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Soberanía, una palabra amordazada

Luis Ricardo Guerrero Romero

P or favor no cambies la página por hablar de soberanía (sabemos que es difícil creer), aunque esta rabieta filológica se perfila a explicar algo sobre ella. La soberanía es, por decir algo, una palabra que ha crecido en nuestras mentes desde que en la educación básica nos encomiaban a jurar al lábaro patrio y así pasó con los años, y los que amamos a México trabajamos con fe en que aún exista un ascua de soberanía.

En términos estrictos sólo Dios y no la idea de un dios, es soberano, –como veremos más adelante– pero también políticamente la Nación, la República lo son.

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, en su poema Las Palabras me ayuda a explicar algo que por falta de lírica no logro hacer para un tipo que en el apellido lleva la dureza mental, y que ha manipulado, coludido con su partido, la soberanía de mi país: “si está entregando el país/ y habla de soberanía/ quién va a dudar que usted es/ soberana porquería. No me gaste las palabras/ no cambie el significado/ mire que lo que yo quiero/ lo tengo bastante claro. No me ensucie las palabras/ no les quite su sabor/ y límpiese bien la boca/ si dice revolución [o si habla de reformas]”.

Con certeza el hombre no es soberano de sí, ningún mortal gobierna enteramente o decide por ejemplo de lo que le sucede físicamente, no se es soberano de un dolor de cabeza, en una erección involuntaria, la sangre erguida parece ser soberana e independiente y nos abate ante la piel de Venus. Quien pretenda ser soberano de sí, deberá ser una bestia o un dios parafraseado al filósofo heleno.

No sé en qué sentido el gobierno entienda la soberanía, no sé ni siquiera sí sabe qué es entender. Yo al menos por el momento, puedo decir que esta palabra tiene su origen en el latín superaddo (suberaddo˃ soberado˃ soberano): poner encima, estar sobre los demás de modo que nada ni nadie lo complemente, en el latín vulgar superanus –según Gómez de Silva–.

Esta misma idea –pero más completa y referenciada–, parece ser la que conserva el teórico y filósofo de la política Jean Bodin, en sus Seis libros para la República, donde describe que el fundamento verdadero que hace al Estado tal es la soberanía, y no sólo el principio o concepto de ésta. Para Bodin el Estado es vinculador de cuerpos que operan por la vía de la razón, por ello la soberanía es el poder absoluto y perpetuo –entiéndase no eterno– del Estado. Hay soberanías hegemónicas y despóticas que valiéndose del símbolo tricolor y televisoras costosas quebrantan garantías.

Ya en el uso de esta palabra podemos ubicar ejemplos de soberanía en todas partes, obviamente no en su significado más primigenio, así por ejemplo hay empresas soberanas.

La palabra en cuestión también es posible rastrearla a partir del antiguo griego, con la unión de los sustantivos σοβαροσ (sobaros): impetuoso; y εραστεσ (erastes): apasionado, enamorado. La vaga unión de “soberastes” nos refleja el sentido de un impetuoso apasionado, que no requiera de nada ni de nadie para realizar su operatividad gubernamental. Lo anterior sin duda no debe soslayarse de la costumbre del jefe de familia en antigüedad, el cual era soberano en su casa y sólo él podía impetuosamente mandar dentro de ella. Lo anterior dicho es hoy es una soberana tontería, ya que las “familias” uniparentales son cada vez mayores, el tener una familia es un lujo, gracias a la economía soberana del país y sus sibaríticos dirigentes.

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