un Arturo Nuñez, gobernador tabasqueño, de extracción perredista, sosteniendo negociaciones con el personaje que en la década de los noventa orquestó el más grande fraude bancario en la historia de México, y que a la par financió las campañas políticas de Roberto Madrazo y Ernesto Zedillo, en bien elaborado contubernio con Carlos Hank Rhon.

Carlos Cabal Peniche –el banquero modelo de Carlos Salinas de Gortari–, hoy es un modelo de empresario e inversionista que con el beneplácito de la izquierda amarilla, busca beneficiar un estado golpeado por la rapiña gubernamental.

De la misma manera nos encontramos con un hermano incómodo, que ha sido absuelto por una juez federal y que podrá disfrutar tranquilamente de los dineros mal habidos mediante negocios a causa del perjuicio ocasionado al erario.

Y ya no hay mucho que decir de un presidente de la República y un secretario de estado que a cambio de beneficiar descaradamente a un contratista del ramo de la construcción, han logrado satisfacer, en medio de escándalos mediáticos, sus básicas necesidades de vivienda.

El estado de San Luis Potosí no presenta un panorama distinto: flamantes aguinaldos a miembros de su legislatura local; un gobernador que signó un convenio en que se otorgaron beneficios totales a una armadora automotriz alemana; un presidente municipal de la capital, que en su pretendida carrera por la gubernatura otorgó totales absoluciones a la administración de su antecesora en la que sólo estuvieron presentes la rapiña y voracidad que dejaron la ciudad en un aspecto lamentable.

No hay mucho que esperar para el año que viene, el de Hidalgo, en San Luis Potosí. A despacharse con la cuchara grande; la medida será marcada por los mismos que reparten. No esperará el pueblo que los grandes actores de la política, vivan de la misma manera que él; finalmente ocupan un cargo público para tratar de llenar –con dinero ajeno– sus bolsillos sin fondo. No hacen otra cosa que demostrar que la vieja y cínica frase del marqués de los Castillejos no ha perdido vigencia: se gasta lo que se debe, aunque se deba lo que se gasta.

#RescatemosPuebla151