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Vínculos sagrados, vínculos eternos

Óscar G. Chávez

C uando Simón llego al baile/ se dirigió a la reunión/ toditos le saludaron/ como era un hombre de honor/ se dijeron los Martínez/ ¡cayó en las redes el león!/Como a las tres de la tarde,/ dio principio a la cuestión/ cuando con pistola en mano/, Andrés Bailón lo cazó,/ Onésimo su compadre,/ vilmente lo asesinó./ A los primeros balazos/ Simón hablo con violencia/ ¡Andrés dame mi pistola/ no ves que esa es mi defensa!/ quiso cazar a Martínez/ le falló la resistencia./ Como a los tres días de muerto/ los Martínez fallecieron/ decían en su novenari / que eso encerraba un misterio/ porque matar a un compadre/ era ofender al eterno.

Prácticamente imposible resulta para cualquier creyente y practicante de la religión católica, apartarse de los lineamientos dictados por la Iglesia en materia de parentesco espiritual. Vínculos sagrados, espirituales e indisolubles, son aquellos contraídos a partir de que se es conferido alguno de los sacramentos que obliga la participación y asistencia de un tercero que fungirá como padrino.

En el caso del sacramento del bautismo, la figura del padrino será, después de la de los padres, la de mayor influencia en el recién incorporado a la fe católica, ya que tendrá la obligación de iniciar al novel ahijado en la enseñanza del catolicismo, e incluso suplir a los padres si éstos llegasen a faltar. De acuerdo a la doctrina de la Iglesia la función de los padrinos será la de presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo. Más adelante se acota: el padrinazgo no debe convertirse en una institución de mero trámite o formalismo, como puede ocurrir en un cristianismo sociológico. En una pastoral de misión, que es la nuestra, el padrino cobra una relevancia extraordinaria.

La carga simbólica del padrinazgo ha sido tal, que presenta una serie de impedimentos canónicos que impiden a los emparentados espiritualmente contraer matrimonio entre ellos, de no mediar las dispensas episcopales pertinentes. En este sentido queda prohibido el que un padrino contraiga matrimonio con una ahijada; en el mismo –aunque menos usual– sería el de matrimonio entre ahijado y madrina. De igual forma, el parentesco espiritual va mucho más allá, al considerar como ilícito el matrimonio entre aquellos que habiendo contraído el vínculo del compadrazgo hubieran enviudado; o bien el matrimonio entre cuñados, tras el fallecimiento de cualquiera de los respectivos cónyuges.

No obstante, más allá de la fe y los impedimentos canónicos, median los intereses afectivos o económicos –entendiendo por estos últimos un reposicionamiento social, o el evitar la dispersión de capitales monetarios vinculados a un grupo familia–, que la mayoría de las ocasiones son zanjados a partir de la dispensa episcopal.

El peso del vínculo espiritual es permanente y tal, que por el hecho de realizar algún acto que pudiera considerarse como afrenta al mismo, implicaría el rechazo y la ofensa a la máxima figura divina. Nada ejemplifica mejor el aspecto anterior que el fragmento del corrido con el que se abre el presente texto; sacrilegio mayor y en el acto, es el que se realiza al momento de privar de la vida a aquel con quien se contrajo un parentesco espiritual en el que medió la figura divina como enlace y testigo.

En el recuerdo recurrente de los dictados sociales y familiares de las generaciones que nos antecedieron, se hace presente el señalamiento de la imposibilidad para rechazar una petición de padrinazgo, no sólo por el privilegio concedido, sino también por la ofensa que implica el resistirse a aceptar la recepción del sagrado testimonio.

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Los avatares de los tiempos, sin embargo, han convertido el ancestral y sagrado rito, en un formulismo de convención social que lejos de acercar al adoptado espiritual, permitirá incorporar las figuras de padres y padrino (compadre) a una dinámica que logre hermanar intereses sociales, principalmente los de tipo económico o político. Nada ha contaminado más la verdadera fe de la familia cristiana, que el ejercicio de padrinazgos por conveniencia o mero formulismo social.

Las limitantes de fe obligan al cuidado en la elección de los padrinos dada su función de representantes de la comunidad cristiana y su responsabilidad en la formación y ayuda espiritual de los bautizados, y a llevar una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir. Por esta razón no pueden ser padrinos quienes se encuentran en una situación matrimonial irregular (quienes viven en unión de hecho, el católico unido sólo civilmente o quien se ha divorciado y casado de nuevo), el que ha abandonado notoriamente la fe o quien está incurso en una pena canónica. En la mayoría de los casos, éstas permanecen como letra muerta, detalle al calce o simple recomendación ornamental que pareciera rescatar la vieja sentencia imperante en la administración pública novohispana, al aludir a los dictados de la corona: obedézcase pero no se cumpla.

Nada más alejado de los dictados de la fe, que el ritualismo mundano en torno a ceremonias religiosas bautismales y de estado matrimonial. En la actualidad pueden interpretarse como meras manifestaciones de poder y semillero de relaciones que pululantes de intereses posibilitan el espectacular lucimiento frente a la sociedad de la que forman parte.

