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Votos de silencio

Óscar G. Chávez

Mientras la iglesia potosina se pronuncia porque se aclaren de manera definitiva los señalamientos y la denuncia interpuesta contra el ex gobernador Marcelo de los Santos, por el desvío de recursos ejercido durante su administración; ya que de no ser juzgado este asunto por la justicia, la arquidiócesis tampoco puede emitir juicio alguno. Suponemos que en vista de que tampoco se ha juzgado a Eduardo Córdova, la iglesia hace todo lo posible por no emitir, en estos momentos, opinión alguna que pueda agravar el asunto.

En el mismo sentido de las opiniones, la curia ha determinado que sean solo el arzobispo y el vocero de la arquidiócesis los que emitan declaraciones sobre cualquier asunto a los medios de comunicación. Esto buscando que sea una fuente la que tenga contacto directo con la prensa, y que éste se realice en un espacio destinado ex profeso para tal fin.

Más pareciera que lo que pretende la iglesia es evitar la diversificación de opiniones, que contribuye a generar especulaciones ya no nada más entre su feligresía, sino entre la ciudadanía en general. Recordemos los casos de los presbíteros que luego de oficiar en la catedral, realizaban consecutivamente una serie de declaraciones poco afortunadas que lejos de mostrarla como una institución de apertura y comprensión, hacían patente ciertos rechazos a aquellos que opinan y se conducen de manera distinta a lo que establece la misma institución religiosa.

Ciertamente la estructura de la iglesia católica es vertical y de corte casi monárquico, una sola voz es la que indica, dispone y ordena, mientras los sacerdotes acatan, sin embargo, en estos momentos en que la sociedad se aleja cada vez más del sistema de creencias propuesto por el catolicismo, pareciera que el modelo propuesto, no opta por la inclusión de distintas voces, sino sólo la de una máxima autoridad, el obispo en este caso.

Por otro lado aunque las declaraciones del vocero de la arquidiócesis, en teoría representan las de la misma institución, en muchas ocasiones pudieran hacernos pensar, en función de lo expresado, que no son éstas las de la totalidad de los religiosos, diocesanos y regulares, e incluso ni siquiera las del propio arzobispo, quien en algunas ocasiones ha tenido que salir a matizar las declaraciones de la vocería.

No sé si la actitud suavizante del arzobispo, derive propiamente de un carácter indulgente y comprensivo, o bien derive del hecho que al fin potosino, considera que no es conveniente venir a enturbiar el ya de por sí carácter agreste de sus coterráneos en contra del vocero. Aunque también cabe la posibilidad que sea la estructura administrativa heredada de Luis Morales Reyes, la que lo limite en actuar, y por ende en decir. Es decir, la primera limitante, o el enemigo a vencer se encuentra dentro de la misma iglesia, y no pensemos en un enemigo de terror o de maldad, sino pensemos en estructura viciadas, heredadas por una iglesia vertical, unipersonal, y autoritaria.

Las constantes fallas o dislates percibidos en la vocería, no son en totalidad responsabilidad del vocero, ésta va distribuida en partes iguales entre éste y el arzobispo, como cabeza indiscutible de la estructura eclesiástica, y por ende de los dichos y actuares de sus sacerdotes.

No estamos hablando de un vocero incapaz o inexperto, por el contrario, es por todos conocida la capacidad de disertación de Juan Jesús Priego, pero sí pensamos en una falta de comunicación interna que es la que nos lleva a conocer las opiniones muy particulares del vocero, y no las del mitrado o las de los sacerdotes en general. En distintas ocasiones he tenido oportunidad de conocer opiniones encontradas, de otros religiosos potosinos, que se confrontan abiertamente con las vertidas a los medios de comunicación por el vocero.

Tampoco tenemos por qué juzgar la actitud de un arzobispo que al tiempo que se manifiesta respetuoso y distante, también se percibe temeroso de enfrentar y modificar las formas ya establecidas dentro del arzobispado potosino. Antes bien, es conveniente considerar la cantidad de problemas a los que se enfrentaría si los mismos religiosos vieran disminuidos sus fueros y sus prebendas. Recordemos, por ejemplo, aquella entrevista en la que el propio arzobispo confió a Jaime Nava, el que algunos eclesiásticos se habían disgustado luego de que se actuó contra los sacerdotes pederastas.

Este hermetismo que ha observado y pretende continuar ejerciendo la institución religiosa, se contrapone con la necesidad de transparencia que, cara a la feligresía, debería observarse dentro de la iglesia. Una iglesia abierta lo será realmente en el momento que estemos frente a una iglesia que proporciona informes permanentes de sus ingresos y de sus egresos, que demuestran la forma en que fluyen sus recursos y cómo es que disponen de ellos para subsanar las verdaderas necesidades.

Esta misma apertura, lejos de representarles un obstáculo, o una limitante, podría convertirse también en una muestra, no sólo de buena voluntad, sino de buscar devolverle al pueblo parte de la confianza que ha perdido a la institución religiosa. De la misma manera contribuiría a demostrar que la iglesia ha actuado conforme a los mandatos espirituales que predica.

Consideremos que gracias a este tipo de actuaciones, podrían hacer patente, y a su favor y descargo, de qué manera se han llevado al cabo las diligencias referentes a los casos de sacerdotes mencionados en temas de pederastia o escándalos sexuales de otro tipo.

Callar y evadir, al tiempo que implica ocultar y encubrir, aleja cada vez más al creyente, de la posibilidad de encontrarse con una institución abierta, inclusiva, ya que de otra forma estará frente a una iglesia de tipo preconciliar que marca abiertamente su distancia con el feligrés, sin considerar que lo que es, lo es gracias a su pueblo que finalmente es la propia iglesia.

Esperemos que los silencios impuestos fuera de momentos precisos, contribuyan a mostrarnos una iglesia más dispuesta a mostrar sus aciertos, pero también a evidenciar sus errores. Esperemos que la secrecía sobre el caso Córdova, se haga pública al menos desde que se tuvo conocimiento de la primera denuncia. Esperemos que los eméritos rompan lo que parece un voto de silencio.