Cancelan musical de Woody Allen tras acusación de abuso sexual
25 enero, 2018
¿A dónde van nuestros legisladores?
26 enero, 2018

Sentimentalismo manipulado

Ignacio Betancourt

El sentimentalismo público inducido, la ilusión de lo visceral en un contexto colectivo es una de la últimas estrategias que toda clase de funcionarios gubernamentales o empresariales están dispuestos a utilizar, consiste en provocar conmiseración o lástima a favor de algo o alguien para que pueda terminar aceptándosele (persona u organización) independientemente de cualquier comportamiento abusivo; la estrategia resulta ideal sobre todo para esa población acostumbrada a juzgar por lo aparente y lo institucionalizado, que no se preocupa de lo que hay detrás de lo visible, por ejemplo lo que habita atrás de la corrupción, atrás de la demagogia, atrás de las mentiras oficiales.

El beneficiario de lo sentimental manipulado, puede ser un corrupto o un criminal o un pederasta, o cualquier nefasto o nefasta a quien se coloca en situación de desventaja para entonces perdonarle sus estropicios y dejarlo en paz porque se la está pasando muy mal. Por ejemplo el millonario al que sus cómplices delincuentes le destruyen alguna de sus propiedades. “Pobrecito”, de inmediato dice alguna ciudadana, quien ignorando la inmensa fortuna (producto del sistemático abuso a sus semejantes) se conduele por la agresión a uno de los múltiples negocios de la “víctima”.

También lo sentimental resulta útil para aceptar lo inaceptable. Cito una nota de Gustavo Castillo, aparecida hace algunos días en el periódico La Jornada. Se titula: “Samantha cumplió su ilusión de pertenecer a la policía federal” y trata de una pequeña de siete años que padece parálisis cerebral, quien viajó desde Nuevo Laredo Tamaulipas hasta la ciudad de México a la delegación Iztapalapa, al Centro de Mando de la corporación de la policía federal donde el comisionado general Manelich Castilla Cravioto le colocó en el pecho a la niña el distintivo de la corporación, además de inaugurar una placa con el nombre de la pequeña en dicho lugar.

Escribió Gustavo Castillo en su nota: “Samantha Judith tiene siete años y sufre de parálisis cerebral. Su sueño (¿el de ella o el de sus papás?) era pertenecer a la Policía Federal y ayer la Comisión Nacional de Seguridad y la corporación le cumplieron su sueño (más que sueño debería llamarse pesadilla): en emotiva ceremonia (¿cuándo la desvergüenza puede resultar emotiva?) se le otorgó el grado de policía federal honoraria.” ¿Será posible una niña de siete años con parálisis cerebral que sueña con ser policía federal? Solamente en un contexto de plena cursilería sentimental se puede concebir beatífica y como “un sueño” a una agrupación con abundantes torturadores y realizadora de violencias inimaginables. ¿Quién habrá inducido a Samantha a fantasías tan conmovedoras?

Por supuesto que el general encargado de la insoportable representación, pulió su mejor demagogia y al borde del llanto habló: “Samantha nos brinda una exhibición de grandeza y una muestra clara de cómo afrontar la vida con verdadero valor y templanza; con su ejemplo el poder de la determinación y la voluntad ha inspirado a quienes en el diario vivir han olvidado que cada reto representa grandes lecciones de crecimiento y superación personal.” Obviamente la niña parapléjica también tenía que lucirse verbalmente, así que no quiso quedarse atrás y dijo: “Los policías defienden al mundo, además de cuidarnos y protegernos.” Se termina la nota señalando que “En honor de la nueva integrante, la banda de guerra de la Policía Federal musicalizó el acto y los efectivos de la División de Fuerzas Federales le rindieron un saludo y un informe de novedades, como se hace con los mandos policiacos.” Mientras enjugo mis lágrimas, juro no estar inventando nada. La nota apareció en La Jornada del 21 de enero de este año.

Termino mi colaboración de cada viernes con la respuesta que el gobierno mexicano dio a Human Rights Watch, luego de que esta organización señalara que durante el actual gobierno “integrantes de las fuerzas de seguridad han estado implicados en graves y reiteradas violaciones a los derechos humanos.” A lo que se respondió elocuentemente: “El número de quejas contra los integrantes del Ejército y la Fuerza Aérea por presuntas violaciones a derechos humanos se redujo 76% respecto de 2012.” Se requieren, supongo, miles de Samanthas para sentirnos en verdad a buen resguardo, y sobre todo conmovidos para soportarlo todo.