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¡Terror a la policía municipal!

Óscar G. Chávez

Hace tres años fui invitado a dar una conferencia en la sala Joaquín Meade del Museo Francisco Cossío, llamada coloquialmente por así ser recordada como Casa de la Cultura;  la plática dirigida a interesados en historia potosina pretendió dar a conocer los orígenes y evolución de un apellido de origen vasco arraigado en la ciudad y quizá en la esencia de los potosinos.

Inicié con una relatoría nominal de apellidos vascos que se avecindaron en San Luis Potosí desde el siglo XVII, para después abordar, como vínculo entre nuestra ciudad y la trascendencia vasca, un elemento arquitectónico de indisoluble presencia. En aquella ocasión señalaba:

San Luis Potosí, la ciudad capital, cuenta con más de un millón de habitantes; no sería arriesgado afirmar que el noventa por ciento de ellos, si no es que más, tienen presente en su imaginario un espacio común que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos escuchado mencionar, hemos transitado y utilizado como referente inconfundible que ha sobrevivido a los cambios arquitectónicos de nuestra ciudad y permanece como fiel centinela de nuestra identidad, me refiero al edificio Ipiña. Hoy ya no existen más en el referente de una época el antiguo palacio episcopal, el palacio Solana, el palacio Monumental, el palacio de Cristal, el palacio Mercantil, el palacio Martí, la quinta Vista Hermosa, o el hotel España, ya incluso con la construcción de una Unidad Administrativa Municipal las nuevas generaciones no mencionarán el palacio municipal; solo sobrevive el edificio Ipiña, aún incluso es más fácil ubicarlo que al edificio central de nuestra Universidad Autónoma; compite en el imaginario de los potosinos quizá solo con el teatro de la Paz.

Es pues el edificio Ipiña morador y centinela de nuestra esencia, de nuestro centro, de nuestra ciudad. Morador silente que ha sido lastimado en su dignidad, y que al tiempo que nos evidencia como una sociedad inmersa en cierto proceso de descomposición identativa y de valores, nos muestra el desprecio cada vez más marcado hacia los elementos propios de un entorno y que nos hacen parte del mismo, por una generación que por desconocimiento de su historia, la vulnera mediante prácticas que no sólo los lastiman, sino también hacen notorias la ausencia de una autoridad estatal y municipal, comprometida con el resguardo de estos espacios.

La incapacidad, merma numérica, e indolencia de las fuerzas policiacas es pública y notoria desde hace tiempo, y si no tienen la visión y capacidad para vigilar un entorno donde han ocurrido fuertes accidentes vehiculares en donde ha habido pérdidas de vidas humanas, menos van a tenerlas para otorgar un mediano resguardo a una serie de edificaciones compuestas por piedras viejas.

El único momento en que el centro histórico gozó, de cierta tranquilidad y presencia policiaca, fue cuando quizá pensando en ciertos distractores que nos hicieran pensar que con vistas a la sucesión en la gubernatura, él era el bueno, el jefe Galindo dispuso que una gran cantidad de federales resguardaran el espacio. Su presencia me hizo recordar cuando aquellas mujeres mexicanas de la segunda mitad del XIX tras el enrejado de sus ventanas, suspiraban frente al paso del rubio invasor francés o las guardias palatinas de Carlota y Maximiliano.

* * * * * *

Si consideramos al centro histórico como un espacio comprendido entre la calle de Reforma al norte y al poniente; el eje vial Ponciano Arriaga-Constitución al oriente, y la calle de Miguel Barragán al sur, nos daremos cuenta que abarca cerca de 50 manzanas, agreguemos a éstas algunas que rompen por su irregularidad con la traza recta de las mismas, pensemos pues en unas 80 manzanas.

80 manzanas que no pueden ser reguardadas porque señala Antonio Garza Nieto, jefe de la policía municipal, que no se cuenta con los elementos suficientes para su vigilancia, en función que hay cerca de 125 pandillas circunscritas al primer cuadro de la ciudad. De ser real esta cantidad nos daremos cuenta que hay 1.5 pandillas por manzana; ahora bien, si en el mejor de los casos cada pandilla estuviera integrada por cinco individuos, habría 625 facinerosos en ese espacio, casi ocho por manzana. ¿En qué centro histórico nos encontramos?

Preocupación y alarma mayúscula causa esta cifra; no es para menos, nuestro centro histórico, y por ende la ciudadanía que por él transita, que en él trabaja, o que lo habita, se encuentra en manos de la delincuencia. Lo que es más alarmante es que un jefe policiaco señale estas cifras con la mayor naturalidad, estará consciente que sus dichos hacen patentes que el centro histórico es ahora un sicariato.

Pensando en restar peso a las declaraciones policiacas, supongo que los números son equivocados, quizá las 125 pandillas se encuentran en otros espacios, eso nos lleva entonces a considerar que el jefe de la policía municipal no sabe la distribución de las mismas y tampoco conoce la extensión del centro histórico. Ahora, si el número le fue proporcionado erróneamente, estamos frente a un jefe ineficiente que no se ocupa de verificar estadísticas ni la realidad de las mismas. Y si los números los sacó de debajo del quepí para salir del apuro, se trata de un mando que falsea la información e infunde alarma entre la ciudadanía. Seamos indulgentes mejor y pensemos que no sabe de números.

Ignoro cuáles sean las aptitudes y talentos que observó el presidente municipal en su jefe de policía; quizá sea un hombre de buenas intenciones y de cierto don de mando, pero que por tratar de salir al paso no tiene la capacidad de considerar el alcance de sus dichos. Éstos, más que una contradictoria justificación, parecieran una invitación a que la ciudadanía se enrejara o saliera armada con palos o machetes, de no poder costearse una guardia personal como la del alcalde.

Quizá la denuncia que interpondrá el Ayuntamiento sobre los daños causados al Ipiña, sirvan para tranquilizar al cuerpo edilicio, que luego propondrá que se reconozca la labor del cuerpo en defensa del patrimonio, y para que la ciudanía sea consciente de que el Ayuntamiento protege los monumentos, claro, después de dañados o mutilados, pero no creo que sirva para proporcionar un ápice de tranquilidad a la ciudadanía.

No sé si rasgarme las vestiduras por las pintas en el Ipiña; escandalizarme por la ausencia de cámaras sobre el perímetro central de la principal avenida de San Luis; sentarme a ver cuáles serán las medidas precautorias dispuesta por el INAH; tramitar una licencia para portar arma y defenderme de los patibularios que asolan nuestro centro; o finalmente aterrarme frente a la policía municipal.