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Visiones en la roca (Parte 2): Arte rupestre en México y San Luis Potosí

Chessil Dohvehnain

México: una visión general

México es una nación rica en vestigios arqueológicos increíbles, y el arte rupestre es, quizá, uno de esos grandes tesoros que aporta muchos misterios aún por resolver. De norte a sur, y de este a oeste, encontramos la huella de nuestros ancestros materializada en este fenómeno de tan variadas formas, tamaños y colores.

Los Grandes Murales de la Sierra de San Francisco en la península de Baja California, declarados patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, son uno de los casos que ejemplifican la maravillosa y abrumadora realidad de tal huella.

Estudiados durante años, trabajos intensivos de excavación, conservación y análisis fisicoquímicos diversos, han permitido proponer fechas radiométricas para su creación, así como la potencial existencia de una práctica comunitaria ligada al ritual en la que se materializaron linajes míticos o étnicos, así como creencias sobre la naturaleza y el ser.

Por otro lado, desde Sonora, Sinaloa y Durango hasta Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, investigadores nacionales y extranjeros han contribuido con su parte a enriquecer el conocimiento de un territorio que hace décadas se consideraba sólo poblado por grupos de cazadores y recolectores.

Hoy sabemos que la realidad era mucho más compleja, multiétnica y diversa en cuanto a la coexistencia de distintos modos de producción y economías prehispánicas; realidad analizada bajo una misma tradición interpretativa en el norte, enmarcando los trabajos bajo los enfoques sobre chamanismo, lingüística estructuralista y paisaje sagrado.

Hacia los estados de Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Jalisco, Hidalgo y Querétaro, tenemos un programa pictórico heterogéneo y diverso contemplado bajo la luz de las teorías del paisaje ritual, de las neurociencias, de género y agencia, que han permitido enriquecer el conocimiento regional manteniendo ésta amplia región a la vanguardia.

En esta región, la inclusión de tecnologías de bajo costo, en suma con el uso de información etnográfica y etnohistórica (trabajos con grupos indígenas actuales y fuentes documentales creadas desde el siglo XVI), además de las arduas campañas de excavación y recorridos en los estados mencionados, han permitido vincular el arte rupestre con formas o modos de vida, épocas e intenciones específicas.

En otros derroteros, el Occidente mexicano se sitúa en una situación similar a la de los estados del Centro-Norte, donde Nayarit, Colima, Jalisco y Michoacán, cuentan con una tradición pictórica que ha permitido el desarrollo de metodologías de investigación de una cantidad sobrecogedora de petrograbados, entre los que incluso existen “maquetas” de ciudades antiguas, algunas de las cuales coinciden con sitios arqueológicos como Plazuelas, ubicado al sur de Guanajuato.

Hacia el centro del país y el sureste mexicano, la situación se vuelve más complicada. Si bien sitios impactantes como Chalcatzingo en Morelos son objeto de estudio intensivo e internacional por sus petrograbados cercanos a asentamientos del periodo Formativo, otros estados como Puebla, Tlaxcala o el Estado de México, se han visto en la necesidad de crear estrategias de investigación que respondan al rápido crecimiento urbano e industrial de los centros y periferias, que en muchas ocasiones, afectan los vestigios arqueológicos, su integridad y conservación.

Finalmente, la situación en la península de Yucatán, en Oaxaca y Chiapas, nos aporta una rica perspectiva sobre la visión que del arte rupestre poseen los grupos mayas y zapotecas, así como su relación con las diferentes etapas de desarrollo de los estados antiguos como Monte Albán, y el significado de su disposición espacial en relación con la naturaleza.

Aun así, nuevas perspectivas se abren revelando una serie de descubrimientos y estudios prometedores sobre este mismo fenómeno por toda la república, donde las nuevas tecnologías se conjugan con el saber de los pueblos tradicionales, y el conocimiento antropológico y arqueológico, para establecer novedosos caminos por andar. Y afortunadamente, uno de estos casos es el de nuestro estado, San Luis Potosí.

Un mundo por descubrir: San Luis Potosí

En 1895 Primo Feliciano Velázquez se encontraba preparando la obra con la que culminaría su vida. Mientras escribía la Historia de San Luis Potosí, se embarcó en diferentes investigaciones que lo llevaron a recorrer numerosas partes del estado en busca de lo que él llamó, “los vestigios más antiguos, que dieran testimonio de los tiempos nebulosos de ésta región”.

En su obra escribió que cerca de Xilitla, encontró diversas rocas talladas con símbolos misteriosos que documentó y fotografió, los cuales corresponden a petrograbados de formas geométricas. Escribió como un augurio en aquellos años que, “nadie pensará que estas lajas revelan pasatiempo de ociosos sino labor ruda de gentes que allí esculpieron la memoria de su remoto pasado.”

Posteriormente y a mediados del siglo XX, dos hombres que probablemente se conocían, escribieron acerca de sus indagaciones describiendo los resultados de sus andanzas y aventuras por Xilitla y Villa de Arriaga. Por separado, habían descubierto restos de la expresión creativa de lo que pensaron era el pensamiento antiguo de los cazadores y recolectores que habitaron estas tierras. Ambos habían continuado los primeros registros de las manifestaciones de gráfica rupestre conocidas en San Luis Potosí. Sus nombres eran Enrique J. Palacios y Antonio de la Maza.

El primero, escribió en 1945 un reporte sobre los hallazgos en Xilitla, mientras que el segundo escribió en 1954 sobre la gráfica rupestre encontrada en Villa de Arriaga. Sin embargo, sus publicaciones no tuvieron la resonancia que bien parecían buscar los escritores, la cual consistía en la investigación y protección de lo que consideraban como magníficas obras producto de la mente humana del pasado.

