Asunto arreglado
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Vendieron de todo cerca del panteón de El Saucito
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Tus coordenadas son la ubicación de mi cuerpo

Luis Ricardo Guerrero Romero

E ncontrar algo es sagrado o maldito. Sagrado, cuando en alguien genera un ejercicio de ubicación; maldito, cuando la ubicación no la encontramos y nos hace temblar, estar mal ubicados, el extravío es desencuentro.

Cabe mencionar que los siguientes renglones estarán invadidos de una enfermedad reiterativa de palabras, por lo cual pedimos tolerancia ante semejante cacofonía inhumana, que tiene como finalidad señalar de dónde salió la ubicación. Para comenzar, por ejemplo distinguimos que, en el italiano y el portugués (lenguas romances como la nuestra) se conservan de modo más fiel nuestras palabras: ubicación y donde, ya que, en las lenguas mencionadas, donde se dice: dove y onde, respectivamente. Puesto que, al hablar de ubicación, se ve necesario recurrir al dónde. Por mencionar un caso cotidiano, cuando un taxista expresa: –¡Oiga no sea malito, deme la ubicación más clara!–. Lo que está pidiendo es una orientación para poder llegar a donde le solicitamos. Este suceso que parece sinónimo se responde al acordarse que en el latín se utiliza el adverbio Ubi, para decir: en dónde, de allí la semejanza al pedir una ubicación; V.gr: Ubi sunt? Ubi terrarum sumus?  (¿Dónde están?, ¿en qué sitio de la tierra estamos?). Pero, por qué es más productivo el adverbio donde; la respuesta la tiene el latín vulgar que nos heredó el adverbio unde, que quiere decir: de donde, desde donde, la palabra latina undecumque, es incluso fonéticamente similar a su traslación al español: dondequiera. Ya hemos dicho que las lenguas como el portugués y el gallego conservan un poco más la fidelidad al latín, pero en lenguas como el italiano, se remiten al uso con inicial dental  /d/.

Hallamos entonces que la evolución de la palabra que atendemos sucedió con el cierre de vocales de /u/ a /o/, algo así como la secuencia: unde˃ onde˃ donde. No dejando de lado el significado del ubi. El eximio filólogo mexicano, Antonio Alatorre menciona que “la preposición de perdió fuerza significativa al convertirse en articulación gramatical… [Asienta como ejemplo] De unde, el de era un pleonasmo, pues unde, significaba por sí solo de dónde”. Cuando oímos la expresión acotada (apocope lingüística): –¿Onde vas, quédate otro ratito?– es posible pensar que nuestro emisor nos esté hablando en un lenguaje híbrido y seductor entre latín y portugués, que con alevosía lo expresa de tal manera para cautivarnos en la plática.

Esta misma palabra que alude al donde, es generadora de precisas atribuciones que el mismísimo Dios posee: la ubicuidad –de la raíz ubi–, es decir la omnipresencia, el estar en dondequiera y donde quiera (entiéndase la diferencia). Esta atribución llevada al panteísmo la entendió muy bien el filósofo Spinoza, y podemos encontrarla en su obra: Deus sive Natura, la cual nos ubica cómo entender a Dios.

¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.

Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti. ¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa! Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo. El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer. (Fragmento: Dios diría)