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El verdadero Othón, no el de los monseñores

Ignacio Betancourt

El pasado lunes 28 de noviembre se cumplieron ciento diez años de la muerte de Manuel José Basilio Othón Vargas, poeta y dramaturgo potosino, quien junto con el zacatecano Ramón López Velarde y el veracruzano Salvador Díaz Mirón conformó la trilogía más notable de poetas mexicanos en los finales del siglo XIX y los inicios del XX.

Manuel José Othón no sólo es el nombre de una calle en el centro de la capital potosina, es el de un autor que desde el año de 1876 empezó a ser conocido como dramaturgo, pues Othón, antes de lograr su reconocimiento como poeta nacional fue aceptado como uno de los dramaturgos mexicanos jóvenes reconocido en la capital del país y en diversos estados. Junto al dramaturgo yucateco José Peón y Contreras, amigo suyo, figuró en la dramaturgia mexicana de la época. A Peón y Contreras, Othón dedicó el final de Noche rústica de Walpurgis. En estos versos alude a su amigo médico, dramaturgo y político, dice: tú al teatro, a la clínica, al Senado;/ yo a vegetar, tranquilo y olvidado/ en el rincón oscuro de mi aldea.

De la obra dramática de Manuel José Othón escribió en sus criticas teatrales en la ciudad de México el poeta Manuel Gutiérrez Nájera: El señor Othón es conocido y bien conocido en el mundo de las letras. Su drama contaba ya con la sanción de los críticos y con el aplauso de los legos. Si el Teatro Principal no se llenó la noche en que la compañía Servín-Cervi puso en escena la obra del señor Othón es porque en México ha muerto ya el gusto por el drama, y porque todo lo nuestro nos apesta.

La dramaturgia del potosino fue singular por un rasgo que la distinguía en el conjunto dramático del país: el papel central que asignó a la mujer en sus dramas. Bien se podría afirmar que fue uno de los primeros dramaturgos en México que volvió protagónicos los papeles de personajes femeninos. Desde su primera obra de teatro, El escándalo, escrita en 1876, (la protagonista es una viuda joven que decide volver a casarse, contra la opinión de familiares y de la sociedad en general), ya manifiesta su interés por señalar la situación de la mujer en ese momento.

Othón fue dramaturgo, poeta y narrador. Su afición juvenil fue el teatro, el que siguió escribiendo hasta antes de su muerte; su postrera obra se llamó El último capítulo, un drama en el que recrea los días finales de la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, el cual fue representado en el teatro de la Paz en 1905 para conmemorar el tercer centenario de la publicación del primer libro del Quijote de la Mancha.

Como poeta fue la disciplina en la que más destacó, especialmente con la escritura de En el desierto. Idilio salvaje, poema escrito en 1904 pero publicado hasta después de su  muerte pues el autor no quiso publicarlo antes debido a que es un poema escrito para una relación amorosa que tuvo fuera de su matrimonio. De Othón dijo Octavio Paz a propósito de Idilio salvaje, que con la escritura de tales versos el autor fue: uno de los más hondos, veraces y trágicos poetas de la poesía en lengua española. Y Alfonso Reyes escribió: Un divino pudor de su alma y el deseo de no lastimar a su compañera con versos de aventura, le habían impedido publicarlos.

Algunos meses antes, Othón publicó un soneto en el que parece advertir lo que posteriormente escribirá en el Idilio salvaje cuando dice en el primer cuarteto: ¿Que vienes del infierno? Bienvenida/ si a mí te acercas en divino vuelo,/ el consuelo a traer para mi vida/ del país del eterno desconsuelo. Para concluir en el segundo terceto: Más vayas a la muerte o a la vida,/ es lo mismo. ¡Te adoro! Y es lo mismo/ que vengas del infierno… ¡Bienvenida!

Evidentemente los empeños de los caciques de la historiografía potosina (durante cincuenta años, los monseñores Montejano y Peñalosa) se vieron frustrados al querer convertir en una especie de santurrón al mujeriego y bohemio Othón, pues su obra y su vida los desmienten. Del poeta potosino escribió su amigo Rubén M. Campos que: el poeta era un visionario perpetuo del sexo atormentado por las púas del fuego del deseo (…) Su etilismo prestaba alas desenfrenadas a su imaginación delirante, y lo más florido de su decamerón propio salía a flor de espuma del lúpulo que es el evocador por excelencia de la fiebre sexual…

Cuando en los ocho sonetos que conforman En el desierto. Idilio salvaje dice el autor: y que horrible disgusto de mí mismo, evidentemente no se refiere al arrepentimiento del pecado al que quisieron llevarlo los monseñores, sino a lo que don Jesús Zavala (el primero de sus biógrafos) señala: que el disgusto de Othón se debe a su delicado estado de salud del año 1903 y 1904, tiempo en que concluye su apasionada relación con la llamada “india brava”, destinataria del Idilio salvaje. Reconstruir la biografía de un poeta como si se tratara de un  modelo de virtudes corresponde a la hagiografía (vida de los santos) y no a la historiografía literaria. Los intentos por beatificar al autor de En el desierto no lo pudieron volver un propagandista católico, lamentablemente sólo alejaron por un tiempo la obra del poeta de sus lectores contemporáneos.

Del Othón narrador quedan magníficos ejemplos en sus cuentos, que él llamaba novelas cortas. Cito un breve fragmento de uno de su cuentos más conocidos El Nahual, en donde describe magistralmente a su personaje: hecho un ovillo, en informe montón que se encogía sobre sí mismo, un viejecillo desmedrado, sucio hasta la repugnancia, apareció a mis atónitos ojos, que todo esperaban encontrar, menos semejante engendro de asquerosidad a quien apenas podía considerarse como un ser humano. Las rodillas finas y puntiagudas, ceñidas por los brazos en apretado nudo como por dos cobrizas serpientes, escuálidas y viscosas. El descubierto cráneo, coronado por hirsuto greñal de mechas grises…

Y cambiando de tema, muchos seguimos en espera de que el gobernador del estado, o al menos el secretario de Cultura, se manifiesten ante la brutal agresión que en contra de un conjunto de esculturas donadas a la Casa de Cultura de Cerro de San Pedro, fueron destruidas a marrazos por las autoridades municipales de dicho municipio en contubernio con la Minera San Xavier. ¿Seguirán nadando de a muertito los funcionarios?

En 1886 Othón escribió una obra de teatro titulada Lo que hay detrás de la dicha, a continuación un fragmento del monólogo que Virginia, la protagonista, recrea en la escena: Nos enseñan a disimular, nos infunden un miedo terrible al qué dirán, nos llenan de soberbia, nos mandan ocultar nuestras faltas; y en cambio, no nos enseñan a guardarnos de las acechanzas, no nos infunden la virtud sólida, no nos llenan de verdadera piedad, no nos mandan obrar bien, aunque aparezcamos mal. Entre nosotras, la mujer más virtuosa es la que reza más, la que más funciones religiosas paga, la que pertenece a más sociedades benéficas que hacen la caridad a gritos por los salones y las calles, convirtiendo una aria de “La Traviata” en un mendrugo de pan que no llena, y el quiebro de un torero en un jergón que no abriga.