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La retórica sacramental de la Iglesia católica, que años atrás fuera la rectora espiritual y moral de la sociedad mexicana, ha sido desplazada poco a poco y de una manera al parecer inconsciente para aquellos que la ejercen y la practican, por los torcidos dictados de una nueva forma de autoritarismo que en la práctica pareciera que se ocupa de incorporarse obscenamente en esta sociedad. Las profesiones de fe de y en la clase política mexicana, han logrado convertirse en un modelo a seguir y practicar por todos aquellos interesados en incorporarse de una forma abrupta o paulatina a ella.

El ejemplo más concreto lo podemos hallar en el –al parecer cierto– vínculo de parentesco espiritual existente de una forma matizada entre el recién electo ministro de la Suprema Corte, Eduardo Tomás Medina-Mora Icaza, y el presidente de la República, Enrique Peña Nieto. Matizado, acoto, ya que en el supuesto que se hubiera dado el padrinazgo de Medina-Mora sobre Luis Enrique Peña de la Madrid, es poco probable que el actual presidente hubiera dado la cara y asistido presencialmente, por encontrarse casado civil y canónicamente con su esposa de ese momento, Mónica Pretelini Sáenz.

Las obligaciones sacramentales de Medina-Mora fueron más allá de lo ordinario; en total acto de espiritual y desinteresado paternalismo, posicionó laboral y profesionalmente a Yéssica de la Madrid Téllez, madre del hijo del en ese entonces gobernador del Estado de México. Más aún, en momentos críticos del ejercicio maternal, fue él quien auxilió moralmente a la mujer en cuestión, para la realización de una poco afortunada intervención quirúrgica del hijo del hoy presidente.

Peña Nieto, al parecer singular creyente y libre exégeta del catolicismo que profesa a su manera, no pasó por alto las labores de paternidad substituta ejercidas por el antiguo procurador de la República; supo agradecer con creces las atenciones y dedicación del togado hacia los –en algún momento– depositarios de sus actos afectivos, y lo nominó para ocupar el sitial vacío de la Corte.

Lícito es suponer que las labores de cabildeo y convencimiento dentro del poder legislativo, fueron efectuadas fructíferamente por el nuevo modelo de padrino existente dentro del órgano cameral, Manlio Fabio Beltrones. La habilidosa mano izquierda del ex gobernador de Sonora, parece ser un eficaz reemplazo de los cirios bautismales sostenidos al momento de la imposición de los crismas sacramentales, y el vertimiento del agua sobre la cabeza del nuevo cristiano. Las elecciones en el pleno son mero procedimiento.

Nada fue obstáculo para la designación de Medina-Mora como miembro del supremo órgano de interpretación de leyes; ni las obscuras gestiones al frente de diversas dependencias; ni su marcada filiación a la ultraderecha conservadora; ni siquiera le fue objetada la existencia de un pariente político entre los ministros ya existentes. Finalmente la Corte, al igual que la mayoría de las secretarías de primer nivel, y ambas cámaras legislativas, al igual que la mayoría de los partidos políticos, son negocios donde impera absolutamente el indisoluble vínculo familiar. Secretos de familia; derechos de sangre.

Resulta curioso que un personaje formado en una rígida moral católica, y cuyos padres fueron miembros activos y principales de movimientos familiares católicos, ejerza con singular manga ancha –como la de la toga que ahora viste– y laxo proceder las funciones que protestó obedecer al servicio de la nación. La moral es un árbol que posicionó a Medina-Mora.

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Así los padrinazgos políticos cobran cada vez más fuerza y trascendencia que los espirituales, ya muy caídos en desuso dentro de le verdadera fe. Los grupos afines a los señores fuertes de la política mexicana, que bajo su tutela han logrado empoderarse de puestos burocráticos y de primer nivel dentro de la política, son los mismos que bajo sus perversos dictados y benéfica protección, irán desplazando poco a poco a quienes han apostado su gestión al ejercicio del servicio profesional.

Los vínculos de apadrinamiento político comienzan a convertirse en verdaderas redes familiares de la clase política mexicana; así, lo que en el pasado fue de ejercicio común entre las élites que posteriormente se vieron entrelazadas a intelectuales y empresarios, hoy vienen a ser relevados por los que comienzan a articular los personajes clave dentro de los vericuetos de la intrincada política mexicana.

Me atrevo a afirmar –en variante semejanza con la sentencia bíblica– que no pasarán más de dos generaciones, en que los relevos de los actuales legisladores y padrinos de la política mexicana, hayan substituido de una manera total a los actuales, aunque sólo será el relevo generacional, ya que los apellidos seguirán siendo los mismos. Las conductas y formas de hacer política se adecuarán en apariencia a las necesidades de los tiempos; los fondos serán los mismos, ésos que hoy han posibilitado la llegada del ejemplar padrino a la corte. El mismo PRI de siempre; el de los vínculos sagrados y eternos.