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Soledad de los Pollos

Óscar G. Chávez

E s el juicio de los hombres, en su afán de venganza o adulación, el que se ocupa de posicionar a los hombres dentro de cierto contexto de gloria o condena. No es la historia, como señalé en alguna columna que hace tiempo dirigí al ingeniero Roberto Naif, quien se ocupa de dar el justo sitio al ser humano; es él mismo, quien a partir de su particular interpretación de la historia emite una opinión subjetiva del personaje en cuestión.

Ocioso resulta formular una lista de aquellos personajes que por simpatías han ocupado un sitio en los imaginarios colectivos como seres que supieron honrar su estirpe, como también lo sería enumerar a quienes en memoria han continuado, aún después de muertos, generando maledicencias y rechazos.

En este último sentido considero que serán muy pocos los que consideren que Antonio López de Santa Anna debiera ser incluido en alguna galería de próceres nacionales; dentro de la nómina de villanos nacionales no está por demás pensar que Victoriano Huerta jamás podrá salir de ella; pensemos también en tiempos recientes en que nadie con un poco de sentido común pensaría en rescatar nombres como los de Gustavo Díaz-Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, o José López Portillo.

Mención aparte merecen personajes como Hernán Cortés, Agustín de Iturbide, o Porfirio Díaz, cuyas figuras se debaten de manera permanente entre el rechazo y la entronización de las facciones que optan por apreciar o despreciar sus nombres, recuerdos y acciones.

Sin embargo es justo señalar que en el caso de éstos, sus actos positivos bien pueden competir en ejercicio balanzario con los nefastos; estos últimos en muchas ocasiones forman parte de una leyenda negra que la historia oficial bien supo fabricar y luego explotar.

Dentro los panteones nacionales, entendamos por esto las nóminas de aquellos que contribuyeron a la formación de un pasado glorioso dentro del que luego fueron insertos por el imaginario popular, los discursos oficialistas y los historiadores, una de las formas más comunes de incorporarlos al recuerdo imperecedero de los que somos deudores gracias a sus hechos en beneficio de la nación o la patria chica, es perpetuando sus nombres mediante su imposición a alguna calle de determinado espacio.

Son los nombres de estos personajes notables o sus actos, los que vinieron a sustituir las viejas nomenclaturas populares mediante las que el vulgo parlero y decidor había bautizado o identificaba algunas calles. Es a partir de la consolidación del estado liberal mexicano, con la restauración de la república juarista, cuando se comenzaron a incorporar algunos nombres de liberales ilustres y defensores de la patria a algunas arterias de las principales ciudades del país.

 

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Fue así como se dispuso por decreto presidencial que dos de las calles que partieran de todas las plazas mayores, antiguas de Armas, en el país, deberían ser denominadas general Ignacio Zaragoza y del Cinco de Mayo; la heroicidad de la gesta, la gloria para el artífice.

San Luis Potosí atento a esa dinámica supo explotar ese capital ideológico y así fueron apareciendo nombres acordes a los sucesos o a los personajes. El general Miguel Miramón, por ejemplo, dispuso que las calles que hoy conforman la actual de Independencia, fueran denominadas en su momento con el nombre del general conservador Luis G. Osollo; en el mismo tenor y buscando perpetuar la memoria de la gloriosa batalla que cubrió de honor a las fuerzas conservadoras, la hoy avenida Damián Carmona, fue bautizada con el nombre de Ahualulco.

El porfiriato, tan pletórico en modernidades, impuso también nuevos nombres, pero fue durante los cacicazgos de Saturnino Cedillo y Gonzalo N. Santos, cuando el heroico panteón potosino pasó a fortalecer los nombres de las calles. Así fueron bautizadas con nombres de caciques regionales y generalotes, ilustrados o analfabetas, honestos o saqueadores, todos al fin hallaron su lugar en las nuevas nomenclaturas.

 

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Los tiempos actuales han puesto en mesa de debate la validez de reconocimientos fatuos a personajes que nada han aportado en beneficio del bien común, algunos ya del pasado y otros del presente inmediato; curiosamente dos de estos casos los podemos hallar en el vecino municipio de Soledad de Graciano Sánchez.

De uno de ellos, José de Gálvez, visitador real, y luego marqués de Sonora, su nombre fue enaltecido en aquel municipio al imponerle su nombre a una transitada avenida que corre de la carretera a México a la de Rioverde. Dentro de la actual lógica revisionista y en la que permea cierto criterio de lógica y mesura, resulta absurdo que una calle lleve el nombre del déspota ilustrado que vino a aplacar las reales iras ordenando ejecuciones masivas, mutilaciones y destierros, contra aquellos que participaron activamente en los tumultos de 1767. Por el otro lado, y en estricta justicia, fue él quien dispuso la fundación de la villa de la Soledad, la que andando el tiempo se convertiría en el municipio en cuestión. Justo recuerdo a su fundador.

En el segundo caso, podemos mencionar el hecho reciente en el que el amafiado y limítrofe Cabildo del mismo municipio, propuso que el nombre de Ricardo Gallardo Cardona, pasara a sustituir el de la avenida San Pedro, nombre que conserva en recuerdo de ser el camino por el que corría la vía que unía la capital con el mineral.

Históricamente, prevalecería el derecho de la vieja nomenclatura, sin embargo hoy una camarilla de aduladores en alguna reunión de su agónica gestión, en aras de perpetuar el nombre de su mártir injustamente confinado, y en una intención de total politiquería barata y decadente, le señalan los suficientes méritos como para modificar el nombre de la antigua rúa.

Partir de esa óptica implicaría, ya que lo elevan a calidad de prócer casi inmolado en aras de su pueblo, colocar también placas –a otras arterias viales– con los nombres de Juan Manuel Galarza, J. Guadalupe Vega Macías, y por qué no, Juan Gaytán.

Pese a la autonomía de los municipios, el Congreso estatal buscando eliminar este tipo de excesos, debería legislar sobre la imposición de nombres de personas vivas a la nomenclatura de las calles. Aceptar un acto de este tipo, ya solapado por regidores miembros de otros partidos, implicaría volver a los tiempos del descerebrado cedillismo, en que por capricho del general huarache, se impuso a algunas avenidas los nombres de forajidos atrabiliarios como lo fueron sus hermanos.

Dentro de esta lógica kikiriqueadora y de acuerdo a esos niveles de argumentación y propuestas –que implican tener la dicha que tiene el gallo cuando se sacude–, en poco tiempo el municipio podría ser bautizado como Soledad de los Pollos.