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Seguridad es una palabra vacía

Ignacio Betancourt

¿ Cómo debemos vivir los ciudadanos en un país donde a los dos años de un  gobierno priísta más de siete mil, sí, más de siete mil personas han desaparecido? ¿Cómo respirar en un país, en el que los delincuentes organizados cambian de denominación (como con el PAN o el PRD) y se vuelven funcionarios o políticos? Y cambiando drásticamente de tema, obviamente si vivos se los llevó la policía vivos los queremos porque esos 43 inauguraron otro país. Van algunas consignas que el pasado miércoles fueron coreadas por cientos de miles manifestándose en decenas de ciudades por todo el territorio nacional: ¡Fuera Peña! ¡Crimen de estado, gobierno cobarde! ¡Peña, renuncia! ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo? ¡Fue el narcoestado! ¿Señora qué haría, si su hijo es el 44? ¡Gobierno asesino! ¡Que se vayan todos! Y es que en el México actual no sólo se pierden vidas humanas, también se pierden palabras, por ejemplo la palabra “seguridad”, sí, esa seguridad por la que irónicamente pagamos con nuestros impuestos, esa que el Estado nos queda a deber día tras día y cuya deuda ya resulta impagable.

Si alguien ahora piensa que está seguro porque no actúa o se encierra a piedra y lodo en su casa, se equivoca; en estos momentos ni los más lambiscones con la autoridad, ni los más arrastrados con los burócratas, ni los más indiferentes con el horror cotidiano pueden estar seguros. Hoy seguridad es una palabra vacía, su escritura es un hueco en el que anida la impunidad más siniestra; quien otorga sentido a tal vocablo o es un redomado ingenuo o es un tonto. Se puede hacer la prueba y preguntar en cualquier sitio ¿Quién por estas fechas está seguro en México? ¿Quién puede sentirse a salvo, por más indiferente o cómplice (es lo mismo) que sea con lo que ocurre en el país? Por cierto, la seguridad ha desaparecido pero para todos, para los poderosos y para los débiles, para los pobres y para los ricos, para los buenos y para los malos, para los despistados y para los colmilludos.

Luego entonces resulta válido preguntarse ¿Cuando la seguridad es sólo una utopía para qué la necesitamos? Mejor será pensar ¿cómo es que se llegó a esta cotidianidad y qué tendría qué hacerse para que las palabras adquieran su apropiada significación? Por supuesto no se trata de pensar que las palabras suplen a la realidad, simplemente son su espejo, de tal condición les venía la credibilidad que hoy han perdido. Lo peor ocurre con una palabra como “futuro”, esa palabra no sólo se vacía de sentido, además se llena de significaciones ominosas. Si hoy miramos un niño o una niña y los pensamos luego de veinte años, la imagen se vuelve nebulosa, de ahí la urgencia de actuar hoy mismo, como se pueda y con lo que se pueda, dado que todo futuro sólo es una consecuencia de acciones precedentes cada infante actual y cada joven de hoy debe empezar a construir, es decir a cambiar su porvenir, el porvenir de ese país en el que habitará, no hacerlo simplemente implicaría la cancelación de cualquier esperanza.

Pero ese mañana que hoy se insinúa tan monstruoso aún puede transformarse antes de su consolidación, basta con actuar en donde la urgencia nos acorrale. Si soy estudiante actuaré en la escuela, si soy obrero actuaré en la fábrica; si taxista, en el sindicato; si desempleado, en la calle; si borracho, en la cantina; si ciego, en la oscuridad; si sordo, en el silencio; si leve, en el viento; si cocinero, en la sopa; si carpintero, con la madera; si panadero, junto al horno; si pez, en el agua; si cadáver, en la tumba; si dormido, en los sueños; y así hasta el infinito pues no debería quedar ningún sitio en donde la acción ciudadana deje de manifestarse, si es que se desea otro país, uno distinto al de ahora en donde ya no se puede continuar.

Y mientras para la revista Forbes, el llamado presidente de la república mexicana pasa del lugar 37 al 60 en la lista de hombres notables, en la capital potosina la mesa de diálogo entre la Secult y los representantes del Colectivo de Colectivos se mantiene en suspenso pues los burócratas han sido incapaces de mostrar, mucho menos justificar, el supuesto proyecto modernizador con el que pretendían alterar la vocación social del Centro Cultural Mariano Jiménez. Como lo firmaron ante Gobernación el mismísimo Secretario de Cultura y el representante de los Colectivos, no se podrá iniciar ningún proyecto en tanto no se conozca y justifique el mismo. ¿Incumplirán el compromiso? Mejor sería que dos veces lo pensasen.

Debido a que la burocracia estatal carece de tal proyecto y su enunciación sólo era un fantasmal recurso para desplazar a los incómodos usuarios habituales del Centro (ciudadanos pensantes y críticos y creativos), cada día que pasa resulta más improbable el atropello que los lamentables funcionarios culturales supusieron sencillo de aplicar; desafortunadamente para su próspera impunidad se toparon con pared, es decir, con un grupo de ciudadanos organizados y contestatarios que hasta hoy han conseguido repelerlos. Habrá que estar muy atentos a cualquier nueva triquiñuela de quienes se suponen omnipotentes por el sólo hecho de cobrar como empleados públicos (sic).

Y a propósito de empleados públicos especialmente dotados para el cobro simultáneo por diversos trabajos dizque culturales, por ejemplo el beber y comer a expensas del erario o inventar plazas para los protegidos, ya se escuchan rumores airados, ya resurgen reclamos empolvados tanto en el Centro de las Artes como en el IPBA, mientras al unísono, se anuncian antropófagas disputas por el hueserío del próximo año.

Del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998), un fragmento del poema titulado Noche en claro: (…) Las gentes caminaban por la gran avenida/ algunos con gesto furtivo se arrancaban el rostro/ piedras chorreando tiempo/ casas inválidas ateridos osarios/ oh huesos todavía con fiebre/ una prostituta bella como una papisa/ cruzó la calle y desapareció en un muro verduzco/ la pared volvió a cerrarse/ todo es puerta/ basta la leve presión de un pensamiento/ se abre de par en par la vida/ algo se prepara/ dijo uno entre nosotros/ se abrió el minuto en dos/ leí signos en la frente de ese instante/ los vivos están vivos/ andan vuelan maduran estallan/ los muertos están vivos/ el viento los agita los dispersa/ racimos que caen entre las piernas de la noche/ la ciudad se abre como un corazón/ como un higo la flor que es fruto/ más deseo que encarnación/ encarnación del deseo/ algo se prepara/ dijo el poeta (…)