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Silbido de chiflados

Luis Ricardo Guerrero Romero

Al puro pulmón, con los labios estirados tendientes sobre los dientes, tan estirados como la liga tensa de la resortera, así hacía salir de su boca un silbido, retando toda teoría lingüística, todo el sistema de articulación de palabras. Así, así, y no de otro modo, se solía comunicar Lied. Ella nos comentó que de donde venía —Florianópolis, capital de Santa Catarina en el sur de Brasil—, era muy común comunicarse con silbidos diferentes, para situaciones diversas. Ya sabemos ese cuento, un chiflido para coquetear, otro para afirmar, silbido para negar o reprobar un acto, sonidos aviarios encerrados en un contexto particular: nuestro barrio.

Lied, como comentaba, era capaz de decir todo un discurso con un silbido, aquello dependía de: la duración, el decibelio, las gesticulaciones y uno que otro ademán. Es decir que, con sus chiflidos era posible entender cuando llegaba a casa, cuando iba algún mandado, al salir con su novio, al solicitar un favor y al agradecerlo. Su silbido era su mirada, todo se podía entender mejor con sus resonancias de aire. A mí en lo particular me tenía un mensaje específico: “fi fi fiu fui fiu” (no vas a salir), y entonces al escuchar desde la calle esas sílabas silbadas corría con mi madre a pedir permiso para ir yo también afuera y pasear con Lied en bicicleta, y contarnos cosas de la vida, y llorar juntas mientras comemos un helado, o bien aprender a silbar tan fuerte como ella. Eran épocas hermosas en las que a todas las de la generación nos bastaba saber que alguien nos visitaría y romper la rutina de las tardes domésticas. Lied formó parte de nuestra adolescencia para muchas de quienes fuimos sus amigas. Fueron sus chiflidos un paradigma de comunicación, un código asequible, y hoy son un bonito recuerdo.

Lied no vino más con nosotras a este barrio, y todos los habitantes en señal de protesta, hemos decidido vestir de blanco y dejarnos de asear por nosotros mismos. Hemos contratado gente que nos sirve y nos apoya, ellos nos regalan caramelos blancos y agua, cada vez que se hacen las protestas por el regreso de Lied. Hay noches en las que nos parece escuchar sus ruidos de ave que nos comunica algo. Entonces yo corro con mi mamá y le pido permiso de salir a pasear con Lied en bicicleta, pero en cuanto bajo las escaleras de plastilina, ella se va, se cansa de esperar.

La próxima semana abandonaré este barrio e iré a Florianópolis a buscarla y me quedaré a su lado hasta que el mar se vuelva marcesible.

El chiflido, el silbido, ese soplido melódico que todos alguna vez hemos emitido o intentado. Muestra asimismo nuestra comunicación humana tan caudalosa de sentidos y de formas que demuestra lo insuficiente que es sólo parlar, pues hablamos a silbidos. Chiflamos para burlas, para juegos, para insultos o para halagos.

En el relato anterior una ficción que se anhelaba era particularmente un ser silbador que cautivó a los pacientes de un olvidado manicomio (sustantivo del cultismo helénico), y los hacía recordar sus épocas lozanas. El silbar, para los internos de ese hospital psiquiátrico suponía una liberación, un acto diferente al habla que de igual modo comunicaba. Y, este sustantivo silbar fue heredado por la lengua latina sibilare, que a su vez se generó de la voz sibilus, que se traslada con el significado de sonido musical. Un sonido peculiar que sale para decir algo hacia sus receptores. Es una comunicación cifrada, una suerte de arcanos musicales que deben ser interpretados por los iniciados en los silbidos, o bien por quienes sepan de las Sibilas. Mujeres que profetizaban mientras estaban posesas, y que entre gritos y sonidos musicales (silbidos) auguraban el futuro. Las sibilas, silbaban, coincidencia semántica que nos ayuda a descubrir dos cosas: Lied era una sibila, y silbar, es un sustantivo misterioso.