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Sin conciencia y sin el pueblo

Óscar G. Chávez

D ijo en algún momento el escrito Octavio Paz, al referirse al Fondo de Cultura Económica, que mucho tenía de fondo y nada de económico. Parafraseando al nobel mexicano, podríamos utilizar la frase para referirnos al partido político potosino Conciencia Popular, que nada tiene de conciencia y menos de popular.

Partamos de que las fuerzas vivas de este partido, provienen en efecto de personas de escasos recursos que se han afiliado al mismo en busca de algunas mejoras a su forma de vida; durante sus mítines y reuniones no pensemos en acarreados sino en afiliados de buena voluntad y creyentes convictos de las promesas de sus dirigentes.

Queda demostrado, no obstante, que estos últimos son los únicos que tienen participación directa en los beneficios del partido, y qué mejor beneficio que las ganancias que reditúa un partido y su representación en el Congreso local.

Para nadie es un secreto la manera en que padre e hijo se han alternado las curules en las legislaturas recientes; pareciera que para éstos la participación de otros miembros de su partido es inexistente y en él sólo impera la veracracia.

Popular, desde cualquier óptica, es un concepto que define por sí solo la participación del pueblo; cierto es que participan en él y posibilitan su triunfo al generarle votos, pero no más allá. Quizá reciban algunos beneficios en especie, pero es imposible quizá hasta en imaginario, que puedan ser considerados para ocupar algún cargo público.

La única conciencia que impera en ellos, desde luego, es la de clase, al considerarse y elegirse por encima de la base militante para representar a su partido en los procesos electorales. Desde su creación en la década de los noventa, es bien sabida y comprobada, la manera en que Vera Fábregat y Vera Noyola, han alternado sus personas para poder llegar a ocupar cargos de representación popular que les generarán nada despreciables ganancias a costa del presupuesto del Estado.

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La aparente personalidad popular de los Vera, que no es otra que la de un populismo trasnochado, pero eficiente y bien dirigido en su caso, vuelve a hacerse presente en estos días en los que el padre eterno propone presentar una iniciativa mediante la cual buscará que paguen más por el agua los que más tienen.

Contradictoria por demás su postura, que fundamenta en que debe hacerse valer lo que la Constitución dice, se debe proporcionar líquido de manera equitativa.

Si se parte de esta premisa debemos considerar que la Constitución establece un principio básico e inalienable de igualdad entre todos los mexicanos; por tanto el pensar en tarifas dispares en el suministro del agua, implicaría aceptar que existen mexicanos de primera, de segunda y de tercera.

Bajo el mismo parámetro, el diputado debería considerar en principio el anular el funcionamiento de la compañía de agua potable, que de manera privada abastece servicios en algunas colonias del oriente de la ciudad; o bien, imponer a ésta, y no a la ciudadanía, un fuerte gravamen por el derecho a enriquecerse con el suministro de un líquido de bien público y no comerciable, máxime si consideramos que su uso y consumo se encuentra a nivel de derecho humano.

Al ser tasado un elemento de esta naturaleza de acuerdo a los niveles sociales de los ciudadanos, no sería de extrañarnos que en algún momento también se estratificara de esta manera la impartición de justicia, el servicio de transporte urbano, el servicio de energía eléctrica.

Sin embargo, la propuesta del diputado podría aplicarse de una manera lógica a los salarios de los diputados, y de acuerdo al partido que representan y la manera en la que llegaron a ocupar su encargo. Así, debe ganar más un diputado que llegue por la vía de la elección popular, que uno que lo haga por la vía plurinominal; los integrantes de una bancada cuyo partido aporte una mayor cantidad de integrantes, deberían ganar más que aquellos que tienen un número menor, o incluso que aquellos se encuentran instalados por unidad.

Pareciera que en el caso de los políticos, sí podrían ser aplicados los calificativos de primera, de segunda, de tercera y de cuarta; así podrían fijarse las tarifas de sus percepciones salariales.

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La propuesta de Vera, que seguramente será secundada por muchos, vuelve a alimentar el discurso del odio social y de las desigualdades; quizá muchos pensaron que las absurdas declaraciones del bufón de Desfassiux cuando alardeó de desviar el cauce de los desagües hacia las Lomas ahí concluirían. Esperemos que en estos momentos eche a andar sus promesas de campaña y no demuestre que por su cerebro corre el contenido de lo que amenazaba con redirigir.

De ser presentada y aceptada una iniciativa de esta naturaleza, comenzará a ser mostrada la calidad mental y moral de los actuales legisladores. Queda claro que en caso de Vera –de quien se rumora tramita amparos para evitar la suspensión del servicio a los morosos, que son quienes generan el mayor déficit en el Interapas–, lo mismo le da el costo que se fije en cualquier servicio. Todos sabemos de dónde saldrán los recursos con los que sufrague los importes de los servicios.

No esperemos mucho de esta legislatura, si el mismo Vera encubriendo actos de nepotismo no tuvo empacho en ungir como virtuoso al coordinador de finanzas del Congreso; la fabricación de leyes andará por las mismas: sin el pueblo y sin conciencia.