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¡Todos somos Ayotzinapa!

A Rubén, por su constante apoyo
porque no claudique en sus ideales, en su actuar.

¡ Gobierno fascista que matas normalista! ¡Peña ojete el pueblo no es juguete! Eran las consignas que se escuchaban por la avenida Carranza. La cita era a las 18 horas en la plaza de Armas, punto neurálgico de la vida cotidiana en San Luis Potosí. Ya se habían reunido algunos sectores; Carlos López Torres invitaba a los espectadores a inscribir su opinión en un rollo de cartulina amarilla.

El grueso del contingente ingresó a la plaza, por la calle Carranza a las 18:40, estampida; Palacio Municipal, calle de Hidalgo, la secular Alhóndiga –cuya fábrica dispuso el déspota José de Gálvez, luego de la represión de 1767– cimbró sus arcadas ante el reclamo; edificio de Seguridad Pública del Estado; Ponciano Arriaga-Manuel José Othón; Plaza de Armas.

Rostros viejos y rostros nuevos. El reclamo, la exigencia, era la misma ¡Vivos los queremos! Fotógrafos de medios de comunicación, transeúntes, orejas de gobernación-. ¡Venimos a renovar foto para sus archivos, culeros! El número de asistentes no lo sé, el grito era común ¡Todos somos Ayotzinapa!

Vienen a la memoria las atrocidades que desde hace meses el doctor Pedro Salmerón Sanginés, a través de redes sociales se ha dedicado a recordar; el mismo PRI de siempre dice en su etiqueta permanente cada que refiere alguna de ellas. Crímenes realizados por el aparato represor de un régimen tambaleante que teme enfrentar a la crítica; que quizá en algún momento –cuando el pueblo despierte–, experimentará el mismo terror que él de manera permanente generó en sus ciudadanos.

No es concebible que en estos tiempos, existan regímenes que legitiman su permanencia mediante baños de la sangre que hacen derramar a sus gobernados. Ya vimos transitar las dictaduras militares de la derecha en Sudamérica; supimos de las atrocidades de los políticos en las repúblicas bananeras.  México no ha sido distinto, no en fondo; las formas se han adecuado a las necesidades del momento, de los políticos en turno.

La represión como forma permanente en el ejercicio de salvaguardar la integridad de un pueblo sigue aplicándose sobre aquellos que constituyen un obstáculo en los intereses del aparato burocrático, que por irónico que parezca ha sido llevado al poder por el mismo pueblo que reprime.

Tlatlaya, lugar de rojo y negro; Tlatlaya, donde muere el sol; Tlatlaya, tierra que arde. Tlatlaya se tiñó de rojo por la sangre ahí derramada por las fuerzas militares del régimen que los sacó de sus cuarteles para combatir al aparato criminal que él mismo ha generado; se pintaron de negro los corazones de sus habitantes por el luto que los embargó con la llegada de la muerte. Tlatlaya, no sólo muere el sol, muere la ilusión de sus moradores por un entorno tranquilo, hóspito; el sueño que prometió la revolución. Tlatlaya ardió como su tierra, como sus montes en el ocaso. Tlatlaya arde por la injusticia.

Ayotzinapa, río de calabazas –a decir del avezado nahuatlato Arturo Rocha Cortés–; ahí la sangre llegó al río, la sangre lo tiñó de rojo. Sus aguas tiene el sabor de la violencia; en sus montañas y bosques se percibe la putridez que sólo expele la muerte. Y así ha sido Guerrero, el de Genaro Vázquez, el de Lucio Blanco, el de los copreros de setenta y siete; el de Aguas Blancas. El Guerrero de los Figueroa;  señores de la vida, engendradores de muerte.

Ayotzinapa, estudiantes que hallaron la muerte al buscar remediar la precaria situación de su institución educativa; semillero de profesores que la hoy defenestrada Elba Esther Gordillo, sugirió desaparecer por considerarla un semillero de revolucionarios. En efecto, las protesta hoy se han generalizado entre los sectores estudiantiles de México; diversas instituciones académicas, muchas de ideologías que difieren con la predicada en Ayotzinapa, se han sumado a la causa, al descontento, a las exigencias.

#TodosSomosAyotzinapa es la etiqueta en redes sociales; es el grito que predomina en las marchas en solidaridad con los estudiantes desaparecidos. Y es que de cualquier manera, todos aquellos que pasamos por una institución de enseñanza seguimos siendo estudiantes; todos en nuestro interior albergamos un alma rebelde de estudiante, que ante las injusticias que prevalecen en nuestro entorno inmediato, nos sentimos identificados con los desaparecidos de aquella localidad de Guerrero.

Los embates de violentas represiones que alcanzaron su epítome durante la presidencia de López Mateos y Díaz-Ordaz en contra de ferrocarrileros, médicos, profesores y estudiantes, continúan practicándose. Han transcurrido más de cincuenta años y pareciera que no, que nada se ha aprendido, que nada se nos ha enseñado. El mismo PRI de siempre con su leguaje de violencia; laboratorio de criminales.

Las viejas prácticas sangrientas no han sido desterradas de aquellas latitudes; los partidos políticos y sus mensajes evolucionan, los asesinos son los mismos. Resulta curioso sin embargo que en esta ocasión el asesino sea un militante de un partido de izquierda, que debería de identificarse en todos los sentidos con las causas sociales; con la causa del pueblo.

La marcha del día de ayer en San Luis Potosí demostró que la inconformidad frente al mismo PRI de siempre  ha logrado llegar a la sensibilidad de diversos sectores, no sólo estudiantes; se logró desterrar mucho de la tradicional apatía potosina. Y cómo no, todos somos estudiantes, #TodosSomosAyotzinapa.

#RescatemosPuebla151

JSL
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