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Visiones en la roca (parte 1): Arte rupestre y las vías de la interpretación

Chessil Dohvehnain

En 1879 don Marcelino Sanz de Sautuola descubrió en Santillana del Mar, España, una cueva que reveló una enorme cantidad de pinturas antiguas de animales y humanos en las paredes que habían sido hechas milenios atrás. Sin embargo, la comunidad científica del momento no solo no le creyó, sino que algunas personalidades de renombre incluso afirmaron que se trataba de una farsa montada por él.

En 1888, don Marcelino murió desacreditado y sin ningún reconocimiento en vida por el descubrimiento de la famosa Cueva de Altamira, y sin saber que gracias a su empeño, se había iniciado un nuevo campo de estudio sobre una de las facetas más intrigantes y bellas de la Humanidad: la del arte rupestre.

Las vías de la interpretación

El arte rupestre consiste en las pinturas y grabados en roca creados por la humanidad quizá desde hace más de 30,000 años, y que es uno de los fenómenos humanos que más nos intriga. Existe en todo el mundo, en gran variedad de lugares, y suponemos que quizá no hubo sociedad humana que no lo practicara o lo conociera.

Infinitas, complejas y cautivadoras formas humanas, de animales y representaciones de flora y paisajes, en combinaciones de distintos colores, se encuentran en abrigos y frentes rocosos, cuevas, o en la cima de montañas, cerca de arroyos, en acantilados o cañones, o incluso formando parte de los perímetros de ciudades antiguas.

Desde el Paleolítico encontramos que esta es una de las prácticas humanas directamente heredada de los días en que le quizá le temíamos a la oscuridad, y que se resistió a morir en algunas partes del mundo, como en México o África, tal vez hasta finales del siglo XIX.

Aunque podemos describirlo, documentarlo, y estudiarlo en un esfuerzo de investigación iniciado hace más de 100 años que aún continúa, casi siempre quedará la duda de qué es lo que realmente significa.

Estas semanas el Museo Regional Potosino en coordinación con el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, abre las puertas a la exposición temporal De la arena a la roca. Pinturas de Australia, en la que se podrá apreciar un poco del famoso arte rupestre de aquellas tierras.

Con motivo de ello, aquí comentaré brevemente una síntesis de las posiciones más sobresalientes a través de las cuales este fenómeno se ha estudiado a lo largo del mundo, muchas desconocidas, buscando acercar al público en general a una rápida introducción al estudio de esta manifestación humana tan impresionante.

Más allá de la roca

A principios del siglo XX se entablaron debates internacionales sobre el significado y motivo del arte rupestre atribuido al periodo Paleolítico en Europa occidental, predominando dos enfoques particulares. Uno que veía en pinturas y petrograbados el ejercicio de la magia de la cacería, donde el abate Henry Breuil, fue pionero.

La segunda línea, inaugurada por Émile Durkheim y James Frazer, sostenía que la práctica de pintar y grabar en la roca se basaba en alguna forma de totemismo ancestral con un culto generalizado a los ancestros comunes, donde las relaciones de parentesco (sanguíneas o no), eran parte crucial. Así, se sugería que usualmente las pinturas de manadas de animales y personajes antropomorfos fueron parte de ritos ancestrales que buscaban invocar intervención mágica para lograr buenas cacerías.

Pero a mediados del siglo pasado fue cuando en realidad se inauguraron los paradigmas modernos de investigación del fenómeno, originados con los trabajos de Andre Leroi-Gourhan, Annete Laming-Emperaire y Andreas Lomel, en los cuales se buscó sistematizar la documentación del arte rupestre.

Se persiguieron relaciones espaciales en los paneles pintados, entre los motivos pictóricos o entre los grabados en roca, bajo los principios del estructuralismo francés. Se comentaba que una vez comprendidas estas “lógicas de pensamiento subyacente” a las pinturas, se podrían conocer los principios cognitivos detrás de la disposición espacial y simbólica detrás de dicho arte.

Para estas fechas en Norteamérica se desarrolló una aproximación diferente, basada en los resultados de las investigaciones etnológicas en las que la antropología estadunidense venía haciendo carrera desde hacía décadas. Basados en la comparación y en el trabajo etnográfico con descendientes de las culturas del suroeste norteamericano, se buscó llegar a interpretaciones muy significativas.

Y es que el uso de algunos de los enclaves con arte rupestre por parte de grupos nativo americanos que ocupaban ese vasto territorio, permitió conjeturar hipótesis más sólidas ligadas a la producción de dicho arte vinculado a rituales diversos (de iniciación o de paso, de fecundidad, de propiciación de la lluvia, de liberación espiritual o sanidad, etcétera).

Sin mencionar la interesante propuesta que considera a los petrograbados como símbolos sagrados territoriales o geoglifos, esto es, tipos muy específicos de indicadores o señales que pudieron delinear, quizá, fronteras tribales, paisajes prohibidos, territorios mortales, o áreas para la ejecución de tareas y ritos específicos.

Astronomías y lenguajes antiguos

En la década de 1970 se inicia en México una escuela de investigación basada en lo que los y las arqueólogas llamamos arqueoastronomía. Un enfoque creado para el estudio de las orientaciones astronómicas y su relación con la planificación urbana y el ritual en Mesoamérica.

Esto a causa de que la existencia de orientaciones arquitectónicas con puntos cardinales y urbanismo influenciado por solsticios, equinoccios, ciclos lunares y demás fenómenos celestes, es un hecho constatado incluso en las fuentes coloniales de las sociedades prehispánicas que sobrevivieron a la Invasión española.