Treinta y cinco años después, un arqueólogo francés arribó para realizar una de las investigaciones pioneras sobre la posible definición de grupos de cazadores-recolectores en la parte centro-sur del estado, que así mismo comprende partes de la Cuenca del Río Verde y el Gran Tunal. Su nombre: François Rodríguez Loubet.

En su trabajo de 1985 titulado Les Chichimeques: Archéologie et Ethnohistoire des Chasseurs-Collecteurs du San Luis Potosí, Mexique, publicado por el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, el autor registró la presencia de cuevas y abrigos rocosos con gráfica rupestre asociada a entierros humanos con ofrendas, y con abundantes artefactos líticos en varios municipios.

Rodríguez planteó, basado también en la incursión de un colega suyo en el llamado Cerro de Silva en 1965 llamado Jean Lessage, que esta forma de expresión constituida por motivos serpentiformes, manos pintadas al negativo, círculos concéntricos, animales indefinidos, personajes esquemáticos y petrograbados, estaba profundamente relacionada con las prácticas rituales de los grupos pames y otomíes del sur de San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro. Sin embargo, Rodríguez no profundizó a detalle en dicha suposición ni en el análisis formal de los motivos grabados y gráficos, limitándose a su registro fotográfico y en dibujo.

Por otro lado, en 1992 Daniel Valencia Cruz presentó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia un escrito titulado El arte rupestre en México, con el cual obtuvo su título profesional. En este, Valencia anunció un registro de dieciocho sitios con pintura rupestre en el estado, lo cual fue resultado de un proyecto de investigación ejecutado desde Aguascalientes.

Para finales del siglo XX, como parte de las actividades que la Dirección de Salvamento Arqueológico llevó a cabo durante la construcción del tramo de la carretera Lagos de Moreno-San Luis Potosí, entre 1997 y 1998, fue registrado un sitio conocido como La Virgen. Los motivos visibles de este sitio fueron categorizados como geométricos únicamente, y su temporalidad –donde la técnica de especificación nunca fue aclarada en el documento al que pude acceder–, fue atribuida al periodo Clásico. Después de esto, silencio.

A lo largo de los últimos 15 años, ninguna o pocas investigaciones formales públicas se han realizado en el estado concerniente a la localización exclusiva, registro y análisis formal, del arte rupestre, de la cual se conoce su existencia solo en registros escritos al menos desde 1895, y que hoy solo resuena en las memorias de una minoría dentro de la población de San Luis Potosí.

Las investigaciones recientes que realizó la arqueóloga Claudia Walz, investigadora jubilada del centro INAH San Luis Potosí, se enfocaron en la documentación fotográfica de paneles ubicados en laderas, abrigos rocosos y oquedades en Villa de Arriaga, al sur de la ciudad de San Luis Potosí, como parte de atención a denuncias ciudadanas, de las cuales el medio El Pulso de San Luis realizó una nota con su autorización en 2010, y que puede consultarse en internet.

Y así es como llegamos al presente, en el que como parte de una estrategia de investigación que busca continuar ésta tradición de investigación, se ha ejecutado desde 2015 el proyecto arqueológico Agencia relacional, personalidad y paisaje ritual en la gráfica rupestre de la Zona Centro de San Luis Potosí, avalada por los centros INAH del estado y de Querétaro, así como la Secretaría de Cultura a través del Consejo de Arqueología, y por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Este proyecto tiene como objetivo la documentación sistemática del arte rupestre de la Zona Centro del estado y para ello, se han realizado recorridos sistemáticos en el área con ayuda de guías locales, autoridades municipales y exploradores entusiastas. A la fecha se han documentado varios sitios arqueológicos con arte rupestre, los cuales aún siguen estudiándose.

Bajo una metodología que conjuga tecnologías de bajo costo, con información etnohistórica y etnográfica siguiendo el ejemplo de lo que se ha hecho Guanajuato y Querétaro, se ha buscado involucrar a las comunidades cercanas a los sitios en su investigación, así como la vinculación institucional correspondiente que permita su protección y conservación no solo contra saqueadores y caza tesoros, sino también del crecimiento urbano e industrial que vivimos.

Los resultados, por supuesto, aún están por hacerse públicos ya que los análisis, que contemplan perspectivas propias del paisaje sagrado y las ontologías indígenas, aún se encuentran activos al igual que el proyecto. Sin embargo, lo que se ha descubierto ha permitido comprender más acerca de las prácticas culturales de la región.

Los descubrimientos muestran una realidad mucho más compleja, diversa y rica de lo que se pensaba, en la que los datos arqueológicos parecen mostrar que la cultura material documentada no era exclusiva de grupos guachichiles o de otros grupos de cazadores-recolectores (si es que estos eran los únicos que vivían en la región, cosa que los datos han puesto en duda desde hace años).

Al contrario, los datos sugieren, como alguna vez sugirieran Rodríguez Loubet y Beatriz Braniff, entre otras y otros, que en la región se vivió una realidad multiétnica donde diversas formas de vida y economías que aún desconocemos, coexistieron e interactuaron por siglos, y cuya marca se sentía mucho más allá de lo que conocemos como Centro de San Luis Potosí, ya que no hay que olvidar que en ningún sentido, nuestras fronteras geográficas, económicas, míticas y políticas, jamás fueron las de las mujeres y hombres del ayer.

Sin duda, aún habrá que esperar para conocer los resultados de éste proyecto, que afortunadamente continúa con el objetivo no solo de investigar el arte rupestre en San Luis Potosí, sino también de promover su protección, conservación y salvaguarda, cuya defensa corresponde a todas y todos los potosinos y mexicanos, a quienes dicho patrimonio cultural nos pertenece.

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