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Luis Ricardo Guerrero Romero

Que viajes en tu juventud nos dicen aquellos que de viajes conocen, que dar la vuelta al mundo hoy en día es algo más sencillo a comparación de otra época, –también hoy es más simple deber la vida a causa de la economía–. Conocer el mundo seguramente es un trabajo sumamente complicado, ya sabemos que del total de la población mundial sólo 3 por ciento viaja a conocer el mundo entero. Pero hay quienes se conforman o se complacen en conocerse a sí mismos, la célebre sentencia helénica: γνωθι σεαυτον (gnothi seauton) conócete a ti mismo, ya nos presenta un mundo de acciones por emprender; además podemos entender por mundo la totalidad de aspectos que puede encerrar –como esfera achatada– una disciplina o ciencia, de tal modo decimos: mundo de las artes, de la química, del cine, etcétera.

Hay sin duda autores en el mundo de las letras que han hecho pronunciamientos poéticos acerca de lo que ahora nos compete, tal es la pluma de Benedetti quien nos dice en su poema Mundo: No vayas a creer lo que te cuentan del mundo/ en realidad el mundo es incontable/ en todo caso es provincia de ti/ no vayas a creer lo que te cuentan del mundo/

aun los que te aman mienten sobre él/ probablemente sin saber que mienten […] no vayas a creer lo que te cuentan del mundo/ (ni siquiera esto que te estoy contando)/ ya te dije que el mundo es incontable. (Fragmento) Ya siglos atrás un tal humanista Erasmo de Rotterdam –demasiado importante para la historia del mundo–, puntualiza de modo singular en Querela Pacis (canto o lamento de la paz): “El mundo entero es una patria en común”. Esta obra aparece en 1517; y desde esa fecha hasta nuestros días, parece no encontrar morada esta sentencia, pues no comprendemos como patria común el mundo, o será que no sabemos qué es esto del mundo.

En la lengua latina, se observan dos palabras que a pesar de su semejanza no designan el mismo objeto, una de ellas mundus, a- um; limpio, aseado, elegante. Tal como debería ser nuestro mundo, ejemplo negativo de esta raíz latina está en la palabra in-mundo, que no significa negación del mundo, pero sí rechazo del orden o limpieza. Sin embargo, en la frase citada renglones arriba por el eximio Erasmo, no tiene esa connotación, sino la de otra palabra latina: mundus, i; el universo, el cielo, el firmamento; los hombres. En la obra ya referida de Erasmo se ilustra la idea hombre y mundo, donde asume que el hombre se forma de tres elementos: 1) naturaleza: que es común a todos los seres vivos y se rige por el principio de armonía; 2) razón: lo que le hace ser privilegiado dentro de la naturaleza, y le lleva a la vida en sociedad; 3) gracia o sobrenaturaleza: el don propio del hombre religioso, que exige el amor al prójimo. Al infringir estos “elementos erasmianos”, nos alejamos del Gran creador y del mismo hombre, somos entonces inmundos (asquerosos, sucios, impuros). Reiteremos la idea, no es que se niegue al mundo, sino que se ensucia de éste. Evidentemente, esta postura es de un corte muy judeocristiano. Preferimos al hombre mundial y ordenado con carácter: filantrópico, filosófico, simbólico y no exclusivo de la religión.