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Simone y la religiosidad sin religión

María del Pilar Torres Anguiano

Tiemblo un poco cada vez que me invitan a algún evento social que implica ceremonias religiosas porque sé que se avecina un debate entre el compromiso familiar y mis muy particulares ideas sobre la religión. No sé si aún creo en Dios. A veces creo que sí, pero ya no de la misma manera. Dándole vueltas a esa idea me encontré con un libro viejito, escondido en el último rincón de la casa: Gravedad y gracia, de Simone Weil. El pensamiento de esta filósofa francesa de origen judío es realmente interesante. Así lo pensaban León Trotsky, Simone de Beauvoir y también Albert Camus, a quien se le debe, por cierto, la publicación póstuma de la mayoría de los escritos de Weil. Si bien es cierto que la filosofía de la religión oscila entre la mística, la razón y la fe, introducir la paradoja y la poesía al lado de elementos marxistas sin dejar que predomine uno sobre el otro, es un aspecto que torna su pensamiento más interesante y muy difícil de comprender.

Cuando se opina sobre un autor o se analiza su obra, frecuentemente se elige alguno de los aspectos particulares que lo conforman y se busca desarrollarlo. Pero en este caso, no me parece que Simone Weil admita este tipo de estudios, puesto que su pensamiento tiene como base la paradoja. Para todo el mundo, la paradoja indica falta de coherencia, pero he aprendido que en el pensamiento filosófico esto no es necesariamente cierto. Weil es una filósofa creyente, apasionada en la mayor parte de los principios del catolicismo al que, paradójicamente, no se decidió abrazar por entero. Este aspecto probablemente le añada credibilidad extra a su pensamiento, y constituye la piedra angular de un perfil sui generis: el de una filósofa creyente, mística, activista social, intelectual, antifascista y antisionista.

Su polémica condición de judía antisionista es uno de los elementos –entre kafkiano y nietzscheano– que, pensándolo bien, la hace paradójicamente coherente con su pensamiento, sobre todo en aquella idea tan suya de que hay que negarse a sí mismo para buscar la verdad.

Dicen que el Dios de los filósofos es un Dios de agnósticos, y esto aplica muy bien para esta autora. Su religiosidad, fundamentada en la naturaleza humana rota y débil, me recuerda también al punto de partida de Pascal o de Unamuno, quien, aunque por caminos distintos, constantemente busca al Dios “de carne y huesos”. A decir verdad, me identifico con esa búsqueda.

En las ideas de su libro Gravedad y gracia, ese que me encontré, se puede ver una constante rebelión ante planteamientos básicos que van desde el catolicismo, hasta el materialismo marxista, así como también argumentación frente a filósofos como Nietzsche, de quien probablemente retoma el método de las paradojas. En teoría no debería funcionar, pero en el caso concreto de Simone, todo ello parece hablarnos de una pensadora que busca adentrarse a la esencia de una religiosidad muy humana y al mismo tiempo plantear una sana distancia entre la religión y el yo.

Su religiosidad sin religión parece poner el dedo en la llaga de las iglesias milenarias, como el Cristianismo o el Islam en tiempos contemporáneos. Esto es, el problema de si la Iglesia puede o no aceptar, fuera de sus límites, la existencia de experiencias de vida cristiana auténticas, legítimas desde todo punto de vista. Para Simone esto es una cuestión crucial, desde el momento en que la verdadera misión de la Iglesia en el mundo no podría realizarse sino admitiendo esa posibilidad como punto de partida.

Para Simone, existen dos elementos fundamentales que permiten entender si una religión debe ser encuadrada en esa categoría o si es falsa: uno de ellos es la fe en un Dios al que se reconoce como bueno; el otro es la gratuidad de la experiencia religiosa, el rechazo de pactos que regulan la relación entre Dios y sus criaturas. Una y otra vez parece decirnos que entre Dios y los hombres no hay nada que se pueda pactar, simplemente porque no hay nada que las criaturas puedan ofrecer a su Creador.

A pesar de su marxismo claramente moderno, hay un importante elemento precursor de la postmodernidad. Este es, el hecho de que el cristianismo no es la única religión auténtica, y que, por otro lado, la Iglesia católica es universal en la medida en que logra abarcar a todas las religiones auténticas. Aunque en este caso hablemos fundamentalmente del cristianismo, ello se aplica a todas las religiones. Esto parece reiterar Weil al decir que “Siempre que un hombre invocó con el corazón puro a Osiris, Dionisio, Krishna, Buda, el Tao, etc., el Hijo de Dios respondió enviándole el Espíritu Santo”.

Para Weil, la Iglesia no es más católica en la medida en que logra incorporar en su seno a más gente, sino por su capacidad para abrazar al resto de las religiones verdaderas. Como diría Whitehead: “una doctrina es verdadera en lo que afirma y falsa en lo que niega.” Pienso que cada religión tiene su elemento universal y sus particulares y es en los primeros en los que hay que centrarse.

Las religiones, nos explica Simone Weil, se adecuan al ethos de cada pueblo, de manera que cada uno de ellos encuentra en la propia el modo específico de relacionarse con Dios y la vive como la única verdadera y la única posible. Es parte de su arraigo: la gravedad. Afirma que no experimentó nunca la sensación de que Dios la deseara dentro de la Iglesia, lo que la condujo a concluir que su vocación, la voluntad de Dios, era que permaneciera fuera de ella.

En síntesis, siendo fiel a sí misma, Weil parece convencida de que su vocación personal es dar testimonio de aquello en lo que cree, pero hacerlo afuera de las paredes de los templos y lidiando con todas sus ideas, lo cual me parece absolutamente válido. Prefiero una gran duda, pero que sea sólo mía, que una verdad asumida a ciegas. Pero todo esto, ella lo resume mejor con estas palabras: “Nos inclinamos hacia una cosa porque creemos que es buena, y quedamos encadenados a ella porque se ha vuelto necesaria”.

No me gusta ir a la iglesia y ya no voy a misa. Pero una cosa es cierta: si te invitaron a una boda o bautizo, es de pésimo gusto –por no decir naco– eso de llegar directamente al banquete, sin haber ido a la misa.

@vasconceliana