Su uso en la investigación del arte rupestre devino en el desarrollo de metodologías que consideraban el contexto ambiental y el paisaje de manera más íntima en el desarrollo de hipótesis explicativas, que tomaron en cuenta la orientación celeste de abrigos y cuevas pintadas, y su inserción en un paisaje específico, como elementos de análisis fundamentales para comprender y evaluar la función astronómica supuesta.

Un punto interesante de esta línea de investigación es que se buscó una conexión cultural entre las sociedades mesoamericanas con aquellas del suroeste norteamericano por medio de la evidencia del culto a los cielos y los ritos derivados, cosa que aún no está del todo confirmada.

En México para finales de la década de 1980, la arqueóloga Leticia González Arratia propone ver a los petrograbados del norte del país, desde la semiótica, analizándolos como parte de un intrincado sistema de comunicación propio de sociedades practicantes de modos de subsistencia híbridos, o que mezclaban la caza y la recolección con formas de cultivo seminómada.

Elaboró una propuesta que intentó buscar conjuntos o unidades narrativas en la composición formal de los petrograbados (las formas geométricas fundamentales que los forman), para establecer “bases gramaticales” de lectura simbólica. Sin embargo, este enfoque fue criticado bajo los argumentos de que más que un lenguaje, el arte rupestre se trataba más del resultado de experiencias con estados alterados de conciencia, y que por tanto las pinturas y/o grabados no guardaban una relación sintáctica similar al lenguaje, o al menos no una susceptible de ser decodificada como tal.

Chamanes, neurociencia y paisajes sagrados

En ese último sentido, hacia 1990 se reavivó la vía del chamanismo, ya expuesta décadas atrás por antropólogos como Julian Steward o Alfred Kroeber, y que en combinación con los aportes de las neurociencias y los trabajos sistemáticos con estados alterados de consciencia, produjo el llamado modelo neuropsicológico, de la mano del arqueólogo sudafricano David Lewis-Williams y Thomas Dowson.

Tomando en cuenta estudios sobre los bosquimanos de Sudáfrica y el principio general de que los Homo sapiens sapiens compartimos el mismo sistema neurológico desde nuestra aparición como especia, se propuso que los estados alterados de consciencia producían una serie de experiencias sensoriales que podían culminar en esas misteriosas y abundantes representaciones de motivos abstractos que vemos en el arte rupestre a nivel mundial, y que algunos creen que son el resultado de fenómenos entópticos (esas figuras geométricas extrañas que vemos con los ojos cerrados cuando, por ejemplo, los presionamos con los dedos).

De tales estados alterados, se sugiere que quizá también surgen experiencias que produjeron imágenes de híbridos humano-animal que, ya pintadas, quizá podrían ejemplificar la transfiguración del especialista ritual (genéricamente llamado chamán), en espíritu animal o tótem, como partícipe de alguna clase de rito (como uno de sanación, donde la captura del espíritu del enfermo en el mundo sobrenatural requería el viaje del especialista transformado, a ese mundo).

A finales de la década de 1990 se originó el enfoque del paisaje sagrado desde la postura de investigadores como Johana Broda y Alfredo López Austin, la cual fue modificada para el estudio de sociedades cazadoras-recolectoras en el norte de México por Carlos Viramontes Anzures.

Lo anterior consiste básicamente en la articulación de principios cosmológicos sobre la construcción de un paisaje ritual por medio de la aprehensión simbólica de la naturaleza. Así, el arte rupestre no solo obedecería a razones de estados alterados de conciencia, sino también a un orden cosmológico atribuido al paisaje. Una especie de ordenamiento territorial simbólico donde cada lugar pintado o grabado posee una razón de ser ligada a una cosmovisión antigua sobre la naturaleza, y su poder para actuar sobre el mundo bajo ciertas lógicas rituales de interacción.

Guiño al futuro

Finalmente cabe resaltar que existen aún más propuestas interpretativas que, originadas o no en nuestro país, han ganado terreno en el mundo por moda, fertilidad explicativa, o innovación. Tales propuestas son, por mencionar algunas, aquellas emanadas desde las teorías feministas y de género aplicadas en sitios arqueológicos en Sudáfrica y Australia (donde hablar de ellas merece un texto propio).

O aquellas surgidas de las teorías de agencia, donde el arte rupestre es visto con la capacidad de interactuar con la roca y los autores en una relación social amplia y sobrenatural, que se extiende a los animales, objetos y elementos de la naturaleza como si fueran personas, en algunas variantes de dichas teorías.

Y claro que habría que mencionar los trabajos emergentes en disciplinas híbridas prometedoras como la neuroteología o la psicoantropología, en donde el estudio sistemático de los procesos cognitivos vinculados al ritual y a los estados alterados de consciencia, puede brindar mucha información sobre los mecanismos detrás de la espiritualidad y su estructuración cerebral. Claro, si es que el arte rupestre tuvo como uno de sus muy variados principios motores al ritual y la espiritualidad, cosa que no es concluyente ni generalizable en todo tiempo ni lugar.

Sin duda, este fenómeno aún encierra muchos misterios por resolver, y no hay duda de que las posturas arriba descritas pueden llegar a ser confusas. Pero he ahí el reto de tener que afrontar un desafío intelectual cuyos resultados se agradecen a las mujeres y hombres que, apasionados por el tema, han hecho hasta lo imposible no solo por crear tales herramientas teóricas de análisis. Sino también por verter su energía para la conservación y protección de tales sitios, en contra de su destrucción.

¿Y qué hay de México? Bueno. Eso lo veremos en la segunda parte.

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