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Un monstruo de corrupción y complicidades

Ignacio Betancourt

No es lo mismo haber ganado una elección que construir un nuevo gobierno. Confrontar cierta manera de hacer política saturada de corrupción, es algo que implica una manera por lo menos novedosa de otro actuar político. El gigante administrativo que principalmente el PRI y luego el PAN alimentaron y construyeron al paso de varias décadas de neoliberalismo, volvió a México un monstruo de corrupción y complicidades que requiere de una transformación casi genética, se trata de otra manera de ver el mundo desde lo administrativo, y actuar en función de esta nueva perspectiva. Por ello, resulta profundamente injusta y discutible la opinión de grupos y personas de muy dudosa caracterización, los que a dos meses de la nueva administración federal ya afirman con toda ligereza que el nuevo presidente se ha traicionado a sí mismo y a quienes votaron por él. Opiniones de quienes (la mayoría) frente a las atrocidades del sexenio de Peña Nieto no dijeron esta boca es mía y su silencio resultó una comprensible complicidad.

Por estos días muchos de los silenciosos se han vuelto críticos aparatosos e intolerables de todo acto o declaración del nuevo gobierno. De los ladrones de cuello blanco que cada día son puestos al descubierto puede explicarse la indignación y el enojo de ver que no podrán seguir medrando, pero en grupos de “izquierda” o personajes críticos resulta por lo menos extraña su beligerancia contra la mayoría de los nuevos funcionarios. Se puede explicar que partidos como el PAN difamen y mientan, pero en otros se vuelve aparentemente inexplicable el rechazo y los cuestionamientos viscerales contra toda modificación de la antigua manera de actuar políticamente. Quienes son incapaces de entender que durante cerca de cuarenta años de neoliberalismo se crearon leyes y protecciones dizque legales para proteger los peores saqueos y propiciar la impunidad de los más voraces depredadores de la ciudadanía, en los hechos resultan cómplices que comienzan a sacar la cabeza y a mostrarse como lo corruptos encubiertos que siempre han sido. No necesitan ser quienes construyeron sus fortunas compartiendo legales ilegalidades, pues muchos de los actuales críticos con las migajas que alcanzaron a levantar se volvieron defensores incondicionales de las mafias de saqueadores.

Actualmente se pueden constatar las dificultades “legales” para castigar a los insaciables infractores. Un ejemplo que ilustra lo anterior, actualmente, es la actitud del décimo octavo tribunal colegiado en materia administrativa, quien falló en contra del recurso de queja que interpuso la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) a propósito del empresario con negocios de combustible y propietario de Hidrosina llamado William Jorge Karam Bassab al descubrirse sus más de treinta cuentas bancarias. En el combate al robo de combustibles, que durante el periodo neoliberal creció de manera inimaginable, hoy se detectaron movimientos irregulares en las finanzas de Hidrosina, por lo que la UIF denunció tal situación ante la autoridad correspondiente sólo para enfrentar que dichas autoridades ya habían amparado al muy probable infractor. Siendo así, cómo acceder a lo que el actual gobierno llama nuevos paradigmas si la voluntad de mantener los encubrimientos se encuentra en multitud de leyes que paradójicamente hacen posible la obstrucción de la justicia. La batalla no sólo es la construcción de un nuevo gobierno, sino la destrucción de una manera de gobernar vuelta parte constitutiva de las administraciones anteriores. Se trata de ser capaces de realizar cambios gubernamentales visibles e invisibles. ¿Será esto posible con el enemigo dentro o continuará el círculo vicioso?