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  • Enmendar al sistema
  • Largo y afanoso trayecto
  • Alianzas y pragmatismo

Julio Hernández López

Nada cambiará de manera mágica, automática o instantánea. Será un largo y complicado proceso, del cual ya se han tenido muestras de textura y profundidad durante el raro periodo de hiperactividad de la presidencia electa. No habrá solamente una alternancia de siglas partidistas (como lo sucedido entre los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional), pues el arribo de Andrés Manuel López Obrador constituye, además, la primera ocasión, desde el gobierno del general Lázaro Cárdenas del Río, en que llega al poder un político que podría inclinar la acción institucional hacia sectores populares y corregir a fondo las graves distorsiones que tanto afectan al país. Será, en ese sentido, tal vez la última oportunidad del actual sistema político y económico para ser remozado sin traumatismos graves ni explosiones.

Andrés Manuel López Obrador llegará este sábado a la silla presidencial luego de un prolongado y afanoso trayecto que comenzó a precisarse luego de su única ocasión anterior en que rindió protesta para un cargo público, cuando llegó a la jefatura de gobierno del Distrito Federal. En aquel 2000, desde el edificio contiguo al Palacio Nacional, el tabasqueño comenzó el desplazamiento de la figura entonces central de la izquierda partidista, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y, a la par, inició la difusión masiva de las características de un político laborioso (luego de las tempranísimas reuniones de trabajo, daba conferencias mañaneras a la prensa, las cuales fijaban agenda), mediáticamente muy atractivo (palabras y modismos con aire tropical, el acento sureño, el apodo distintivo, frases ocurrentes como “lo que diga mi dedito” y declaraciones firmes, con frecuencia generadoras de polémica) y, sobre todo, una fama de honestidad absoluta, de una conducta absolutamente ajena a la corrupción que, entonces como ahora, ha sido la marca distintiva de la gran mayoría de los políticos y funcionarios públicos de nivel ejecutivo.

Del Tsuru como medio de transporte y la evidencia inmobiliaria de que sus bolsillos no se llenaron de dinero al manejar el cuantioso erario chilango, López Obrador pasó a su primera campaña presidencial, en 2006, cuando Vicente Fox, Felipe Calderón y grupos empresariales y de derecha le cerraron el paso mediante fraude electoral. En 2012, la mafiosidad priista invirtió dinero de todos colores para imponer a Enrique Peña Nieto, mediante otro fraude electoral, este sustentado en la fuerte manipulación de medios de comunicación y encuestas y en la carísima “operación electoral”.

En el año que corre, López Obrador optó por hacer alianzas contradictorias y evitó el “purismo” de sus primeras dos candidaturas. Exhibió sus posiciones conservadoras en actos públicos con el partido derechista coaligado, Encuentro Social, y extendió un manto de perdón político a panistas, priistas y perredistas que se convirtieran al nuevo credo. Hizo llegar a los empresarios distintos mensajes de conciliación y protección mediante una pieza clave en su corrimiento pragmático, el regiomontano Alfonso Romo. Y, al menos por lo que hechos y declaraciones públicas han mostrado, hubo alguna forma de entendimiento para garantizar una salida tersa e impunidad a Enrique Peña Nieto y la mayor parte de su camarilla corrupta.

Así, en una jornada electoral extrañamente limpia y sin violencia, inició la aterciopelada transición que este sábado tendrá sus momentos estelares en el Palacio Legislativo de San Lázaro, en el Palacio Nacional y en la Plaza de la Constitución. Es descomunal el trabajo de restauración que se debe hacer, ha sido acelerada la polarización social frente al nuevo poder, es variopinta la integración del gabinete presidencial y han mostrado garras y dientes los poderes tradicionales, sobre todo los del gran capital.

Luego del ciclo peñista del desastre, iniciará mañana un ciclo de esperanza razonada y razonable, en el que no todo lo prometido se podrá cumplir, pero se aspira a que sean modificados, en sentido positivo, los rasgos esenciales de la catástrofe heredada.

Las ya famosas palabras de Paco Ignacio Taibo II (“Sea como sea, se las metimos doblada, camarada”) provocaron que se detuviera el proceso de reformas legales que permitirán que el próximo director del Fondo de Cultura Económica (FCE) pueda ser mexicano por naturalización y no necesariamente por nacimiento. Es muy probable que ese proceso sea retomado pronto, en cuanto baje de intensidad la tolvanera provocada en la tapatía Feria Internacional del Libro. Ayer mismo, Taibo II reconoció el error de haber utilizado “una frase desafortunada y vulgar”.

Habrá de verse si López Obrador emite el próximo lunes la autorización para que Taibo II ocupe la oficina principal del FCE a título de “encargado del despacho”, como lo había anunciado el escritor, o se pospone un poco esa decisión para esperar a que en el congreso federal se terminen de autorizar las modificaciones del caso.

Entre las novedades del estilo político de López Obrador estuvo el breve paso por las cámaras legislativas de personajes destinados a ocupar cargos en el poder ejecutivo federal. Futuros secretarios del gabinete, como Olga Sánchez Cordero, Alfonso Durazo y Rocío Nahle (quienes estarán en Gobernación, Seguridad Pública y Energía, respectivamente), ocuparon curules y escaños durante tres meses, en un ejercicio político que les permitió participar directamente del nuevo entramado legal.

Otros de quienes solicitaron licencia a diputaciones y senadurías lo han hecho para ejercer las polémicas coordinaciones federales en los estados. Varios de esos “superdelegados” perdieron elecciones ante los gobernadores actuales o entrantes y, por su perfil, es muy probable que vuelvan a ser candidatos en la siguiente oportunidad. Por ejemplo, la profesora Delfina Gómez, será “superdelegada” en el Estado de México, donde Alfredo del Mazo ejerce un poder disminuido.-

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.